Orgullo al estilo Maturana

Artículo por:

Mariana Arango

Valentina Velásquez

Camila Marín

Juana María Valencia

María Isabel Flórez

 

Francisco “Pacho” Maturana es recordado como el mejor técnico que ha tenido la selección Colombia, pero uno de los mayores éxitos de este técnico chocoano sucedió en 1986, cuando lo contrató la paternidad y, a partir de ese año, entrenó, día y noche, a su hija Daniela Maturana.

Daniela es ahora una mujer afro de 34 años que reivindica el papel de la mujer negra con sentido social. Regularmente lleva puestas aretas más grandes que sus pómulos, una sonrisa amplia y vibrante, porta orgullosamente su cabello ensortijado con una parte de su cuero cabelludo rapado.

En sus ojos marrones se reflejan sus sueños y convicciones; es apasionada, servicial y, sobre todo, líder social y feminista. Ser hija del gran Maturana conlleva a pensar que sus logros están permeados por el éxito de su papá; sin embargo, cuando fue la presidenta electa del Concejo de Medellín en 2016 dejó claro que sus aspiraciones políticas y el amor por la ciudad son iniciativas propias.

El apellido Maturana ha trascendido las porterías del fútbol y, gracias al trabajo de Daniela, se ha convertido en un referente en temas de inclusión, feminismo y etno-educación. Porque ella, al igual que su padre, ha celebrado sus propios goles y cumplido sus propios sueños.

¿Cómo fue crecer en su familia?

Mi papá siempre ha sido un hombre que me ha dado consejos toda la vida, jamás nos gritó, jamás nos pegó, los regaños siempre han sido de “estoy decepcionado, o de ojo con esto, con aquello”. Mi mamá fue una mujer que decidió renunciar a sus propósitos, no estoy diciendo que es lo debamos hacer, sino que precisamente ver que ella renunció, por ser mujer, a cumplir sus sueños, me inspira a ser mucho más feminista. Ella se dedicó de lleno a las tareas del hogar, a criar y cuidar a sus hijos; siempre fue muy exigente y supremamente ordenada, todo era milimétricamente calculado: la ropa por colores, todo limpio, nada de ropa sucia; los hábitos que hemos adquirido gracias a la COVID-19, mi mamá ya los había adoptado hace mucho tiempo, eran parte de la dinámica familiar: no se podía entrar a la casa con zapatos, lavaba sagradamente todo el mercado que traía a la casa antes de guardarlo en la nevera. Realmente todas esas medidas no han sido extrañas para mí, yo crecí con ellas.

¿Fueron muy estrictos con usted?

Hubo una época en la que no me dejaban salir, pero después cuando ya era una adolescente, empecé a salir de fiesta y a hacer lo que hacían mis amigos, sin embargo, nunca hice nada extravagante o peligroso; me enfiestaba mucho y tomaba alcohol, pero siempre me comporté muy bien, siempre supe mantener el control.

¿En qué momento se dio cuenta de que era una familia futbolística tan importante en el país?

En realidad, yo creo que uno no se da cuenta de eso cuando está chiquitico, sino cuando está más grande, más o menos a los nueve o diez años, que uno empieza a salir más a la calle con el papá y en los restaurantes lo paran para pedirle una foto o un autógrafo. Tengo recuerdos de la época de los mundiales, pero son muy vagos, porque yo estaba muy pequeña en los tiempos de mayor éxito de mi papá. Por ejemplo, en el 89 yo tenía 3 años, tengo más recuerdos de cuando mi papá quedó campeón con el América de Cali, pero para el mundial de Estados Unidos 94 ya tenía 7 años y era mucho más consciente. Por el trabajo de mi papá me tocaba viajar y viví en España y en Cali, pero también estuve en Ecuador, Argentina y Costa Rica, que fueron lugares donde mi papá trabajó. Finalmente, para que nosotros no tuviéramos que cambiar y adaptarnos a nuevos colegios y nuevos compañeros, decidimos quedarnos aquí en Medellín y que fuera mi papá quien se quedara en el exterior.

