Cientos de vidas

Texto por María José Tamayo Londoño

Ilustración por Isabela Muñoz

De mis queridos libros no puedo decir que me salvaron, porque nunca pensé en cometer una locura, pero puedo asegurar que mi vida no sería la misma sin que ustedes hubiesen aparecido en ella.

En los momentos más difíciles han estado conmigo. Acompañándome cuando no tenía amigos en el colegio y quería escapar de una realidad en la que estaba completamente sola. Me hicieron entender que mi lugar feliz no era rodeada de gente, sino ese rincón de la biblioteca, en medio de los libros de historia, donde nadie se acercaba y yo podía sumergirme en sus páginas hasta que sonara la campana de terminación del recreo.

En cada una de sus letras encontré una nueva forma de ver la vida y de superar las diferentes pruebas que esta me pone día a día. Gracias a ustedes he podido vivir más de doscientas vidas diferentes. He sido guerrera, hechicera, estudiante, astronauta, diosa griega, joven enamorada y otras cosas que solo sus hojas recuerdan. Hemos sido cómplices de todas las travesías que he vivido en Hogwarts, París, Illea, el Olimpo y Macondo; de las lágrimas que he derramado cuando muere mi personaje favorito, rompen los protagonistas o me muestran una vida tan perfecta que solo se puede tener cuando los leo.

De mis queridos libros no puedo decir que me salvaron, porque nunca pensé en cometer una locura, pero puedo asegurar que mi vida no sería la misma sin que ustedes hubiesen aparecido en ella.

Austen me mostró la independencia, García Márquez el realismo mágico, Rowling la magia, los griegos la mitología, Perkins el amor a primera vista, Kiera Cass a superar obstáculos y Sócrates una nueva forma de pensar. Se podría decir que gracias a ellos y a sus páginas es que soy quien soy actualmente. Mi carrera, Comunicación Social, la escogí para pasar más tiempo cerca de la biblioteca, donde ustedes reposan; esperando a que alguien los lea y entre ambos, como en un pacto mutuo, se llenen de vida y conocimientos.

Mi parte favorita del día es cuando entro a mi habitación y los veo, estratégicamente organizados, en la repisa al lado de mi cama. Abajo a la izquierda los libros en inglés: Ana, Lola e Isla de Stephany Perkins, mi trilogía favorita, en donde el amor en París y San Francisco me hace suspirar.

A su derecha la saga de Harry Potter con sus tres complementarios que no dejan morir la magia de Rowling; a su lado están la Selección, la Élite y la Elegida de Kiera Cass donde Illea espera a su próxima selección. Arriba a la derecha están todas las novelas que me deleitaron con su originalidad: Marina de Carlos Ruiz Zafón, Ojos de perro azul de García Márquez, Scorpio City de Mario Mendoza, El Túnel de Ernesto Sábato, Frankenstein de Mary W. Shelley y La llamada de la selva de Jack London. A su izquierda están las sagas Chicas del Olimpo de Elena Kedros y Divergente de Verónica Rooth que me mostraron distopías en las que amaría vivir. A quienes mencioné y muchos más, me protegen en las noches, consuelan mis tristezas y me inspiran cuando no sé sobre que escribir.

En ustedes estoy yo, con mis lágrimas escondidas entre sus páginas e ideas que nunca escribiré. A veces pienso: ¿Qué sería de mí si mi mamá nunca me hubiera dicho que me fuera para la biblioteca a leer? Supongo que nunca hubiera ganado como mejor lectora en mi colegio durante tres años consecutivos, nunca hubiera escogido esta carrera que pareciera fue hecha para mí, nunca hubiera tenido un escape sano de la realidad, ni sabría tanto como ahora.

Gracias a nuestra compinchería he conseguido muchos amigos, con quienes debato sus historias y los defiendo de las críticas; pero no crean, también he perdido amigos por preferir quedarme en su compañía que irme de fiesta o por mi egoísmo hacia ustedes y no querer prestarlos para que no los vayan a dañar. Sabemos que como yo nadie los va a cuidar: desempolvándolos diariamente y acariciando sus suaves hojas para evitar que se peguen.

No hay nada más reconfortante para mí que releerlos, volver a sentir el olor tan característico de cada uno, ver las marcas de mis lágrimas sobre las páginas o recordar las carcajadas que lancé al leer ese diálogo que puse de foto de perfil por un tiempo. Aun así, sabemos que mi felicidad no se esconde cuando me llaman de la Librería Nacional o del Ocio, donde los vendedores ya me conocen y tienen mi número de celular, a recomendarme o contarme que ya llegó ese texto que tanto había anhelado.

Cada vez nuestra familia crece más y más. Esto es gracias a quienes me conocen y saben que el mejor regalo que me pueden dar es un libro, una nueva vida, una nueva historia que viviré y quedará para siempre en mis recuerdos junto con el nombre de quien me lo dio. Pronto su repisa quedará pequeña, al igual que las dos anteriores a esta y el muro que tengo lleno de ustedes se tendrá que ampliar para que estén todos juntos.

Entre enciclopedias, novelas, sagas y cuentos me crie y criaré a mis hijos, porque quiero enseñarles lo que mis padres inculcaron en mí: el amor por la lectura. Mis queridos libros, en esta vida solo me queda agradecerles, por haber estado conmigo desde que nací, cuando mi papá me contaba historias de hadas o de los dioses griegos y, porque sé que estarán hasta la eternidad conmigo, en mi memoria y en la de todos quienes me conocieron.

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