En cuarentena, la guaracha todavía suena
Martes 14 de abril, Medellín
Miré el reloj que marcaba las 4 p. m. y no pude creer que Valentina, la de la cuadra de abajo que pelea todos los días hasta con su propia sombra, estuviera escuchando guaracha a todo volumen. Sí, guaracha a plena luz del día y sí, guaracha en medio de la cuarentena “obligatoria preventiva”.


No sabía qué era peor, si el coronavirus o la guaracha, o si saber que los dos estaban presentes al mismo tiempo hasta en los temas de conversación. Es que la guaracha es eso, pensé, pura omnipresencia y más cuando vives en una de las cunas de dicho género: el barrio Manrique.

Recordé que dos días antes el taque taraque taque a todo taco interrumpió mi sueño justo a las 11:20 p. m., y en lo único que pensé esta vez fue en descubrir el nombre de la canción –nunca antes había intentado de tantas maneras buscar una canción en la web– la cual media hora más tarde supe que se llamaba Suéltala, aunque no supe quién era el Dj, solo gritaban “suéltala” cada tanto tiempo, marcado por un saxofón.

–No fui capaz de dormir, ¡qué rabia! –le dijo Andrea, mi hermana mayor, a mi mamá cuando se levantó.
–¿Por qué?, ¿qué pasó? –preguntó mi madre mientras preparaba el desayuno.
–Esa gente de la calle de abajo brincó toda la berraca noche, estaban poniendo de esa electrónica toda maluca –respondió Andrea.
–Ay mija, esa gente ni en cuarentena aprende –contestó mi mamá mientras se reía porque ella sí había podido dormir.
–Si vuelve a pasar hoy, en serio llamo a la Policía. En esas cosas es que se puede concentrar el virus, amá –dijo mi hermana mientras hacía mala cara–.
¿Vos no escuchaste nada? –me preguntó.
–Pues suave, solo al principio, pero igual me quedé dormida –le respondí.
–Esta parece una marmota –instó ella.
–¡No!, solo que me acostumbré con los muchachos que vivieron hace un tiempo al lado –contesté mientras doblaba todas las piyamas que habíamos usado en cuarentena.
–¿Los que fumaban toda la noche marihuana?, ¡qué berracos! –preguntó mi mamá, molesta de recordar esa escena.

Hice memoria de mi primer semestre en la universidad: casi por seis meses cualquier día de la semana iniciaba una fiesta donde solo ponían guaracha en el segundo piso al lado de mi casa a la media noche. Siempre estaba terminando la guachafita cuando salía para clase de 6:00 a.m. De la residencia salían muchachas de mi edad borrachas, en shorts y top, y sin saber dónde estaban o con quién se habían metido.
"No sabía qué era peor, si el coronavirus o la guaracha, o si saber que los dos estaban presentes al mismo tiempo hasta en los temas de conversación"
Tres a uno
“Este va a ser el año de todos”, fue el mensaje que más leí en todas las redes sociales a principios de 2020. Como si hubiésemos pasado tan mal el resto de vida y el señor tiempo nos debiera alguna clase de favor o algo parecido. No obstante, tales palabras bastaron para resumir el virus que no distinguiría de raza, color, posición social o estratificación, el virus de todos.

Al inicio de estos 365 días, el famoso coronavirus tomó la fuerza suficiente para hablar de él, aunque solo de cómo afectaba algunos países asiáticos como China. Pero, ¿alguien imaginó que sería un evento que paralizaría el mundo hasta hacer que nos olvidáramos incluso de la Ñeñepolítica en Colombia? Según el Instituto Nacional de Salud, el 6 de marzo se descubrió el primer infectado en el país y de ahí en adelante el crecimiento ha sido exponencial, logrando paralizar, con el inicio de la cuarentena el 25 de marzo, a un país que solo piensa en “trabajar, trabajar y trabajar.”

A nuestra Colombia retrograda le tocó mudarse a lo digital de un solo tirón. Las aulas se transformaron en salas virtuales, las compras en familia en transacciones y movimientos a través de un smartphone, los conciertos y obras de arte en lives en YouTube e, incluso, las fiestas que antes duraban horas se trasladaron a aplicaciones que permiten interactuar entre personas mientras escuchan la misma música y, quizás, beben un poco de alcohol en cada una de sus casas.

