“Él me devolvió la vida”: receptor de órgano
La donación de órganos es muy baja en Colombia: apenas lo hacen 8 o 9 personas por cada 1.000 habitantes, según el Ministerio de Salud. En contraste, la lista de quienes los necesitan para un trasplante es muy larga.

Postrado en el piso, sobre la avenida de Las Américas con calle 71 (en Bogotá), terminó Silverio Rojas, paciente renal de 63 años, mientras esperaba un bus. Acababa de salir de una de las primeras sesiones de hemodiálisis, un proceso médico para eliminar sustancias tóxicas en la sangre que no pueden ser evacuadas por la orina debido a problemas avanzados en los riñones.

En el procedimiento hubo un error: la persona encargada no calibró bien la máquina que sustrae la sangre para limpiarla y le sacaron más de la indicada. Se deshidrató.

En ese momento estaba con su esposa. “Ella se asustó, no sabía qué hacer. Se desesperó. Fue a buscar ayuda en el centro médico donde me habían hecho la diálisis, pues estábamos cerca, y le dijeron que no me podían atender, que no había doctores”, asegura Silverio.

Eran más o menos las 10:15 de la mañana de un lunes de junio de 2014 y a su alrededor había varias personas que solo fueron espectadoras del drama que él vivía. “Nadie se acercó, nadie dijo nada. Me miraban. Me dolió esa indiferencia”, continúa.

Silverio no solo veía lo que ocurría en su entorno, también se observaba. Sentía que había perdido la fuerza, que se le acababa todo y que se desvanecía. De hecho, pensó: “Hasta aquí llegué”.

No obstante, tras instantes de desesperanza, su compañera de vida le dio unas cuentas gotas de agua, no podía tomar mucho líquido por su misma condición, y se levantó. Ese episodio, que duró menos de un cuarto de hora, se repitió, unas veces con menos intensidad, por cerca de seis meses, ya que uno de sus riñones no funcionaba y el otro lo hacía al 25% de la capacidad normal, una consecuencia de la enfermedad renal crónica que padecía.

Por fortuna, “contaba con el apoyo de mi familia y de mis jefes y compañeros de trabajo, que nunca me juzgaron ni me pusieron problema cuando no podía ir a trabajar porque había salido muy mal de la diálisis”, afirma Rojas.
1.903 habitantes de Bogotá están a la espera de recibir un órgano para un trasplante.
Esperar: lo único que queda
“Yo era un paciente terminal. Lo sabía y lo aceptaba, por eso decidí inscribirme en la lista de espera”, manifiesta Silverio. Para esto también debió esperar, al menos, un mes. Durante ese tiempo le hicieron varios exámenes: “Eran una gran cantidad, unos de sangre, unas ecografías, unos rayos X. Ya ni recuerdo la cifra exacta”.

Luego de ser incluido en la lista de espera para recibir un órgano, en la que actualmente hay 1.903 habitantes de la capital, según la Secretaría Distrital de Salud; empezó en forma la espera. Su esperanza se materializaba todos los días cumpliendo su rutina, asistiendo a las sesiones de diálisis y, si le quedaba fuerza, iba después a su trabajo donde se desempeñaba como técnico informático.

La situación de Silverio hoy día la padecen 1.767 personas en Bogotá que esperan un trasplante de riñón, el órgano más requerido. Luego, en el orden de solicitud, se encuentran el hígado (111), los pulmones (27) y el corazón (6). A estos se les suman las córneas, los únicos tejidos que ahora tienen solicitantes (647).

“En todo este proceso uno se vuelvo un experto. Yo con el tiempo aprendí cuánta sangre, en promedio me debían sacar para limpiarla. Recuerdo que antes de la diálisis me pesaban y después también para conocer el peso seco, que es cuando no hay agua en el cuerpo. Fueron momentos de paciencia y sufrimiento silencioso porque en mi familia preferimos mantener reserva con este asunto para no preocupar a nadie”, añade Rojas.
Volver a vivir
“En mi familia el tema de que mi tío estaba enfermo era como una especie de secreto, solo lo sabían sus hermanos, hasta que un día mi mamá rompió en llanto y me contó. Me dijo: ‘Tu tío está en diálisis, no le funcionan los riñones y está esperando un donante’.

Me dolió la noticia, a todos en realidad, y no sabíamos qué hacer”, cuenta Ricardo Rojas, sobrino de Silverio.

