Lacrónica: cómo contar al mundo

En su libro Lacrónica, Martín Caparrós (Buenos aires, 1957) en 540 páginas, nos brinda una compilación, un recorrido y una reflexión a través de 30 años de su carrera periodística. Un viaje a través de territorios, culturas y personajes trabajados, en donde utiliza a la no-ficción como principal recurso para contar el mundo.

El libro lo componen 23 capítulos, 20 de ellos dedicados a contar problemáticas distintas que grandes medios de comunicación tardaron en contar y que el mismo autor, a través de este ejercicio de documentación, revive del pasado. Cabe resaltar que, Caparrós en Lacrónica reúne crónicas centradas en su concepción de la primera persona.

Cubierta del libro.

Caparrós dice que no es lo mismo escribir en primera persona que sobre la primera persona, y bajo esta premisa, en el libro recopila historias que nos adentran en la selva boliviana donde se cuece la coca, las playas en Sri Lanka en la que niños se prostituyen por monedas, los bombardeos aéreos en Belgrado, la vida de las transexuales en Juchitán, los paseos matinales del exdictador Videla, la bomba capitalista en Hong Kong o las guerrillas colombianas.

Lacrónica, publicado en la Editorial Planeta en abril de 2016, plantea una mirada crítica del mundo. Una mirada con zum y que escucha con codicia al otro para contar. Además, cuenta con textos que anteceden a las crónicas a modo de prólogo, en el que el autor hace comentarios en donde plasma a manera de reflexión unas veces o a manera de explicación en otras, qué pasó por su mente en aquel momento.

Como lector de textos en donde prima la precisión y la brevedad, libros que no se extienden más de lo necesario y sintetizan para mostrar ideas más claras, el libro realiza un ejercicio exhaustivo de escritura que hace que no se sienta agobiante la lectura a pesar de que el mismo Caparrós es amante de este tipo de textos, una vez llegó a tener una entrevista de ocho horas de duración que resultó en más de 100 páginas tipeadas.

La actitud del periodista

La figura del periodista que propone Caparrós en el libro es la de un “cazador primitivo” que, según cuenta, “anda todo el tiempo atento a lo que pueda ver y oír, también anda —debería andar, supongo— imaginando, repensando su texto todo el tiempo”. Este cazador primitivo aparece durante todo el libro ya que repasa cada una de las herramientas de investigación que se cuentan en el periodismo.

Desde realizar entrevistas, visitar lugares, hacer rastreos documentales hasta suplantar, realizar seguimientos e inmersiones en los lugares inesperados para la época. Crónicas que reflejan lo determinado que puede ser Caparrós al momento de desgranar una historia. Un relato que está tan bien detallado y lleno de recurso que vive, respira y se narra por sí solo.

Cada una es mezclada con procedimientos que entretienen y deja obsoleto al esquema genérico de la prosa periodística, concurrente en prensa y televisión. Desde el primer párrafo se encuentra a un periodista cazador, que busca los inicios de sus textos, pero nunca sabe cómo los va a terminar.

Caparrós jamás pensó que haría periodismo, siempre pensó en fotos o historia. / Fotografía por Alberto Gamazo
Diario de campo

Caparrós emprende un camino paralelo a las crónicas, uno en donde incorpora la experiencia de reportear. Habla de ella como si fuera también parte esencial de la narrativa. En lo personal es llamativo cómo todo el “detrás de cámara” es documentado con el mismo rigor que emplearía en una de sus crónicas. Una bitácora escrita con sinceridad que no se cohíbe ante ninguna situación y brinda lecciones interesantes al lector.

“Llegaba a algún lugar —después de haber leído el material escaso que había encontrado en Buenos Aires— con un par de números de teléfono, generalmente periodistas conocidos de periodistas conocidos, y no mucho más. Envidiaba a esos periodistas —americanos, solían ser— que tenían un stringer, un productor que les iba preparando la tarea, pero también los despreciaba levemente y me gustaba esa idea de buscarme la vida: de buscar” (p. 62)

Lacrónica, el gesto.

¿Es un error de ortografía?, ¿es intencional ponerle aquel título? Lleva Lacrónica y no La crónica porque es un gesto insolente que busca plantear una diferencia entre sus textos con los otros encasillados en el género crónica.

En múltiples entrevistas y en el mismo libro, Caparrós explica el porqué de este nombre: “Estoy harto de la palabra crónica: me tiene cansadísimo. Se usa demasiado, no se sabe qué dice, se confunde, se enarbola, se babea. Pero de algún modo hay que llamar a todo esto. Pensé que quizá podía usarla dándole un correctivo: poniéndola —habría dicho mi maestra de tercero— en su lugar. O mejor: fuera de su lugar. Volviéndola levemente impertinente.”

Lacrónica es un ejercicio periodístico de alto nivel, en donde se junta una narrativa trabajada y reflexiones potentes. Es inspirador conocer cómo el autor se adentra hasta lo más profundo de la situación para conseguir historias, como, por ejemplo, en la crónica Lima. Perfume del final, el escritor de bigote plateado lo comienza así:

“No es bueno estar tan convencido de que te van a matar antes de media hora. Hacía muchos años que no me sucedía. Fue algo parecido al miedo, pero no era el miedo: era la desagradable sensación de que algo estaba por llegar”. (p. 66)

Compromiso con la historia

Se suele recomendar que se abandone este tipo de ejercicios donde una buena historia trae consigo un gran riesgo que en algunas veces lleva a la muerte. Sin embargo, creo que es ese componente de lo impredecible lo que más me llama la atención del libro.

Este componente también aparece en el libro Cabeza de turco de Günter Wallraff, en donde el mismo autor se hace pasar por turco en la década de los 80 y narra desde adentro, la persecución que sufrían los turcos en Alemania: La explotación de trabajo, la violación de derechos humanos, la xenofobia, etc. Un reportaje que estaré entusiasmado de leer buscando ese sentimiento de que algo ocurrirá en cualquier momento.

La historia perfecta

A pesar de ser una recopilación de historias diferentes entre sí, pensadas para ser publicadas de forma independiente, se podría encontrar una cualidad que une estos territorios como si fuera un continente: historias interesantes. Llega un punto en donde las historias no atrapan por la curiosidad del tema sino por ver cómo el periodista se enfrenta a la situación.

Cualidad que comparte con el libro del periodista estadounidense Gay Talese, El motel del voyeur en donde se narra la historia de Gerald Foos, un hombre dueño de un motel que había creado un sistema dentro de los conductos de ventilación para espiar a sus huéspedes en la intimidada y así satisfacer su necesidad de voyeur. Libro que recomiendo por los dilemas que plantea a todas las personas que les gustan las historias complejas que buscan un desenlace apropiado.

Martín Caparrós con este libro se posiciona muy bien entre los mejores periodistas-escritores latinoamericanos. Pocos son los que saben ingeniárselas para contar lo que ya está dicho. Él lo hizo, y jamás renunció a la promesa que hizo antes de viajar: «me preguntaba si valía la pena viajar de todos modos. Me contestaba que quería viajar de todos modos —y que ya vería: que, en el peor de los casos, si no conseguía nada de nada, cuando volviera renunciaba”.

Opine sobre este artículo

Posts Recomendados