Créditos: Instragram @DanyMatu

Teniendo en cuenta todos los cambios de residencia que tuvo que atravesar, ¿cómo fue esa experiencia en su vida escolar?

Yo estudié en una guardería que se llamó Chirringos, luego cuando a mi papá le empezó a ir muy bien, nos pasamos de vivir en Belén Rosales a vivir en Envigado, ahí empecé en otra guardería que se llamaba Mi primera estación. Luego, entré en el Gimnasio Los Cedros, porque mi primita, Naty, estudiaba ahí y vivíamos cerca; sin embargo, ahí empezaron los viajes y nos fuimos a vivir a Valladolid. Allá estudié en dos colegios, uno que se llamaba Las Francesas y en El Teresiano, ambos enseñaban en lengua castellana. Cuando regresamos a Colombia, nos fuimos a vivir a Cali y estudié en el Colegio Bennett, que era bilingüe, porque allá estudiaban las hijas de unos amigos de mi papá. Cuando nos vinimos para Medellín, mi papá quería que continuara con el inglés y escogió un colegio americano para nosotros poder aprender otro idioma, porque él sabía que eso era muy importante para el futuro, así decidieron meterme al Columbus School.

¿Cómo fue para usted estudiar en el Columbus School?

En realidad, me siento muy orgullosa de haberme graduado de ese colegio, creo que tiene un beneficio muy importante que es el inglés; yo entré en segundo de primaria y me costó el idioma, porque no estaba tan acostumbrada, pero tener la posibilidad de estudiar doce o trece años seguidos con profesores de Canadá, Estados Unidos y Australia, que me enseñaban en su lengua nativa, que para mí era mi segundo idioma, era una ventaja muy grande. Yo veía Química, Matemáticas, Álgebra, Historia una parte en español y otra en inglés, entonces el bilingüismo era evidente. Además, nosotros nos graduamos con dos diplomas, uno colombiano y otro estadounidense, entonces en últimas no hice lo que hace mucha gente, que es ir a estudiar un año en el extranjero para aprender otro idioma, aunque me arrepiento, porque habría sido una experiencia muy bonita.

¿Qué significaba la educación en su casa?

Para mi papá la educación lo es todo, porque a mi abuelo le encantaba, mi abuela fue maestra, a él le exigieron mucho, entonces yo creo que él también entiende que sus éxitos se lograron gracias a su educación, haber sido buen hijo, buen estudiante y haber ido a la universidad; los valores te los dan en la casa, pero la disciplina te la da la universidad y el colegio. Mi papá dice que ese es el mejor legado que le puede dar a sus hijos: la educación y un buen ejemplo.

¿Se ha sentido privilegiada?

Ahora que estudio tanto la interseccionalidad, privilegios y opresiones, me doy cuenta de que el tener acceso a dos idiomas, el haber estudiado en Eafit, tener una especialización, abre las puertas laboral y profesionalmente. En últimas, al tener más formación, más títulos y más idiomas, se te dan privilegios y oportunidades que a otras personas no, ya que desafortunadamente, en el país la educación no es 100% pública ni gratuita.

Teniendo en cuenta todo ese privilegio, ¿por qué decidió quedarse en Colombia?

Mi papá sí era muy conservador para eso. Él quería que yo estuviera súper cerca de la familia y que no me fuera. Mi sueño era estudiar en Bogotá, desde los últimos tres años del colegio quería estudiar Ciencias Políticas o Derecho; me gustaba mucho Gobierno y Relaciones Internacionales del Externado, me soñaba en Bogotá, porque allá está todo. Hoy vivo en Medellín, pero estoy trabajando en Bogotá, definitivamente el mar de oportunidades que hay en lo público para los politólogos allá es muy grande, pero mi papá me decía “una niña tan chiquita no tiene nada que estar haciendo en Bogotá por los riegos y el peligro”. Justo hace poco me devolví de Bogotá, porque se metió un ladrón a la casa; ya sí entiendo: es una ciudad encantadora, pero no es tan segura para las mujeres solas. Entiendo sus miedos, entonces por eso en ese entonces no lo hice. Y creo que tampoco fui juiciosa, de coger el impulso y buscar una beca, porque llega un momento en el que uno también tiene que educarse por sus propios méritos y con sus propios recursos. Hoy en día estoy pensando en salir, viajar y estudiar en otro país, quiero hacerlo más adelante, porque ya empecé una especialización acá en Colombia, pero sí es una tarea por cumplir.

