Lo que no contó la abuela
Todas las familias tienen historias ocultas, secretos inconfesables. Por eso no siempre las abuelas cuentan toda la verdad sobre lo ocurrido, incluso con ellas mismas. Crónica con sabor Caribe en medio de las sabanas de los departamentos de Sucre y Córdoba.

Tiene nombre de reina: Mileides de Jesús Ramos Vergara de Silgado. Su nombre es grande como la familia que construyó bajo una casa de palma con Donaldo Silgado Reyes. Esos son mis abuelos, más bien, ese era y esa es: él murió mucho antes de que yo pudiera conocerlo.

Lidis, como le dicen para evitar la retahíla que la identifica, me contaba a escondidas de mi madre –porque decía que yo era muy pequeña para saber del amor– el inicio de su romance con Donaldo. En esas tardes calurosas de Montería, mientras tomaba café y se mecía en la hamaca del patio o a oscuras, con voz bajita, después de que mamá, la tercera de sus hijos, ordenara apagar las bombillas de la habitación, me repetía las palabras que escuchó del cura: “¿Acepta amarlo y respetarlo por los siglos de los siglos hasta que la muerte los separe?”.
Donaldo Silgado Reyes, mi abuelo, y Mileides, se casaron en el año 1965 en el pueblo de San Marcos, Sucre, y vivieron por un tiempo en una parcela de cuatro habitaciones y dos baños en el barrio Venecia. En ese entonces, San Marcos no tenía pavimento en ninguna calle, era igual de caluroso que ahora y ya existía su árbol más grande y antiguo: el Guacarí, que aparece detrás de la antigua moneda de 500 pesos.
El abuelo se fue de casa
Algún día, la familia fue de diez personas, pero por cosas de esas que no se pueden evitar terminó siendo de apenas siete: ellos dos y cinco hijos. Los primeros fueron Francisco* que nació en el 67 y Margarita*, en el 69. Después llegó Lidis María, en el 72 y Eduardo Antonio* en el 74. Por último, José* en el 77.
A medida que iba creciendo, la abuela me dejaba conocer más detalles sobre la vida de ese señor desconocido del que mamá nunca hablaba. Me decía que era un hombre alto, delgado, de piel clara y bastante serio.
Además, que fue profesor en veredas y locutor, que nunca se atrevió a pegarle a ninguno de sus hijos y que mientras trabajaba por rotaciones de la escuela, fue a parar en Turbo, un municipio de Antioquia. Allá, lejos de casa, se enamoró de una chocoana con la que se fue a vivir cinco años, en los que no regresó ni una sola vez y tampoco se comunicó. Se fueron a Quibdó, la capital del Chocó, y tuvieron una hija llamada Lidis, como mi madre.
Mi abuela, una mujer testaruda, dominante y con ganas de que su familia saliera adelante, luego de llorar algunos días por no entender el abandono de mi abuelo, decidió regresar a la casa de mis bisabuelos Ana Virginia y Manuel Francisco, sus padres.
Obligada por la situación, pasó de ser una mujer ama de casa que solo se dedicaba a cuidar de sus muchachitos a comprar y vender telas en el mercado y con los retazos que sobraban les hacía vestidos a sus hijas y a las dos muñecas de trapo que ellas tenían. Gracias a eso, los cinco pudieron ir a la escuela.
El día de la tragedia
En la mañana, antes de salir, se despidió con un beso de cada uno de sus hijos y prometió regresar. Tres horas más tarde llamaron a mi abuela para decirle que su esposo había chocado con una camioneta y no sobrevivió.
Aún con el dolor encima por tan fuerte noticia, tuvo que ir a recoger el cuerpo con el mayor de los hijos. Esa misma noche, en la sala del pequeño quiosco donde creció su familia, colocaron el largo ataúd café. A través del vidrio se lograba ver su rostro paliducho con algodones en las orejas y nariz.
Alrededor se encontraba la familia llorando su pérdida. Desde ese momento mi abuela adquirió como ritual llevarle flores todos los cinco de cada mes y orar por su ánima.
La abuela Mileides en sus tiempo de soltera.
Desde el día que me enteré, yo, una niña de apenas nueve años, le pedía en silencio a Dios que mi abuela no corriera con la misma suerte que Donaldo cuando viajaba cada semana para visitarme.

