En las entrañas de la basura de una ciudad
Cuando fui a levantar una, miré mis manos y estaban llenas de gusanos. Gusanos que se movían lento y rápido a la vez, haciendo que la poca comida que había tomado esa mañana se revolviera en mi estómago. Pero me dije en ese instante: ¡calma, es solo una bolsa de basura! Entonces la arrojé al camión y seguí recogiendo.

Iba agarrada de las palancas del carro de la basura mientras avanzaba lentamente por las calles del barrio El Salado del municipio de Envigado. Iba colgada como los recogedores de basura en un camión verde, grande, con letras naranjas y blancas que decían “Enviaseo”.

Este tenía muchos objetos y palancas que no tenía ni idea para qué servían, pero me abstenía de tocarlas para evitar cometer un error y que algo se afectara por mi indiscreta curiosidad.

Farley Santamaría iba colgado al lado opuesto del camión, mientras que mi compañero Juan Larada iba a mi lado sosteniéndose de un costado, se volteó para mirarme y me dijo algo que no escuché por el ruido del motor tan ensordecedor.

-¡Qué! –le pregunté casi gritando porque no le escuchaba nada de lo que decía. Él, con una sonrisa al ver mi cara de preocupación, repitió con un tono de voz más alto.

–¡Bájese aquí que hay que recoger todo eso!
La gente no recicla
Miré y había bolsas de basura apiladas de todos los colores, con costales y contenedores encima de la grama verde. “Eso era mucho”, pensé.

Con el carro en movimiento, me tiré junto a mis dos compañeros, Larada y Farley. Detrás de las bolsas llenas de basuras se veían tres unidades residenciales. Todo a su alrededor era verde y se escuchaba a lo lejos el sonido natural y tenue de la cascada La Ayurá.

Lo único que rompía ese sonido y el silencio tranquilo de las 6:30 a.m. éramos nosotros con el sonido abrumador del camión. Mientras me acercaba a recoger las bolsas, vi costales llenos de residuos reciclables. Con dudas de si debía tirarlo o no, pregunté.

–¿Esto también lo tiro?
–Sí, la gente no recicla. –Pero hay mucho, ¿todo eso lo vamos a botar?
–Sí, ellos separan, pero lo tiran con la otra basura, nosotros no podemos hacer nada ahí, solo tirarlo.

Con decepción, agarré las bolsas y las arrojé al camión, viendo como esos desechos que podían ser reciclados eran arrojados a la basura y luego triturados y tragados por ese enorme vehículo.
La cronista en el oficio de recoger la basura, junto a sus compañeros de tripulación de la empresa Enviaseo.
Los aromas de la podredumbre
Seguía tirando bolsas, algunas con un hedor muy fuerte que hacía que mis ojos se llenaran de lágrimas. Otras con un olor a frutas y verduras combinadas que me daba un respiro… Pero había otras bolsas que no quería saber qué tenían dentro por su olor pesado y amargo, como el olor de cuando abro la nevera y me doy cuenta de que hay una papa podrida, solo que en este caso no es una papa, es todo el costal, más tres o quien sabe cuántos días más.

Mientras recogía las bolsas y las tiraba al camión había gente que pasaba caminando y se tapaba la nariz. Otros caminaban rápido para evitar el olor y la vista de los desechos repugnantes que botaban las personas. Caminaban como con miedo, como si fuera raro observar basura. Hace un mes hubiera hecho lo mismo, pero ahora solo digo: son nuestros residuos, deberíamos ser más conscientes de ellos…

–¡Oiga mija, móntese pues! –me saca de mis pensamientos Farley con un fuerte grito.

Dejé de mirar a las personas que pasaban tapando su nariz. Corrí hacia el carro, me sostuve de la palanca y me subí. No sabía a donde nos dirigíamos, pero tampoco me preocupaba.
“Como el olor de cuando abro la nevera y me doy cuenta de que hay una papa podrida, solo que en este caso no es una papa, es todo el costal, más tres o quien sabe cuántos días más”.
La contaminación del agua
Después de ir a varias partes, el camión llegó hasta la parte alta de la cascada ubicada en el barrio El Salado. Este lugar, según ellos, era el paraje de descanso, pero también de observación del panorama y limpieza de sus manos. Nos bajamos del carro cuando estacionó en la punta de la loma. Este sitio estaba rodeado y cubierto de árboles y naturaleza; hasta que nos topamos con la cascada y su tenue y continuo sonido de manantial.