Las decisiones de todos los gobernantes no tardaron en llegar a cada uno de nosotros como un bombardeo de información de la que no supimos qué elegir. Las clases online se convirtieron en el pan de cada mañana.
El antídoto contra el virus
En Manrique, mi barrio, parece que solo hubiese llegado la mitad de las medidas: una que otra fiesta no faltó, las reuniones familiares al frente de mi casa no se suspendieron, incluso las partidas de parqués se extendieron hasta las 3 de la mañana, y el volumen del equipo de Yesid, otro vecino, pareció intensificarse.

En mi casa los canales nacionales permanecen todo el día encendidos, mientras todos tratamos de escaparnos a través de nuestros teléfonos móviles en los que recibimos más información de la necesaria. Somos 3 contra 1, mi papá iba a la tienda todos los días como si de la realidad que vienen hablando todos los medios fuese muy lejana:

–¿Pa´ y si compras todo lo que necesitamos para la semana de una vez? –le pregunté cuando apenas llevábamos una semana de aislamiento.
–Sí mija, igual es la tienda de allí –mintió, pues al otro día también saldría–. Ahí me mandaron al WhatsApp de la empresa que si uno tomaba limón con bicarbonato mataba el virus.
Molesta y a la vez con risa por lo que me dijo, le contesté:
–¡Ah no, papi!, siendo así entonces ¿para qué están buscándole vacuna a eso? –a lo que se quedó callado.
Sin entender
"Antes no se abusaba del poder que se tenía en manos, cerdos es en lo que se han convertido"
Las discusiones continuaron así por el resto de la cuarentena. “Es cosa del encierro”, pensé, y por ello mi mamá decidió mandarme al centro comercial Almacentro a reclamarle una medicina sin la que no puede estar.

Justo a las 10:45 a. m. salí de mi casa. El bus alimentador no debía tardar más de 10 minutos, aunque tomó 25 en realidad. No me senté en la banca de espera ni un solo segundo, no llevaba tapabocas, pero todos a mi alrededor sí, incluso el conductor, que me recibió con un “buenos días, señorita” al ingresar al esta vez pequeño y diferente bus.

Solo pensaba en echarme gel antibacterial cada que tocara algo. Reclamé unas galletas donde mi tía que a través de la ventana me gritó “chao, Manu”. En la estación del Metroplus me recibió la Policía Nacional, me pidieron la orden del doctor y la cédula de mi mamá.

Al subir al vehículo traté de no tocar nada ni sentarme, solo me apoyé en una baranda con mi cadera, únicamente dos personas no teníamos tapabocas allí.

Alguien habló por celular sobre un negocio de papas que estaba comenzando y al cual le iba a sacar mucho provecho. Sentí varias sirenas con más eco que nunca. En la avenida la Playa vi mucha gente y pensé en que seguro la mayoría no tenía una razón válida para estar por fuera.

Luego, en la parada del parque San Antonio vi una larga fila de mujeres que al parecer reclamaban una de las ayudas que daría el gobierno y cuando se abrieron las puertas escuché un “¡oigan a esta piroba hijueputa, cómo se va a meter!”, mientras otras mujeres discutían sobre la misma situación y una chica morena salía llorando.

Comencé a anotar en mi celular todo lo que había pasado, quería consignar todo en el diario de cuarentena que había empezado una semana antes. Sin embargo, a medida que tecleaba comencé a llorar porque me sentía impotente, porque no sabía en qué momento todo había acabado ahí.

La farmacia tenía varias sillas con hojas de papel donde no te podías sentar. Al salir, casi corriendo transité por la acera que me llevaba al Metroplus, aunque de frente me topé a alguien que llamó mi atención.