A esa edad no comprendía muy bien por qué mi viejita llegó muchas veces con los ojos enrojecidos y aun así me abrazaba sonriente. Supongo que fue por el dolor que cargaban esas calles que ella recorría casi por deporte solo por ir a verme.
"Desde ese momento mi abuela adquirió como ritual llevarle flores todos los cinco de cada mes y orar por su ánima"
El día de la tragedia
Algunos años más tarde, mi abuela, con el afán de desahogarse y la falta de alguien para hacerlo, decidió contarme otro de sus secretos en confidencia. A mi abuelo le hicieron un amarre y por eso se fue por tanto tiempo:
“El día que él volvió a la casa estaba como loco, gritaba y se golpeaba la cabeza como peleando con él mismo y pronunciaba el nombre de la otra mujer como si ella lo controlara. Para mí que eso lo mató”, decía Mileides. Además, me contaba que mi mamá y todos mis tíos habían ido a la universidad porque ella buscaba la forma de trabajar, a pesar de haber llegado solo hasta quinto grado por ser la mayor de sus diez hermanos.

“La única que nunca quiso terminar de estudiar fue tu tía Margarita, la segunda, porque siempre fue la más malcriada –decía la abuela–. Yo creo que ella y su profesora se enamoraron cuando estaba en once y como yo le dije que no iba a aceptar eso se fue de la casa para Bogotá cuando se graduó, allá comenzó a trabajar y después se casó con el papá de sus hijos”.
Pero la historia fue otra…
Nueve años después me di cuenta que esa no era la historia. Al menos, no toda. Lo cierto es que doña Mile sí había trabajado tan duro como siempre lo dijo. De hecho, sus hijos daban cuenta de lo mucho que se partió el lomo vendiendo y lavando ropa bajo el sol picante del centro de Sahagún, tragándose el polvo que dejaban los carros y motos cada vez que pasaban por esas callecitas polvorientas, así como se tragaba el humo de los tabacos que se fumaba cada día.
Tiempo después –no se sabe si por el polvo o por el humo– resultó con problemas cardíacos y respiratorios. En cuanto a la partida de Donaldo, aún faltaban muchas cosas por contar: Margarita dice que después de doce años de matrimonio, Mileides se atrevió a defraudar su palabra mientras Donaldo viajaba por unos días a Maicao a cumplir con su oficio.
“Francis, mi hermano mayor, con diez años, y yo con ocho seguíamos despiertos porque estábamos vigilando que los menores se durmieran. Entonces, a mitad de la noche escuchamos como que alguien entraba y nos asomamos por un espacio que había en la puerta de madera del cuarto y daba derecho al cuarto de mamá. Nosotros nos abrazamos y lloramos porque la vimos besándose con el vecino de toda la vida y luego comenzaron a desnudarse. Nos dolió mucho verla engañando a mi papá”.
Dedicatoria de Donaldo a Mileides antes de casarse.
Un descubrimiento terrible
Pocos días después el abuelo volvió a casa, en una tarde silenciosa, donde no había una sola alma fuera de casa por la fuerza con la que se prendió el Sol ese día. Lo único que se escuchaba eran los ladridos de los tres perros del vecino que, al parecer, presentían lo que se avecinaba.
Luego de un viaje de 4 horas y 22 minutos que separaban San Marcos de Maicao, Donaldo se apareció frente a la puerta, con la misma calma y seriedad con la que lo describen todos los que alcanzaron a conocerlo.
Como siempre, saludó de beso a cada uno de sus hijos, incluso al último que era prematuro –aunque la abuela le prohibía hacerlo por cuidar de la delicada salud del pequeño–. Unos minutos después, el teléfono fijo timbró. Donaldo contestó y salió inmediatamente de la casa: era el vecino del frente que tenía que decirle algo importante.
“Papá regresó llorando mucho y rojo de la rabia. Nunca lo había visto tan azarado. Me acuerdo que cuando iba entrando a la casa otra vez se iba quitando el cinturón. A Francis y a mí nos tocó meternos y agarrarlo porque le iba a pegar a mi mamá. Yo creo que todo el barrio escuchó los regaños que nos pegaba para que nos quitáramos y cómo le decía a mamá que nunca le iba a perdonar lo que le hizo”.