–¡Ay Diego! mirá lo que le hicieron a la cascada –dijo Juan negando con su cabeza en dirección a todos.
–Esta gente “home” si es muy inconsciente y descarada –respondió Diego en su dirección mientras se bajaba del carro.
–¿Qué es eso? –pregunté con cierta angustia sobre lo que estaba sucediendo.
–Esos son desechos de las marraneras de esa finca –dijo Farley señalando una casa ubicada arriba de la cascada.
–Desechos y quién sabe cuántas cosas más –replicó en tono de protesta Diego.

Era un líquido café con grumos rosado pálido que caían desde un tubo directo hacia la cascada. Lo raro era que no generaba ningún olor, pero contaminaba con una parte café que seguía bajando por la corriente. Esa cascada pasa por todo el barrio. Algunas personas hasta se bañan en ella, pero lo hacen pensando que está limpia.

–¿Y no podemos hacer nada? –pregunté mirándolos a los tres. Ellos se miraron entre ellos y luego me miraron:
–Ya hemos tratado de decir, pero esas personas siguen contaminando.
–Yo si pienso hacer algo –saqué mi celular y me dispuse a tomar unas cuantas fotos.
Ellos me miraban y decían que adelante, que sacara todas las fotos que quisiera, pensaban que era muy triste que la gente contaminara de esta manera y más la cascada que pasaba por sus casas.
Quebrada en el barrio El Salado, de Envigado, que recibe aguas contaminadas. / Valeria López Alzate.
25 vehículos de basura
Era el momento de ir dentro del vehículo, pues íbamos a bajar a una parte más urbana de Envigado y era peligroso estar afuera por la cantidad de carros que transitaban. Me dirigí a la parte izquierda del camión, abrí la puerta, me impulsé de las dos escaleras que había para subir y entré.

Mientras bajábamos observaba el entorno, la naturaleza del camino y respiraba el aire que se filtraba por las ventanas. En mi cabeza no cabía la idea de que una persona tirara esos residuos y porquería a la cascada. ¿Cómo alguien era capaz de hacerle daño al ambiente de esa manera? Era alguien egoísta e inconsciente de su parte.

Después de recoger más basuras estábamos bajando por Ayurá para ir al mall de Villagrande y recoger lo que faltaba, era la ruta de ese día. Enviaseo manda 25 carros por toda la ciudad y uno por cada barrio, a nosotros nos tocaban esas dos partes.

Al llegar nos teníamos que bajar. Cuando lo hice no vi ninguna bolsa y me pregunté donde estarían. En esas mi compañero empezó a gritar: –¡Manteca! ¡Manteca! –yo pensaba. ¿Qué?, ¿por qué grita manteca?

En ese momento un señor bajó por las escaleras del mall vestido con un uniforme de vigilante negro y rojo diciendo: –Muchachos como están, Manteca no está, yo los ayudo esta vez.

Ellos parecían decepcionados al no ver a Manteca, pero igual le dieron las gracias al hombre que llegó. El hombre de uniforme negro y gorra negra sacó unas llaves de su bolsillo y empezó a abrir una puerta pequeña que había debajo del mall; cuando la abrió me acerqué para ayudar, pero la cantidad de bolsas era impresionante.
Un accidente entre la porquería
El cuarto era del tamaño de un baño grande e incluso había bolsas que casi alcanzaban mi estatura, 1.58, y pesaban tanto que me tocaba pedirles ayuda a mis compañeros. Ellos me dijeron:

–Tranquila, si quiere no ayude en este, esta gente bota mucha cosa y es demasiada basura –me dio decepción porque quería ayudar, les respondí que estaba bien y que no había problema.