–Mami, ya que va para allá, ahí en la cuadra de abajo están repartiendo mera chimba de mercados. Vaya reclame uno que no hay gente pa´ que de pronto no se vaya a contagiar –me dijo un hombre de más o menos 45 años, moreno, calvo y algo desgastado.
–Gracias, señor –le dije mientras seguía caminando. Pensando en que no iba a reclamar nada y que solo quería llegar a mi casa, aunque al otro lado de la calle vi a 5 mujeres hablando sobre los mismos mercados.

Debía comprar varias cosas antes de tomar el alimentador en un supermercado D1, tenía el tapabocas en la mano y ahí mismo que llegué pude entrar junto con un grupo de otras 9 personas.

–Cúbrase, por favor –me ordenó alguien del personal encargado del ingreso señalando mi tapabocas.
–Está bien –respondí un poco asustada con las medidas.
Al salir de allí fui a retirar dinero y mientras hacía la fila para ingresar al cajero llegaron 5 motocicletas de policías con capuchas negras que les servían de tapabocas. Le “tiraron” la moto encima a un señor y todos comenzaron a gritar. Ahí estaban otra vez mis ganas de llorar, pero esta vez recordaba algún trauma con ellos en medio de las protestas sociales.
–¡Estos son muchos los atarbanes! –mencionó una mujer dos puestos detrás de mí.
–Antes no se abusaba del poder que se tenía en manos, cerdos es en lo que se han convertido –respondió un señor de unos 60 años mientras empuñaba la mano.
Quise pensar en otras cosas y justo cuando llegué a mi casa, en medio de una ducha para quitarme todos los posibles microbios que tuviera afuera, sonó muy lejos una guaracha que conocía: “ dame lo que necesito, morenito…”

Pensé en qué tenía de bueno una fiesta de guaracha y qué estaba haciendo la gente sin ellas, mientras simulaba “bailar” esa canción. Solo se me ocurrió enviarle un mensaje a Maria, una amiga del colegio quien me podría explicar cómo era todo, aunque antes me di una pasadita por Soundcloud, el universo musical del zapateo, algo así como un Spotify lleno de puro aleteo.
Fresa o chirri
Hace mucho no hablaba con Maria, así que decidí primero preguntarle cómo estaba:
–Maria, ¿cómo vas? –le escribí.
–Hola Manu, ¿y ese milagro? –respondió a los cinco minutos.
–No, es que te quería preguntar algo de lo que no sé nada, pero yo sé que tú sí entiendes un poco, sobre la guaracha.
–¿Usted?, jajajaja, ¿es en serio? –se burló de mí.
–Sí, yo. Solo cuéntame un poco cómo son las fiestas o qué es lo que llama la atención de este tipo de música porque por mi casa ponen a cada rato y, en serio, no entiendo qué tanto les gusta.
–Ah, Manu, yo dejé de ir a fiestas hace mucho, me aburrí como de ese ambiente, pero Sofia la del colegio te ayuda –me escribió.
Decidí hablar con Sofía, quien accedió a informarme sobre un tema del que no tenía la más remota idea. Lo único que sabía fue de una vez que terminé zapateando con mi primo en la calle 45 por accidente.

–No, pues es muy brutal uno estar en esas fiestas con los amigos, uno escucha a veces muchas canciones que antes no le gustaban y las mezclan con electrónica y uno las disfruta, le generan adrenalina.
–¿Y cualquiera puede escuchar guaracha? –le pregunté.
–Sí, desde el más chirri hasta el más fresa. Al novio de mi mamá le gusta y ese tipo tiene como 40 años –me contestó mientras reía.
–¿Y con esta cuarentena extrañas ir a guarachear? –insistí suponiendo que ella estuviera tan aburrida como yo.
–Sí, mucho. Aunque es un ambiente un poco pesado, uno disfruta. En el caso con mis amiguitos las estamos pasando ¡mal!, pues estábamos acostumbrados a salir cada ocho días y a veces hasta en semana. Uno siente la presión de estar ya en la casa. Aunque todavía hay partes donde hacen fiestas aún en confinamiento, corticas, pero las hacen –me contestó un poco melancólica, supongo que de no ver a sus amigos.
–¿Y no es lo mismo escucharla en la casa? –dije pensando en la cuadra de abajo.
–No, pues en la casa es solo estar ahí, escuchando, mientras en la fiesta uno puede bailar más, meter cosas. Puede que en la casa uno también pueda hacer eso, pero es más lo que uno siente en la fiesta, ¿si me entiendes?
Traté de comprender lo que ella dijo; sin embargo, no pude evitar preocuparme. Aunque ella estaba acatando las medidas tomadas por el gobierno, existían otras personas que no paraban las fiestas y justo en ese momento tampoco paraban los contagiados, un poco más de 2000 en el país (los cuales seguirían sumando), según el Instituto Nacional de Salud y algunos epidemiólogos.

