La educación sexual no perturba la inocencia, la conserva

Natalia Duque González

Comencé a escuchar desde muy pequeña términos como abuso sexual, violación y acoso, pero en realidad no los entendía muy bien o tal vez no sabían cómo explicarme. Me decían que nadie debía tocarme, pero me confundía pensando: “Entonces, ¿si a los tres años mi mamá me bañaba estaba mal? ¿Estaba en peligro? ¿Debía denunciarla?”. Luego mis papás me compraron un libro infantil sobre la prevención del abuso sexual y la violación, pero tenía ejemplos tan específicos como el del vecino que abusa a la hija de la vecina o el del tío que abusa a la sobrina y eso me confundió aún más, pues creía que solo en esos casos era violencia sexual.

En el colegio nunca me explicaron sobre estas diferencias, a pesar de tener la clase de Sexualidad. Siempre nos hablaban con miedo, como si no quisieran que supiéramos algo y todo por, supuestamente, resguardar nuestra inocencia. En lugar de prepararnos y enseñarnos a reconocer señales de alerta para poder gritar y huir cuando nos sintiéramos en peligro, prefirieron suavizarnos las cosas con dibujitos y frases de “mi cuerpo es mío”. No entiendo por qué nos decían que la violación era algo horrible, pero la presentaban como algo cotidiano, algo más común de lo que creíamos, que muchas niñas y niños la sufrían, solo que preferían quedarse callados.

La ausencia o confusión de la educación sexual en mi infancia me llevó a preguntarme, ¿cómo haría una niña de cinco años para saber que estaba siendo víctima de violencia sexual por parte de su padre con tan mediocre explicación? Una explicación dada con tanto miedo, dada de una forma tan cobarde, como si sintieran vergüenza de decirnos que si alguien tocaba nuestras partes íntimas, se desnudaba frente a nosotros o intentaba penetrarnos debíamos gritar con todas nuestras fuerzas, resistirnos por más miedo que tuviéramos, que debíamos contárselo a un adulto de confianza sin importar las amenazas, Si tan solo nos hubieran dicho que con la más mínima sensación de temor debíamos huir, las cosas hubieran sido diferentes.

Ocho horas diarias pasábamos en el colegio ¿y no encontraron tiempo para darnos una explicación real? ¿Cuántos horribles traumas, pesadillas, citas con psicólogos y psiquiatras nos habrían ahorrado de solo enseñarnos a reconocer que estábamos en peligro? Debieron explicarnos cómo contarles a nuestras familias lo que nos pasa, cómo buscar ayuda, pero al parecer el cómo saber si otra niña o niño estaba en peligro no hacía parte de su plan de educación. A lo mejor los colegios se escuden en que es algo que se debe enseñar en casa, pero y ¿si el problema está en la casa? ¿No está en obligación el colegio de ayudar y proteger a sus estudiantes?

Cuatro años de silencio, de días sin comer por la tristeza, noches sin dormir por las pesadillas, cuatro años me tomó contarles a mis papás que mi primo de 16 años me había abusado repetidas veces desde que tenía 12 años. El problema más grande era que yo no sabía que estaba siendo abusada, pues nunca me supieron explicar lo que era, lo que se sentía y que nunca debía sentirme culpable, yo solo tenía miedo y me paralizaba cuando mi primo me encerraba con él en un cuarto para un “juego de niños”.

De haberme hablado claramente, de haber sabido que estaba siendo víctima de violencia sexual, les habría contado a mis papás a la primera, me habría evitado la baja autoestima, la depresión, la ansiedad, la anorexia y la bulimia, las noches de insomnio llorando, porque por alguna razón que desconocía me sentía triste, sucia, vacía y, sobre todo, me sentía “desechable”.

De solo haberme explicado que si sentía miedo ya estaba mal, pero solo me confundieron saliéndose por la tangente, poniéndome a colorear la fotocopia del cuerpo de una niña, enseñándome que la identidad sexual va en colores y objetos como flores rosadas y pelotas azules. Al parecer, era más importante recalcar que los niños salían a jugar fútbol y las niñas con muñecas Barbie, ¿era más importante eso que salvar la integridad sexual de una menor? Todo porque los profesores sentían incomodidad a la hora de hablar sobre sexualidad.

Según la organización Alianza por la Niñez Colombiana en Colombia, entre el 2015 y 2019, se registraron 91.982 casos de violencia sexual a menores, y esos son solo los que fueron denunciados; ¿cuántos niños y niñas estarán sufriendo porque se sienten acorralados a punta de chantajes, engaños, amenazas e intimidación física, causada en su mayoría por familiares, amigos o conocidos cercanos?, ¿todavía les parece más importante enseñarle a un menor que el rosado es de niñas y el azul de niños?

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