Créditos: Instragram @DanyMatu

Ahora háblenos de su vida política y de las campañas, ¿qué la motivó a lanzarse al Concejo?

Fueron dos experiencias muy bonitas, dos campañas propias, pues he estado en varias campañas; en una perdió un amigo y yo dije “dentro de cuatro años voy a ser yo la candidata”. Lo fui y lo logramos. Luchado con las uñas, aprendiendo de todo un poco, pues yo misma creé los slogans, los colores y definía qué quería: los mensajes y propuestas, que luego se volvieron acuerdos municipales y después en proyectos de ciudad que hoy se ven como: Cultura D, Distrito D, el programa de Etno-educación, la Comisión de Género que hace poco tuvo una modificación: pasó de ser la Comisión Especial, que fue la que creé, a ser una Comisión Legal.

¿Piensa volver a hacer campaña?

La verdad, no sé si pienso volver, se logró e intenté una segunda vez; aunque en el fondo de mi corazón sentía que ya había cumplido un ciclo. Yo quería estar en el ejecutivo, pensando y creando proyectos, tomando decisiones como lo hago hoy. Esa segunda vez perdí, no lo logré, sin embargo, hoy estoy donde inicialmente había dicho. No me quiero volver a lanzar, porque quiero estar en un lugar donde pueda conocer el país o pueda incluso recorrer Antioquia. También había pensado estar en Medellín, en una secretaría, tomando decisiones y ya no estando en el lado del Concejo, haciendo control político, sino creando y llevando a cabo proyectos que necesita la ciudad en temas de deporte, género y diversidad étnica: mis tres grandes pasiones. Todo ha sido un aprendizaje, entendí que no siempre se puede estar en donde uno quiere, sino que si Dios y la vida tienen un propósito para ti, eso se termina dando; me volví a lanzar y la vida me dijo no. Me quedé siete meses sin trabajo, pero seguí haciendo activismo en mis redes sociales; me dediqué a dar conferencias y tuve la oportunidad de estar en Warner, Sony y algunos colegios, como el Marymount y San José de las Vegas.

¿Quién es Daniela Maturana sin la política?

Mi gran obsesión es tejer historias sobre lo que somos como sociedad, que no veamos que la política y lo público son cosas ajenas a la moda, el activismo, la estética o el deporte, que comprendamos que los seres humanos no estamos divididos por pasiones o gustos, sino que somos un ser integral. Es por esto que no me encasillo en el lado público o político, porque hay muchos otros factores que también definen a Daniela en su mundo integral.

 

Créditos: Instragram @DanyMatu

¿Qué significa para usted la inclusión?

Voy a citar a mi amiga Rocío Arango, líder en emprendimiento social de Ruta N, ella dice que innovación se escribe con “I” de inclusión y si no estamos incluyendo a toda la población, ahí no hay innovación. Esto es parte de mi propósito y mi guía, pensar qué es lo que estoy haciendo, qué trabajo acepto, a qué digo que no, incluso hoy en día que hago campañas en redes sociales, del pelo, de ropa, de accesorios de todo eso. Mi forma de ser influencer es con un sentido social, mis campañas tienen que tener un mensaje, apoyo emprendimientos de mujeres independientes, marcas internacionales que hablen de la belleza real, que reivindiquen el papel de la mujer negra; porque casi siempre se piensa en la mujer y no en las mujeres que tienen dobles opresiones. Por ejemplo, las ganancias de algunos tenis de los que promocioné van para la Comuna 13, trato de mostrar las artesanías que hacen los Wounaan en Buenaventura para que la gente los conozca. Ese es el mensaje que quiero transmitir.