"A Francis y a mí nos tocó meternos y agarrarlo porque le iba a pegar a mi mamá"
Dolor en el corazón
La tía Margarita dice que desde ese momento Donaldo no volvió a ser el mismo. Comenzó a guardar más silencio, aceptaba cualquier propuesta de trabajo que lo obligara a viajar varios días fuera de casa y ya no se le vio dándole besos a Mileides.
Unos meses más tarde le propusieron trabajar en una emisora de Turbo y aceptó. Desde allá enviaba a sus hijos casetes todas las semanas con canciones vallenatas y grabaciones sobre cuánto los extrañaba y quería. A la abuela le enviaba siempre la misma canción: Fuiste mala, de los Hermanos Ramos.
En la noche cuando yo me acuerdo del mal que me hiciste /
yo no lloro, pero sí por dentro llevo una tristeza. /
Es muy cierto porque en este mundo la maldad existe /
pero todo se lo dejo a Dios porque en mi corazón la maldad no resiste.
Tiempo después dejó de enviar grabaciones y ya no se volvió a comunicar con su familia. Se enamoró de una mujer chocoana que conoció en Turbo y se fue a vivir con ella a Quibdó. Esos fueron los detalles que no contó la abuela.
Un nuevo amor clandestino
Donaldo estuvo cinco años en el Chocó. Mientras tanto, los Silgado se fueron a vivir a Sahagún, apiñados en uno de los cuartos de la casa de Ana Virginia y Manuel, mis bisabuelos. Ellos vivían en una finca a las afueras del pueblo que se llamaba El Páramo, allí cultivaban y criaban vacas, cerdos, gallinas y pavos que servían para la venta y para abastecer a la enorme familia.
Mi tía dice que Virginia regañaba a Mileides porque ella visitaba a varios brujos del pueblo para que le dijeran por qué Donaldo se había ido y, tal vez, para obligarlo a regresar. Muchas veces se le escuchó decir: “Si no es mío, no va a ser de nadie”, años después la sentencia se cumplió.
El tiempo transcurrió lento y lleno de dificultades para la familia Silgado. En 1982 vieron de nuevo a su padre, pero luego la terrible noticia de su muerte volvió a dejarlos sin un lugar propio donde vivir.
Al principio, Mileides sí lloró por su pérdida. Sin embargo, logró superarlo y nuevamente, años más tarde, su nombre estuvo en boca de todo el pueblo. En ese tiempo era muy común ver a los hombres detrás de las faldas de Mileides.
Su piel tersa y trigueña daban cuenta de lo joven que había enviudado. Un cabello abundante, voluminoso y de un negro profundo hacía sobresalir la sonrisa que aún no se veía afectada por el vicio del cigarrillo.
Los vestidos ceñidos al cuerpo y por encima de la rodilla dejaban ver sus curvas y las prominentes caderas que caracterizan a todas las de la familia Ramos.
De entre todos escogió a Emilio*, un hombre casado y con tres hijos que vivía en el centro del pueblo.
Al poco tiempo de que iniciara este amor clandestino, la esposa y los hijos de Emilio se enteraron de la relación y varias veces decidieron buscar a las dos hijas mayores de Mile para gritarles lo irrespetuosa y atrevida que era su madre. Lidis estudiaba con una de las hijas del señor y, en medio del salón, ella le gritaba cosas para avergonzarla delante de todos.
Según lo cuentan sus hijos, a doña Mile no le importaba lo que se decía de ella en el pueblo y seguía gozando de su juventud.
Una vida agitada
Algunas noches, cuando llegaba de trabajar todo el día, se iba de fiesta, tomaba y bailaba hasta la madrugada. Varias veces se escucharon rumores de sus amores fugaces, de una noche, con los hombres que la invitaban a salir y, al mismo tiempo, algunos le ayudaban económicamente a ella y a sus hijos.
Cada día, después de las fiestas, se escuchaban los gritos de mi bisabuela Virginia por toda la casa, quien reprendía el comportamiento inadecuado de la mayor de sus descendientes:
–¡Mileides de Jesús Ramos Vergara de Silgado, me respetas a mí, a tus hijos y a tu papá! Debería darte vergüenza el ejemplo que le das a esas niñas.

