Esta es la vida laboral

Texto por Sara Gual

Ilustración por Jossi Barbosa

Es domingo y tengo 262 correos por leer. Soy practicante en una de las empresas más grandes del país, sufro de acoso y explotación laboral, y solo hasta hoy pude identificarlo. Presiento que no voy a poder poner el nombre de esta empresa en mi currículum, pero no me retracto de exponer el abuso en el que caí.

Este no es un escrito mamerto que culpa al capitalismo. En mi caso el “cruel capitalismo” es una mujer joven con novio, que se ríe a carcajadas, habla duro, y se hace iluminaciones en el pelo. Y quien secunda esa maldad es una profesional inteligente, con esposo e hijo pequeño.

Cuando acepté la práctica sabía que era un puesto exigente. El Área de Comunicaciones de cualquier empresa es movida, se trata de ser quien maneja los comunicados oficiales, lo que implica estar comprometido, tener una reacción rápida y manejar mucha presión. Pero existen límites, unos no muy marcados cuando se es practicante. Confundí explotación con responsabilidad y acoso con compromiso.

Cuando se está ocupado el mal es ambiguo y parece banal, quizás no fue un acto consciente. La cadena de abuso y silencio que sufrí es y será invisible para muchas personas.

La cuarentena intensificó el abuso: mensajes, llamadas y correos a horas y días no laborales, descabellados. (Día de la Madre o un domingo a las 10:00 p. m.) Reclamos y exigencias movidas por un chantaje educacional: «Es un reto gigante», «aprenderás mucho», «es una oportunidad para ti». Tareas que había que cumplir en el mínimo tiempo, bajo la presión de poder: «Lo necesitamos ya», «lo pidió el presidente», «lo estamos esperando».

La presión del sistema, (medios, mercado, capitalismo) o como lo quieras llamar, no existe sin personas que lo ejerzan. Me sentí culpable llamando la Línea Ética. ¿Fueron mis jefes quienes me empujaron a trabajar 13 horas diarias? ¿Es realmente el soldado que dispara culpable?

Sin importar el nivel educativo o el contexto, es la libertad del individuo lo que permite que reflexione sobre lo que hace y la banalidad que él atribuye a su comportamiento no minimiza la crueldad de sus efectos. Pero siempre se está ocupado para cuestionarse a sí mismo.

La maravilla de ser primíparo es poder ver claramente. Es tener en mente “Vigilar y castigar”, “La sociedad líquida”, “La banalidad del mal” y teorías distopicas que pensábamos exageradas… no lo son.

Estudiante de Comunicación Social de la Universidad EAFIT.  Artículo publicado originalmente en el periódico El Colombiano, el 9 de julio de 2020

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