La cuarentena en el centro comercial
Domingo 15 de marzo, Medellín
El Ministerio Nacional de Salud y Protección Social acababa de publicar en su boletín número 069 que confirmaba diez casos nuevos de coronavirus (covid-19) en el país.

Con esto, la cifra oficial de contagiados llegaba a 34 en todo el territorio nacional y a 7 en Medellín, tan solo 9 días después de la confirmación del primer caso.


El campeonato nacional de fútbol se había suspendido y en la ciudad las actividades deportivas y recreativas al aire libre se habían cancelado, al igual que el pico y placa en Medellín para evitar las aglomeraciones en el transporte público. Además, tres reconocidas universidades privadas de la ciudad (EAFIT, Pontificia Bolivariana y de Medelín) ya habían decidido que sus estudiantes cumplieran con sus compromisos académicos de forma virtual desde sus casas.
El supermercado
Mientras tanto, en el supermercado Éxito de Viva Envigado (el centro comercial más grande del país, inaugurado en noviembre de 2019) Marta me explicaba las ventajas de comprar el último celular Huawei con el 50% de descuento.

Abría la cámara del teléfono y me enseñaba todas las bondades de la inteligencia artificial del aparato que, desde las nueve de la mañana, había sido manipulado sin ningún tipo de medida o precaución sanitaria por decenas de compradores que habían pasado por allí.
La gente comprando como si no se pudiera volver a salir de casa.
Unos 8 o 9 pasillos más atrás, en la sección de los implementos de aseo, Erika, de 3 o 4 meses de embarazo, se encargaba de hacer cumplir la norma que acababa de dar la voz femenina e inmutable del micrófono de información: “Les recordamos a nuestros visitantes que por la situación actual del país solo está permitido comprar máximo cuatro unidades de cada producto. Recuerde que cuidarse está en nuestras manos”.

Como podía, les hacía saber a todos los que pasan por allí convencidos de que el sitio más seguro para pasar la cuarentena era encerrados en el baño, que no podían coger más de cuatro paquetes de papel higiénico y que el antibacterial, en gel, en pañitos o en cualquier presentación, ya estaba agotado.

Por los altavoces, interrumpidos por los siempre parcos e indescifrables anuncios, sonaba Eddie Santiago y otros clásicos de la salsa romántica. Pasaba el medio día y lo cierto es que la vida real parecía mucho más normal y tranquila que en Twitter.

Mientras en esa red se actualizaban constantemente las cifras de infectados, recuperados y muertos en el mundo, se difundían videos de expertos explicando y proyectando curvas, se regaba el hashtag #QuédateEnCasa y entre seguidores se compartían recomendaciones para no aburrirse en el encierro, aquí la música cada vez se ponía mejor, los buñuelos de la entrada seguían calientes y la fila de la caja rápida avanzaba igual de lenta que siempre.
El producto que más demanda tuvo entre los asustados compradores.
El centro comercial
Los únicos locales que no abrieron fueron los bancos, solo ellos pueden darse ese lujo. Los almacenes de ropa y accesorios deportivos estaban abiertos pero vacíos, los vendedores que hoy no venden, sino que organizan estanterías, hacen inventarios y actualizan Instagram cada 2 o 3 minutos, madrugaron a quitar el candado de la puerta como todos los días a la misma hora, pero lo cierto es que en el primer piso del centro comercial abundaban las personas, las cajas de donas y los helados, pero escaseaban las bolsas de compras.

La recomendación de las autoridades locales y nacionales era que la gente se quedara en sus casas. Pues bien, los almacenes de artículos para el hogar vendían más que de costumbre. Los restaurantes y las cafeterías del segundo piso estaban a tope.

Había encuentros familiares, de parejas, de amigos, de padres solteros, de celebraciones de cumpleaños y estaba yo, que almorcé solo en el restaurante más vacío que encontré, en la mesa más lejana que pude.
Muchos otros establecimientos tuvieron buena clientela.
La cocina italiana, la mexicana y las hamburgueserías no daban abasto, parecía como si en cada uno de los platos viniera incluido de regalo o de postre un tapabocas, un rollo de papel higiénico y un gel antibacterial que, junto con los enlatados, son los bienes más preciados por estos días.

Mi almuerzo estuvo rápido. Después de hacer el pedido alcancé a ir a lavarme las manos y para cuando volví el plato ya estaba sobre la mesa. Fue hasta que lo probé que me di cuenta porqué el sitio tenía más meseros que comensales.

La zona de salas de cine más grande del país (14 teatros en total) era un desierto, aturdía el silencio que normalmente ocupan los estallidos de las crispetas, el murmullo de las sillas y los dispensadores de hielo.

En un acto de valentía y de ejemplo de responsabilidad social, los directivos de Cine Colombia habían tomado la decisión desde el día anterior de cerrar sus actividades en todas las salas del país.

La eucaristía que se celebra sagradamente todos los domingos en la plazoleta del sector bancario (¡qué ironía!) se había suspendido hasta nueva orden.
El fútbol, a tope
La semifinal del torneo de fútbol amateur que comenzó con 64 equipos a finales de enero y que tiene como sede una de las cinco canchas sintéticas del último piso del centro comercial, se jugó con normalidad.

Si la Champions League, la Copa Libertadores, la Eurocopa, la Copa América y hasta los Juegos Olímpicos se aplazaron, este clásico entre Roma y París, que definiría el paso a la final y que entregaría dos millones de pesos al campeón, no podía esperar.
El mejor refresco de los futbolistas aficionados.
El partido fue un festival de goles y de patadas, el resultado final fue 4-4 en anotaciones y amonestaciones.

El público consistía en un par de novias todavía enamoradas, un amigo todavía fiel y los jugadores del equipo que había ganado su partido en el turno de la mañana, que ahora, mientras se terminaban una canasta de 30 frías que ya estaban calientes, analizaba al que sería su próximo y último rival, y especulaba quiénes serían los encargados de patear los penaltis.

Cada bando escogió a los tres héroes que tenían como única misión fusilar al de saco negro que se pararía en la mitad del arco (que no es un arco). Como si fuera un designio histórico, el primer pateador romano fue César, luego vinieron Andrés y Mateo. Del lado parisino cobraron Isaza, Tomás y Camilo. Neyder, de París, detuvo el cobro de Andrés.

Gritos, abrazos y picos a la novia, los de azul pasaron a la final, que solo se jugará si deciden pasar su cuarentena del próximo domingo en el último piso del Centro Comercial más grande del país.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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