Mientras ellos subían los contenedores al carro para tirar todo lo que había, en un momento no calcularon bien el peso y se les cayó uno. Ahí fue cuando vi la asquerosidad de lo que consumimos: era comida descompuesta, estaba amarilla y café, con un olor de como si un gato hiciera sus necesidades en esa bolsa siempre y no se limpiara. El hedor era insoportable, hacía que yo ya me quisiera ir de ahí y bañarme en ese instante.

–¡Este si es bruto parce! déjeme a mí yo saco los contenedores –le dijo Farley a Juan mientras negaba con su cabeza.

–Pero yo se lo pasé, usted fue el que no lo agarró –manifestó Juan con una sonrisa algo culpable y mirándolo a él y a la basura en el piso.

Con las ganas de irme por el hedor de las bolsas, solo pude reírme porque son situaciones incómodas que suceden. Seguían sacando bolsas y más bolsas, de lo pesadas que estas estaban les tocaba arrastrarlas por el piso, dejando así un camino grasoso que ninguno vio y nadie se percató.

Hasta que dos mujeres iban caminando por esa calle… una de ellas se resbaló y cayó de espaldas. Todos giramos por el estruendo del golpe y vimos a la señora en el piso, vestida de blanco, pero su ropa ya combinaba con los colores cafés y amarillos por el agua que estas bolsas soltaban.

–¿Señora, está bien? –le preguntó el señor que nos estaba ayudando con un tono algo nervioso.

Ella no le respondió, se levantó del piso renegando y diciendo unas palabras en un tono audible solo para ella y se fue a limpiar con la amiga que la estaba acompañando. Yo sentía cierta preocupación por la mujer que se había caído, pero también la risa se atoraba en mi garganta; si a mí me hubiera pasado me hubiera dado rabia, pero como estaba en el papel de recogedor de basura solté la carcajada. Mis compañeros me miraron y, al verme reír, también lo hicieron.
La venta de tamales
Dejamos el incidente a un lado y seguimos recogiendo. Cuando terminamos, más sucios que nunca, partimos a nuestra siguiente parada.

–¿A dónde vamos ahora? –pregunté con incertidumbre.
–A los mejores tamales de Envigado ¿los ha probado? –me dijo Diego con entusiasmo en su voz.
–Pues los tamales sí los he probado, pero los mejores de Envigado no sé –respondí.
–Entonces vamos…

Por un momento mientras pensaba en la idea de comer tamales, se me había olvidado de que iba a recoger la basura del restaurante. Después de varios minutos manejando y conversando sobre partidos políticos, inconformidades con Uribe y por quién íbamos a votar, llegamos al famoso restaurante.

Estaba ubicado en una esquina al lado derecho de la calle con colores verdes y amarillos, era rústico y acogedor. Nos bajamos y empezamos a recoger la basura que estaba al frente en una casa verde también.

–¿Ahora ya tienen una mujer en la tripulación? –preguntó un señor que salió de esa casa, con un pantalón azul, una camisa tipo polo y zapatos encerados.

–Esa trabaja más que todos juntos –dijo Diego en dirección al señor.

–Yo sí creo, ese Farley que no hace nada –respondió el hombre riéndose y mirando a Farley.

Yo solo podía pensar: ¿quién es ese? Debe ser el dueño del restaurante.

–No, ella está haciendo un trabajo para la universidad –habló Diego, explicándole el motivo de porqué había una mujer en la tripulación.
–¿Sí? Qué bueno, ¿está haciendo las prácticas?
–No, estoy haciendo un trabajo de una materia –dije yo en un tono fuerte.
–Qué bueno y ¿en dónde estudias? ¿en el SENA? –dijo con un tono medio burlesco.
–No, en EAFIT –respondí con una sonrisa pensando en que la gente tenía varios prejuicios al juzgar cuando ven a una mujer recogiendo basuras.
–¿En serio? –habló con asombro.
–Sí –expresé con tranquilidad para que entendiera que era algo normal.