Pese a que la noticia no era una novedad porque notaron cambios abruptos en el físico de su tío, Ricardo no dejó de sorprenderse. Lo mismo les sucedió a sus primos, que se enteraron casi al mismo instante que él. Ante eso, como de manera instintiva, empezaron a buscar formas de encontrar un donante de riñón.

La tarea parecía imposible, ya que “en Colombia y en el mundo hay muchos mitos sobre la donación de órganos. Una vez una vecina nos dijo que si alguien donaba no iba a vivir más de cinco años y que una persona con un riñón no podía vivir bien.

Además, escuchábamos comentarios como: ‘Ay, su tío ya está muy adulto, para qué van a hacer eso’, y otros que hacían referencia a que la donación era una acción perjudicial”, asegura Ricardo.
La Ley 1805 de 2016 estableció que todos los colombianos somos posibles donantes de órganos y tejidos.
Baja cultura de donación
No obstante, pese a lo que escuchaban, iniciaron la búsqueda de un posible donante y, a su vez, jornadas informales de sensibilización, conversaban con las personas para clarificar dudas sobre este acto que, según el Instituto Nacional de Salud, es desinteresado y altruista.

Cabe resaltar que, de acuerdo con la Ley 1805 de 2016, todos los colombianos somos posibles donantes de órganos y tejidos. Sin embargo, todas las personas no son aptas para hacerlo porque no tienen las condiciones de salud necesarias para ser donante vivo o por el fallecimiento, ya que para ser donante cadavérico debió haber muerte encefálica y no solo parada cardiaca.

Además, la baja tasa de donación, que en el país es de 8 a 9 personas por cada 1.000 habitantes, en promedio, según el Ministerio de Salud, y las largas listas de espera también son producto de algunas creencias religiosas que se oponen a la extracción de órganos, la falta de información de las familias, que en muchas ocasiones se niegan al rescate de órganos, y la formación de profesionales especializados en esta materia.

Por esto último, el Distrito y la Universidad Antonio Nariño ofrecieron el año pasado a 300 profesionales de la salud capacitaciones gratuitas en rescate y trasplante de órganos con talleres de simulación médica.

Cuando ya casi la esperanza de la familia Rojas se estaba agotando, pues se sentían presionados por el estado de salud de Silverio, resolvieron hacerse las pruebas para mirar si entre ellos estaba el donante que le salvaría la vida al tío.
Casi un milagro
“Desarrollamos y fortalecimos la paciencia. Para que nosotros nos hiciéramos los exámenes también tuvimos que esperar, debido a que eran muy específicos para descartar errores y para que el procedimiento saliera bien.

Así transcurrió un mes y cada vez que uno de nosotros salía como negativo para donante nos sentíamos… no lo puedo describir”, relata Ricardo.

Entonces, entre voluntades y desaciertos, una persona resultó compatible con Silverio: Ricardo, su sobrino de 35 años. “Cuando me dijeron que tenía un donante no lo podía creer, sentí que recibí un milagro.

Apenas nos dijeron la noticia nos hicieron exámenes y a él le brindaron acompañamiento psicológico y psiquiátrico para que el dar una parte de su cuerpo no resultara traumático. Apenas terminamos todo eso, que tardó dos meses, me hicieron el trasplante.

Mi sobrino me devolvió la vida, para él donar no fue una decisión difícil”. Aunque parezca increíble, Silverio y Ricardo cuentan que la recuperación fue igual de rápida como el procedimiento, que se los realizaron a las 6:00 de la mañana del 5 diciembre 2015.

Lo recuerdan con exactitud, pues la donación de un riñón cambió el rumbo de los Rojas.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó entre sonrisas Ricardo a un niño que estaba en la sala de espera del lugar donde le hacían las diálisis a su tío.
—Bien, bien —contestó el niño de cinco años con un poco de desaliento.
—Nosotros venimos del Caquetá… Nació sin los riñones y estamos esperando donantes —agregó la mamá del menor.

Ese cruce de palabras los encausó. Hoy ambos se dedican a hacer campañas para desmitificar creencias sobre la donación de órganos y tejidos y así incentivarla. Ricardo no tuvo complicaciones durante el proceso; de hecho, cuenta que ha tenido una vida normal y que en su cuerpo no ha sentido ninguna complicación ni transformación que sea más relevante que la cicatriz, solo debe hacerse unos chequeos anuales.

Silverio, por su parte, toma medicamentos, dos en ayunas, y asiste a unos controles médicos para confirmar que todo esté en orden. Por ahora, todo está en orden.

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