La casa de la abuela
Es un hogar que convoca recuerdos de ternura, calidez y amor, pero hay quienes tienen recuerdos que prefieren olvidar.

La casa de una abuela suele tener olor a familia, a postres, a la costumbre de estar juntos, a encuentro, tiene sabor a receta de tradición, a mimos y alcahuetería. Esta en particular era una casa grande, ubicada en la avenida 33, al frente de la estación de gasolina conocida como El Cafetero, un desaparecido almacén que hoy es un supermercado Éxito.

En este barrio del occidente de Medellín vivían familias tradicionales, de buenos ingresos y que por lo general tenían las que siempre se han considerado buenas costumbres, familias de bien. La casa tenía muchas escalas, poseía un diseño por niveles y un patio en la mitad que hacía que siempre estuviera iluminada, decorada con matas grandes y bien cuidadas.

A la entrada había una sala con sillas rojas y la habitación principal, la de la abuela, quedaba en un entrepiso. Tenía una especie de balcón que le permitía divisar la sala, el comedor y todo el primer piso: allí se paraba y ejercía el control familiar fumando su tabaco. El olor quedaba impregnado en todo el espacio.

Por esa casa circulaban los hijos y las nueras, las hijas y los yernos, los nietos y las nietas. Se cruzaban edades, chismes, intrigas y fiestas. Sin embargo, quienes se cruzaban a diario en esa casa eran una empleada traída de un pueblo y Jairo, el conductor, un hombre al que todos le tenían plena confianza.

La memoria invocada es la de una de las nietas, la hija del penúltimo hijo, una niña de 4 años, de cabello rubio, que vivía cerca, detrás de El Cafetero, y que por la cercanía frecuentaba mucho la casa.

Quizás por la edad que tenía en ese momento, la recuerda como un espacio inmenso. Le causaba curiosidad la habitación de la abuela, quería entrar y abrir los cajones del tocador, ver los collares y las joyas, pero allá no se podía entrar a hacer daños.

La sala de la entrada era perfecta para jugar a hacer la visita de carrizo, como hacían su mamá y las tías, pero le tenía miedo a la cocina y al garaje.
Aquel olor a café con leche
La cocina, grande como toda la casa, le trae al presente una sensación de soledad y vacío y, sobre todo, un olor que no soporta ni cuatro décadas después: el olor a café con leche.

Su abuela la sentaba en la cocina y la obligaba a comer “migaíto” que es una taza de café con leche a la que se le miga pan, galletas, queso y lo que uno le quiera echar.

Ella odiaba la sensación de pan remojado, que tuviera más líquido que miga… Ante los gestos asquientos y la queja de tenerse que comer eso, la abuela la castigaba.
"Si no se lo come al desayuno, entonces se lo come al almuerzo, y si no se lo come al almuerzo, se lo doy a la comida. No puede ser caprichosa”, le decía".
No había otra opción, había que comérselo sin importar la textura y la temperatura del líquido, que con el paso de las horas se ponía más frío y espeso. Pero había otra razón para temerle a la cocina: la misma mesa. Jairo, el conductor, la sentaba allí, y entre juegos y amenazas, le bajaba los calzones y le metía la lengua en la vagina.

Ella cerraba los ojos y lo único que quedaba en el ambiente era el olor a café con leche y tabaco. Todo pasaba cuando la casa era más silenciosa, cuando la gente hacía la siesta y el mundo entraba en un letargo absoluto. Claro, todos tranquilos, porque la niña estaba siendo cuidada con Jairo, el de confianza, el conductor.

En el garaje había una alacena donde guardaban parte del mercado y la abuela decía: “Vaya al garaje y busque… (cualquier cosa)”. Entonces había que ir, y a la nieta le daba susto, lo hacía despacio, con sigilo. Siempre con el temor de encontrarse a Jairo.

Descansaba cuando no estaba el carro parqueado y si lo veía, pensaba que en cualquier momento él la iba a coger y empezar de nuevo el horrendo ritual.
Temores y recuerdos
“En mi caso, ir a la casa de la abuela no era una alegría ni lo que yo esperaba. Ir a la casa de la abuela era sinónimo de temor, no solo por la comida, no solo por los olores, sino por lo que pasaba en mi cuerpo”.

Todo empeoró cuando Jairo, el chofer, comenzó a frecuentar la casa de sus padres y todo se repetía. Aunque no había café con leche y tabaco, ella siempre asociaba el manoseo con esa mezcla de olores. Todo sucedía mientras sus padres hacían la siesta en el silencio de la tarde.

Hoy, 40 años después, pasar por ese punto de la avenida 33 es recordar el garaje y las escaleras que llevaban a la cocina, es recordar la ventana de la habitación de su abuela.
Ha querido entrar a la casa, que ya es un almacén de máquinas de gimnasio, y recorrer esos rincones. No lo ha hecho por miedo a revivir el pasado.
“La casa de la abuela fue todo lo contrario a una casa de abuela, yo le tenía miedo. Sin embargo, era una casa hermosa, con muebles súper lindos. Uno se podría preguntar: ¿qué conexión existe entre un garaje, un conductor y el hecho de que yo no sepa manejar hoy? Alguna vez un psicólogo me dijo: ¿usted por qué no quiere aprender a manejar?, ¿sigue buscando un conductor?”

Si piensa en la casa de una abuela, tal vez recuerde sabores, el olor a pan fresco, galletas y leche, el jardín, las flores, una receta particular, cierta música, un dicho, un refrán…

Por lo general, esos recuerdos tienen en común el amor y la calidez de un hogar. Pero en ocasiones sucede algo distinto, hay un punto en el que los recuerdos se distorsionan y algo muere: la infancia.
A veces,
los recuerdos son tan profundos
que se vuelven olvidos.

A veces,
el olvido es el mejor recuerdo.

A veces los recuerdos son sueños,
y los sueños, pesadillas.

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