Seguimos hablando y me contó que su hijo también estudiaba allí, hasta que le dije que tenía que irme con Diego al relleno sanitario y terminar mi recorrido. El hombre nos regaló tamales para el camino.
“Ser recolector de basura, siendo mujer, en una tripulación llena de hombres por un día me enseñó a ser más consciente y humana”: Valeria López Alzate.
Camino al relleno sanitario
–¿Lista? –me preguntó Diego con un brillo en sus ojos.
–Lista –respondí con el mismo brillo y entusiasmo.

Diego encendió el carro y comenzamos con la ruta que llevaba hacia el relleno sanitario, un lugar que quedaba a dos horas de ahí.

En el camino le preguntaba a Diego sobre qué cosas extrañas le habían pasado recogiendo la basura. Quería saber esos detalles, ese morbo de qué había de grotesco y oscuro en los desechos que arrojábamos todos.

–No, a mí gracias a Dios no me ha pasado nada fuerte –dijo mirando hacia arriba con su cabeza en la misma dirección mientras esperábamos en un semáforo.

–¿Nada? –insistí.
–Aunque, bueno, una vez en una bolsa de basura me encontré tres gatos muertos. –mencionó con decepción y tristeza.
–¡Que horrible! La gente es muy mala a veces –respondí con asombro.
–Sí y otra vez me chucé con una aguja y ahí si me dio mucho susto. Me tocó revisar la bolsa en donde estaba y de milagro encontré la caja de la jeringa. En la caja estaba la orden donde decía la dirección de la casa. Yo fui unos días después a hablar con la señora y gracias a Dios era solo una gripa –contaba Diego con voz preocupada.

Seguimos hablando en el recorrido sobre la inconsciencia de las personas. Envigado cuenta con 236.103 habitantes y 39 barrios, cada habitante consume y deja desechos que se deben recoger, por esto el trabajo de los recolectores es tan importante, decía Diego.

–¿Qué pasaría si nosotros dejáramos de recoger basura por una semana?
Una pregunta que me dejó pensando en todo el trayecto hasta Barbosa, el municipio de Antioquia al que nos dirigíamos.
El nuevo papel, barrendera de calles
La entrada al relleno era bonita, llena de plantas y palmeras, me sentía entrando a una unidad residencial de tierra caliente. Y ese día había un cielo azul con un poco de nubes que hacía que se viera como si ahí no hubiera nada malo, nada de qué preocuparse.

–Listo, a usted no la dejan entrar aquí, pero si nos preguntan vamos a decir que es una barrendera de Enviaseo –me dijo Diego.
–Listo, de una –respondí con expectativa y entusiasmo.

Entramos, Diego debía presentar un carnet y dejar el carro estacionado en una parte de la entrada donde pesaban el camión como había llegado y luego se volvía a pesar cuando salíamos. El peso de entrada era de 23.560 kilos.

Seguimos derecho por el camino hacia el relleno y no me dijeron nada. Respiré con tranquilidad, pues si me habían dejado pasar. A medida que nos adentrábamos solo veía árboles y naturaleza, no veía basura, hasta que Diego empezó a cerrar las ventanas del carro.

–Es que por aquí hay muchos mosquitos y zancudos, es mejor prevenir.

Seguimos el recorrido y empecé a ver montañas cubiertas de costales y telas azules, no tenía idea de que era, hasta que Diego lo aclaró:

–Eso era un relleno, pero a ese ya no le cabía más basura. Este lugar tiene tres espacios para tirar los desechos, ya van dos que están llenos, solo queda libre al que nos estamos dirigiendo y a ese le quedan cuatro años –explicó Diego mientras manejaba.

Me impresionaba que el lugar estuviera ya repleto, somos consumidores irresponsables e inconscientes, me lo seguía repitiendo.

Hasta que lo vimos, el panorama era azul y negro. Azul por la cantidad de plástico y negro por los gallinazos encima de toda esta basura. Aunque tuviéramos las ventanas cerradas, el hedor lograba penetrarlas. Diego ya estaba acostumbrado, pero yo estaba que vomitaba.