Cuéntenos sobre su nueva etapa en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar

Actualmente estoy trabajando por los jóvenes y adolescentes de todo el país, es algo que también me fluye un montón. Siempre me he conectado muy bien con la gente joven, durante mi período en el Concejo lideré algunas iniciativas como LideraLab, Jueves de Concejo, Un Café con la Matu y Medellín a pie. Por el momento, estoy disfrutando lo que estoy haciendo, aunque es un trabajo muy duro, porque estamos creando una dirección nueva en el ICBF; llevamos apenas seis meses y esperamos llegar a ser la primera entidad que tenga temas para jóvenes y adolescentes en materia de protección de derechos y prevención de riesgos. Estamos poniendo las primeras piedras, pues este Instituto lleva más de 50 años de existencia, trabajando por la primera infancia, adopciones y todo lo que tiene que ver con niños, pero necesitaba una oferta nueva para población entre los 14 y los 28 años. Me siento muy orgullosa de hacer parte de esto, además estamos trabajando para el país, no solo para Medellín y para Antioquia, lugares que amo con todo mi corazón, pero recorrer Colombia me ha abierto los ojos y me ha permitido ver todas de las necesidades que tenemos y dónde están los retos. Creo que esto me va a ayudar a crecer humanamente, como mujer, como persona y como profesional.

¿Qué ha aprendido de esos recorridos por el país?

Aunque sé que por nuestro sistema político y económico es muy difícil decir que todos vamos a ser iguales, creo que es necesario empezar a resaltar lo que podemos hacer desde el Estado, desde las empresas y desde el gobierno para que esas desigualdades sean cada vez menores y esas brechas entre hombres y mujeres, entre negros y blancos, entre las orientaciones sexuales diversas se puedan reducir; para que todos puedan ser y hacer lo que quieran ser en la sociedad y que nadie les diga que no. Ese sí es mi propósito y creo que en los últimos tres o cuatro años empecé a identificar que eso ni siquiera era una campaña política ni un discurso, sino que es mi razón de ser, por eso llevo mi pelo así, por eso me pongo turbantes, me pongo telas africanas, por eso soy activista en redes sociales. Cuando leía los proyectos en el Concejo, y ahora en el ICBF pienso en cómo les afecta a las niñas, a las mujeres, a los afros…

¿Qué la guía a usted en la vida, qué hace que mantenga el norte?

En definitiva, me mantienen enfocada los valores y principios que me inculcaron mis papás. Mi papá me enseñó a tener pasión por la educación y me dice que todos los días somos aprendices y que nunca lo dejaremos de ser; eso quiere decir que todo el tiempo aprendemos: de los fracasos, triunfos, alegrías, pérdidas; una serie, una columna de opinión, una película, un libro… Si uno no está acá aprendiendo de todo lo que pasa a su alrededor, de lo bueno y de lo malo, entonces no estaría cumpliendo con su propósito de vida. Cuando a uno se le muere un familiar uno siente como si le estuvieran hablando en los sueños, o de la nada me parece que escucho a mi mamá diciéndome: “Dani, ojo, cuidado con esto, con lo otro”. Siento que ella me habla en momentos críticos, en momentos especiales. Creo que los papás siempre van a estar ahí y eso es lo que me guía.

¿Cuál ese propósito?  

A ciencia cierta no sé cuál es mi propósito, pero sé que vine al mundo a servirle a la humanidad y creo que tengo que tratar de construir una sociedad mucho más equitativa, que respete a las mujeres, que respete a la población negra y a los indígenas; que resalte nuestra identidad y nuestra cultura sin importar de dónde seamos. A pesar de que no tengo el camino claro, sé que con la ayuda de mi papá, los valores que me enseñó mi mamá y mis motivaciones, lo puedo lograr. Me falta mucho, pero eso hace parte de los aprendizajes del día a día.

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