La culpa es del hambre

Texto por Natalia Penagos.

Ilustración por Laura Restrepo C.

 

—Pasar hambre es de esas cosas difíciles de explicar ante un acaudalado. Normalmente, cuando expreso ante ellos el sentimiento de mis entrañas: no lo comprenden. Se ríen, aunque no sé qué es lo gracioso de acostarse con el estómago vacío.

—¿Pide usted dinero en las calles? —respondió el guardia—. ¿Por qué robó?

—No, señor, yo trabajo honradamente en la maderería de la quinta con San Juan.

—Siendo así, ¿por qué no utiliza su sueldo para alimentarse?

Déjeme decirle que tiene usted una gran pregunta. Pues verá, fui abandonado a la semana de nacer y el orfanato no podía darme los estudios necesarios para ser alguien distinguido. Además, aún soy menor de edad, por lo que mis esfuerzos no son recompensados en gran medida.

¿Cuánto gana usted?

Unos tres céntimos, si es un buen día.

Pero no comprendo, ¿qué tiene que ver todo esto con que usted, joven Robinson, haya entrado ilegalmente a la casa de los Hamilton?

 Pues bien, señor guardia. Como ya le conté, mi vida es un poco precaria. La semana pasada recortaron los sueldos en la maderería, por lo que esta semana solo he comido dos veces. Me encontraba entonces sentado en la plaza en busca de una oportunidad laboral. El señor Hamilton pasó frente a mí, me miró con miseria cuando le pregunté si tenía alguna vacante disponible que yo pudiera llenar. “Yo no le pago a mendigos”, fue su dura respuesta. Un poco decepcionado por su falta de cortesía, observé sus pasos. Su esposa se unió a él más adelante, lo tomó del brazo y se pasearon juntos por la plaza como si fueran los dueños del lugar. Lo son, pero me molesta la superioridad que emanan. ¿No se ha sentido usted igual, señor guardia?

No lo he hecho. 

Sin darme cuenta los empecé a seguir, me encontraba solo unos metros detrás de ellos, sentía que esa aura que antes mencioné me atraía. Los seguí por un tiempo hasta que se distanciaron de la plaza. Dos calles más abajo los recogió un fino carruaje, por suerte (o no) para mí, su trayecto no era muy largo y el paso fino del caballo tampoco era muy rápido. Se detuvieron frente a un gran edificio que parecía ser de su propiedad. Lo rodeé divagando en busca de algo qué hacer. Mi viaje hasta allí había sido sin sentido. Me adentré en un callejón lateral y escuché la voz del señor Hamilton.

En el fondo había una ventana que daba directamente a la cocina del domicilio. Me acerqué un poco para ver si aún el señor se encontraba allí, para mi sorpresa, estaba vacía. Miré de corrido por el espacio, era todo lo que imaginaba de una cocina de familia adinerada. Y luego, como si estuvieran respondiendo a los quejidos de mis tripas, unos rojos y redondos tomates sobresalieron en la imagen. Por un tiempo no hice más que observarlos, pero mi estómago no paraba de rugir. Los señores acababan de salir, y seguramente no se darían cuenta si les faltaba un solo tomate. Con cuidado entré por la ventana y me acerqué, lo tomé y cerré mis párpados para saborearlo a gusto, pero cuando ya se encontraba dentro de mi boca, el señor Hamilton me pegó un gran susto. “Ratero”, escuché cuando ya me hallaba saltando por la ventana, pero no sabía que ustedes estaban al otro lado del callejón. Y así, señor guardia, llegué hasta aquí.

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