–¡Diego, eso es mucha basura! ¡y todo ese plástico! ¡tantos gallinazos! –le decía asustada al ver tantas bolsas, paquetes de papas, botellas de plástico… –Sí, es que esto aquí es impresionante, la gente no recicla, solo el 15 %, lo otro viene a parar aquí –respondió Diego con decepción.
La basura de Medellín y municipios cercanos va a parar al relleno sanitario ubicado en Barbosa. / Foto Valeria López Alzate
Agua con burbujas y un muerto
Seguimos entrando para hacer la fila y vaciar el camión. Los gallinazos se peleaban entre ellos para coger pedazos de comida, había perros que también trataban de comer lo que quedaba de los gallinazos. Una imagen que nunca va a salir de mi cabeza.

Más adelante había un charco de agua, tan sucia que le salían burbujas de los químicos que tenía. Esa agua salía de los carros de basura y quedaba concentrada. Podía observar como las burbujas salían de aquel charco negro.

–Uno se toma eso y se muere –advirtió Diego al verme mirar aquello con asco.
–¿Esa agua sale de la basura? –pregunté anonadada.
–Sí, es esa la que sale de las bolsas y los camiones.

Mientras esperábamos, el olor era tan fuerte que hacía que las lágrimas se asomaran por mis ojos, era un olor de putrefacción, con comida, químicos, residuos higiénicos y quién sabe cuántas cosas más. Hasta que Diego dijo: Una vez encontraron un muerto aquí.

Cuando eso pasó, todo este trabajo se detuvo por tres horas mientras llegaba el personal para revisar el caso. Después Diego dijo que no se podía perder tanto tiempo aquí, ahora se encuentra un muerto y siga tirando basura encima que no pasó nada. Solo pude pensar ¿cuánta gente estará aquí enterrada?
El panorama es desolador en el relleno sanitario de la ciudad por las montañas de desperdicios. / Valeria López Alzate
El consumo desaforado
Yo seguía viendo cómo se trituraba la basura por una maquina amarilla y grande, y pensaba que el consumo es exagerado: el relleno está repleto de plástico, pero a nosotros no nos importa, solo compramos y botamos sin pensar en las consecuencias que esto podría depararnos en un futuro.

Vaciaron nuestro carro y yo solo podía observar el panorama copado de gallinazos comiendo los desechos. Diego puso el camión en marcha para irnos, pero seguía pensando en que no se recicla, todo lo que separamos va para la misma parte y la gente tampoco sabe que esto sucede.

Cuando salimos pesamos el carro de nuevo y ahora estaba en 13.750 kilos. Solo recogimos la basura de un barrio y un mall lleno de restaurantes, quiere decir que en El Salado y en el mall Villagrande se producen 9,810 kilos de basura.

Cuando estábamos saliendo, Diego empezó a abrir las ventanas, yo me quité la camisa de botones gris que decía Enviaseo, me quedé con mi básica blanca, quité la gorra de mi cabeza, solté mi cabello y me dispuse a contemplar el paisaje.

Inhalé fuerte sintiendo como el aire hacía el recorrido desde mi nariz hasta mis pulmones, sintiendo libertad al haber salido de allí. Me sentía cansada y exhausta, solo pensaba en llegar a casa y darme una ducha de dos horas.

Pero esto que yo estaba haciendo no era nada, había personas que lo hacían todos los días de su vida con una sonrisa en su rostro siempre. Personas que limpian su ciudad sin ningún problema, siendo más conscientes de lo que consumen y tiran a la basura.

Ahora no puedo ver un carro de la basura sin pensar en todo el proceso que tiene, no puedo tirar basura en la caneca de mi casa sin pensar en si sí es un desecho orgánico o no.

Ser recolector de basura, siendo mujer, en una tripulación llena de hombres por un día me enseñó a ser más consciente y humana. Pienso que todos deberían vivir la experiencia de ver el relleno sanitario o recoger basuras: no es fácil y entenderíamos que nos estamos ahogando con nuestros desechos y en este consumo excesivo.


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