El lector es un voyeur

Texto por Natasha Guerra Vallejo

Ilustración por Jossi Barbosa

Él también podría haberme
recordado que yo ahora
era cómplice de cualquier
delito que él hubiera cometido

– Gay Talese

Hay algo de la palabra sexo que nos hace querer mirar un poco más, que activa en nosotros el interruptor del tabú, de la malicia y el deseo. Una luz se enciende cuando leemos la palabra asesinato, crimen, delito o secreto. La curiosidad nos envuelve y pareciera que hay poco que podemos hacer para evitarlo; debemos saber, ¿qué pasó? ¿quién murió? ¿sexo?  Todo esto en un intento por responder a las dudas se surgen en la habitación más oscura y prohibida de la mente del prójimo.

Gay Talese siempre se consideró “ordinario” y nunca paró de recalcar a lo largo de su carrera periodística las sorprendentes historias que ocultaban los barrios más desamparados, los trabajadores más comunes, las familias en miseria y los moteles en alguna carretera de Colorado. El Manor House Motel había llegado al radar de  Talese a principios de 1980 por medio de una carta de su propietario, Gerald Foos, que confesaba sin escrúpulos sus actividades de voyeur a través de un sistema de rejillas meticulosamente instaladas por él mismo y por su esposa. El autor invita  a sus lectores a “husmear” los  diarios de Foos, a convertirse en observador, crítico y detective de un asesinato. Y fue esto lo que constituyó en mí un gran atractivo.

Talese, en su libro El Motel del voyeur (Alfaguara 2017), pone preguntas en el relato como migas de pan en el camino. En cada capítulo hay una nueva duda, una nueva pareja dentro de la habitación y con ellos, más  revelaciones, peleas y miedos.

El autor va más allá del momento: destaca sueños, fantasías de la infancia, se remonta a los más oscuros deseos del  voyeur y es esto lo que le lleva a hacer descubrimientos por encima de lo evidente. Fue la necesidad periodística de Talese de confirmar los hechos, las fuentes, de buscar coherencia en el relato, lo que lo limitó a publicar su obra hasta el 2016, treinta y seis años después de su primer contacto con Foos.

Su prosa es verdaderamente —bajo mi concepto— impecable. Desde las escenas de sexo se observa la minuciosidad en la elección de las palabras y esto no se ve descuidado ni en los momentos menos cruciales del relato.

La capacidad del autor para comprender y visibilizar que la historia en sí no era simplemente un relato sexual sino una demostración de los cambios culturales de las últimas décadas del siglo XX, le otorga una importancia que el título no permite deducir; las consecuencias psicológicas de la guerra de Vietnam, los cambios en la independencia sexual femenina, el aumento entre los coitos homosexuales e interraciales, los fetiches. Parecía que las revoluciones culturales del mundo se incubaban dentro de la habitación. 

Asimismo, el suspenso y la indecisión que el autor exponía en las reflexiones descritas de sus encuentros con Foos, se transmiten efectivamente, aumentando el disfrute a través de sus páginas. Los lugares dramáticos y las transformaciones que se narran de ellos a través de los años, le otorgan al lector una cierta capacidad de opinión sobre los personajes como Foos e incluso sobre el mismo lector, que —como sucedió en mi caso— empieza a identificar que es un voyeur, que cada vez quiere ver más relatos pasionales, que tiene preferencias en la escena, en el físico de los implicados, que quiere más; un auténtico voyeur.

El nivel de detalle, investigación, profundidad en los personajes, lugares e historias del relato hacen que este reportaje sea cautivador, envolvente y fascinante. Este es un reportaje muy recomendado para quienes admiran las historias de personajes del común, con trasfondos impredecibles y gustos peculiares.

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