Entré a Instagram y me encontré un video de las Cardachians ¬–dos jóvenes que han imitado, en una versión fresa, ñera y jocosa, escenas de la famosa serie de televisión Las Kardashian– sobre cómo hacer un tapabocas con una tanga.

Recordé que la guaracha es una de las motivaciones de dichos personajes, así que decidí acudir a Brahyan, a quien conocí en una fiesta –no de guaracha–, pues sabía que bailaba todo lo que le pusieran y supuse que, entre ello, una que otra canción de aleteo.
“Yo Brahyan, ya no escucho mucha guaracha”
“Comencé a salir cuando eso llegó y hace unos cuatro años era de esos que salía a todo lado donde se hicieran fiestas. Con decir que salí un año y medio sin parar.

A mí lo que más me llama la atención son las bases rítmicas que el género tiene porque incluso son las mismas bases de los ritmos tropicales. Me doy cuenta de esto porque yo también estuve en una chirimía. Eso es lo que incita a la gente también a bailar mucho.

La euforia colectiva es lo que más me gusta, uno ve a todo el mundo como saliéndose de sus casillas, la guarachita incita a eso, a bailar, a que la gente se mueva, es muy bonita en parte.

Una fiesta puede empezar en la tarde–noche, tipo ocho de la noche y durar hasta la madrugada. Pasa que si la fiesta está buena, se da un receso o si ya está muy buena, se extiende y se hace un tardeo.

Todos los alucinógenos son bienvenidos, aunque la guaracha como tal no incita a las personas a meter nada, son las personas las que llevan marihuana, 2C-B, Popper, LSD, perico, éxtasis y el alcohol, obviamente, en especial los tropical, una especie de cocteles.

Por lo general se hacen estas parties de forma clandestina porque acuden muchos menores de edad, aunque estas sean creadas por personas mayores y además se ve mucho cómo se comercializan las drogas: muy pocas personas son las que están en sano juicio.

Además, están las fiestas de guaracha en fincas, pero esas son casi siempre con algún motivo como cumpleaños. Aunque ya la mayoría de las fiestas se han mudado a estas zonas, ya que allá sí se puede hacer de todo y no se tienen que improvisar las carpas ni nada.

Yo dejé de escucharla porque ya me gustan otras cosas pero, sobre todo, porque la gente lo tacha a uno mucho. Si digamos yo digo que escucho guaracha, me van a ver como uy este es un ñero, una nea, mínimo debe meter perico y eso no me gusta.

En esta cuarentena esa gente debe estar muy inquieta, aunque no creo que los esté afectando de una manera tan fuerte porque pueden escuchar, aunque sea en la casa. Obvio no pueden hacer lo mismo, no es la misma euforia.

A mí me parece muy bien también que estén haciendo las fiestas en línea, los en vivos en Facebook y así están respetando el aislamiento y eso es lo importante, que estén seguros en la casa”.
Aún no encuentro en la Biblia el pelo que debo hervir para que no me dé coronavirus, según dijo una joven en una red social. Valentina, la de la calle de abajo, sigue discutiendo porque no puede salir, todavía pone guaracha y confieso que ya la veo de otra manera o al menos me acostumbré.

Ya me quedé dormida en una de las clases virtuales y llegué tarde a otra, ya lloré escuchando la voz de un amigo y empecé a hacer ejercicio en casa, lo que nunca imaginé. No obstante, pienso en las redes sociales en enero llenas de “2020 sorpréndenos” y desearía, en este momento, que la sorpresa no fuera tan en serio.

Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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