La guerra detrás de un velo azul marino

Texto por Mariana Gutiérrez Ramírez .

Ilustración por Simón Barrera.

Ruinas, mucho polvo y todo color café.

Esa es la imagen mental que casi siempre se le ocurre a uno cuando escucha la palabra Afganistán. Porque esa imagen, precisamente, es la que el cine norteamericano nos ha vendido del país asiático por mucho tiempo: un país en guerra constante, violento, sucio y seco, que no tiene nada para ofrecer a turistas y ni siquiera a sus propios habitantes. Y la realidad es que todo esto no es por completo mentira: se trata de un país que durante años se ha encontrado en una coyuntura de conflicto inmutable que ha obligado a sus habitantes a vivir bajo situaciones precarias. Sin embargo, el problema radica en que solemos quedarnos con esa imagen y no nos atrevemos a pensar que hay algo más, que quizá el país sí tiene algo para ofrecer más que polvo y violencia.

Así pues, el libro 300 días en Afganistán (Anagrama, 2006) nos dice que sí hay más que eso. Y la autora, la doctora colombiana Natalia Aguirre Zimerman, no solo nos lo dice: nos lo relata, nos lo describe y nos lo hace sentir. La obra, compuesta por una recopilación de los correos electrónicos que la gineco-obstetra mandó a sus seres queridos durante su voluntariado en Kabul con la ONG Médicos Sin Fronteras, reúne todo aquello que el cine norteamericano no suele incluir en sus películas de guerra afgana. A través de historias, vivencias y personajes de su día a día, Aguirre narra toda su experiencia como voluntaria entre 2002 y 2003, en un país tan diferente al de su origen, haciendo lo posible por llevar atisbos de esperanza a aquella población tan herida por la guerra.

Y el relato no se compone solo por historias de sangre —o, por lo menos, no más de la que es normal que aparezca en la vida de una médica—, diferenciándolo de tantos otros que se centran en el lado oscuro de la guerra. El relato se compone por los habitantes de Afganistán, su cultura, sus historias, gustos y comportamientos, y las maravillas geográficas del país que son tan desconocidas para muchos. 

Unos simples correos electrónicos que llegarían a las manos del por entonces director la revista El Malpensante, Andrés Hoyos, y que recopilados se convertirían en un reportaje que, a pesar de no haber sido creado con la intención de que lo fuera, lograría una riqueza de detalles que narraría inescrupulosamente el lado más desconocido de la guerra en Afganistán.

De tal forma, antes de leer el libro —e incluso en las primeras páginas— me sentí escéptica por el hecho de que se tratara de un reportaje que no se hizo con intención. El que fuera una recolección de correos electrónicos independientes entre sí podía significar muchas cosas: no hay una narración lineal de los hechos, en algunos casos las historias quedan incompletas, los personajes no son introducidos apropiadamente o no hay una suficiente exposición y explicación de fuentes documentales u oficiales. No obstante, a medida que pasé las páginas descubrí que precisamente el hecho de que fuera un reportaje no intencional era lo que le daba al libro su particular encanto.

Porque la autora logró captar en cada uno de sus correos hasta el más mínimo detalle de los lugares, las personas y las historias, y quizá la falta de presión por recuperar la mayor cantidad de información posible —una presión tan familiar en el oficio del periodismo— fue lo que le permitió hacerlo con espontaneidad y disfrutarlo, y el fruto de ese placer se ve reflejado en la riqueza de la narración. Con un lenguaje simple y cotidiano, Aguirre permite al lector introducirse en la historia, y hacerlo sentir lo que ella estaba sintiendo en el momento en que escribió cada correo.

Tan completa es la cantidad de detalles y tanta es la limpieza en la narración, que me hace considerar que nos encontramos frente a una médica gineco-obstetra de profesión, pero periodista de nacimiento. Por eso, Aguirre es un ejemplo a seguir para todos aquellos que nos interesa el trabajo periodístico,  y es a ellos a quienes les recomiendo el libro en primer lugar. 

Porque de él, en definitiva, se aprende que el periodismo podría ser mucho mejor si es espontáneo. Sin embargo, lo más admirable del libro sigue siendo el hecho de que logre enmarcar a Afganistán a partir de lo que es, sin que dependa por completo de la guerra, y por eso también se lo recomiendo a las personas que tengan la misma imagen mental del país que yo tenía al principio, y que desee cambiarla.

Porque es un hecho: después del libro, mi imagen mental de Afganistán se ha transformado. Sigue habiendo ruinas, polvo y color café, claro que sí, pero ahora hay mucho más que eso. No son solo ruinas, también hay paisajes, ríos, montañas y lagos; bajo el polvo hay rosales de todos los colores y tamaños, niños de ojos grises y frutas sabrosas; y no todo es color café: ahora prima el azul marino de las burkas de las afganas, mujeres fuertes y admirables que han vivido la guerra detrás de sus velos, cuya vista se relata tanto en el libro.

La obra fue escrita en 2002, hace casi veinte años. Es de suponer que en este tiempo la coyuntura para los afganos ha cambiado. Pero he logrado encontrar tanta fascinación por la cultura, que si se publica otro libro contándola en la actualidad estaría feliz de leerlo. Eso sí, mucho mejor si está escrito por Natalia Aguirre. Porque mi concepción final es que, con cada detalle, la autora logró enamorarme de la cultura afgana, hacerme sentir el dolor de los personajes que sufren la precaria situación de su país, y que me despertara cada día queriendo averiguar qué historia es la que seguía dentro de aquellos 300 días en Afganistán.

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