Cuando Mileides se iba a trabajar luego de las discusiones con su mamá, Virginia aprovechaba para repetirles a las niñas: “Su mamá me salió loca”.

Luego de varios años de muchas fiestas, trasnochos y bailar como trompo en la D’Lon ¬–una discoteca muy conocida de Sahagún–, a sus 40, la abuela tomó la decisión de cambiar su vida, se hizo socia de una de sus mejores amigas, Rita, y juntas comenzaron un negocio de distribución de telas.

Por este motivo, todas las semanas viajaban a Maicao, Cúcuta y Bucaramanga. En ese ir y venir doña Mile se relacionaba con otros comerciantes que la ayudaban a vender sus telas y unos meses después conoció a Cira Vélez*, prima de Rita.

Cira era una mujer de estatura baja, piel morena, cabello corto y robusta. Era profesora en un colegio de Sahagún. Ella se interesó por el negocio, se asoció y comenzó a viajar con Mileides también. Se hicieron buenas amigas y luego pareja. En ese momento, los dos hijos mayores de Mileides no vivían con ella: habían decidido irse a vivir en la ciudad y alejarse de su familia.
Pero, a pesar de la distancia que tomaron de su madre, se enteraron por medio de sus otros familiares que Mileides se había enamorado de una mujer.
En el pueblo se sabía que la profesora había tenido varias relaciones con otras mujeres. Su forma de vestir, su actitud y corte de cabello dejaban claro sus preferencias sexuales, entonces fue fácil que corriera el rumor sobre la nueva pareja.

Tan pronto mi bisabuela Virginia se enteró de lo sucedido, la echó a ella y a sus hijos del cuarto que les había brindado tantos años y ninguno de los familiares volvió a hablarles.

Mileides, sus tres hijos menores y Cira se fueron a vivir en una casa amarilla ubicada en el barrio San José de Sahagún. Allí comenzaron su nueva familia. Los pequeños tuvieron que acostumbrarse a los rumores y risas que sonaban a sus espaldas y a escuchar por las noches, desde la habitación de al lado, cómo ambas mujeres sostenían relaciones sexuales.
Mileides y sus cinco hijos en la finca El Páramo.
Los amores cambian
La relación entre Cira y doña Mile estuvo repleta de celos por parte de Mileides. Cira Vélez tenía muchos enredos amorosos con otras mujeres del pueblo y eso provocó fuertes discusiones que por cinco años atormentaron a los niños.
Según lo cuenta mi mamá, la señora Cira les daba dinero a los dos más pequeños de la casa, Eduardo y José, pero de ella quería otra cosa. La observaba a escondidas, le decía lo bonita que era y la invitaba a salir, entonces Lidis se fue a estudiar a Montería apenas se graduó del colegio.
Uno o dos años después, Cira Vélez se fue con otra mujer más joven que Mileides, quien no pudo hacerla regresar con sus diversos escándalos de celos. Vélez ya no la quería.
Doña Mile no pudo seguir pagando el arriendo de la casa en la que estaba y consiguió otra más pequeña de concreto y teja que tenía un baño triangular en la parte trasera de la casa y una habitación donde dormía ella.

A sus hijos les improvisó un cuarto en la parte donde debía ir el comedor. A solo unos metros de distancia, sobre la misma acera de la troncal quedaba la nueva casa de sus padres. Ella les llevaba comida para tratar de enmendar su error y poco a poco se ganó su perdón.

Mileides dejó de viajar y volvió a su antiguo puesto en el centro de Sahagún. De vez en cuando se escuchaba por ahí que seguía queriendo a Cira y que posiblemente ella había sido lo que Donaldo no logró ser: el amor de su vida.

Mi bisabuelo Manuel murió de un infarto unos días después, mientras dormía. Eduardo, el cuarto de los hijos, se fue a vivir a Medellín y José, el último, comenzó a estudiar en la Universidad de Córdoba en Montería.

De Margarita y Francisco, se supo que se casaron y ambos tuvieron hijos. Lidis María seguía estudiando en la Luis Amigó de Montería y era la única que, de vez en cuando, visitaba a su madre. De cualquier modo, Mileides terminó como alguna vez la dejó mi abuelo Donaldo: condenada a la soledad.
*Algunos nombres fueron cambiados a petición de las fuentes.

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