Cuarentena en total aislamiento
Sin contacto físico, sin conversaciones físicas, sin ver a personas físicas. En total aislamiento… así estoy viviendo mi cuarentena en Medellín, en mi casa, un apartaestudio que quizá es más pequeño que la sala de su casa.

Llevo cerca de cuatro días sin salir de mis cuatro paredes y todo el tiempo veo lo mismo: una nevera apartamentera, una cama, un escritorio pequeño, una pila de libros en unas repisas que en cualquier momento podrían caerse, un baño de paredes de vidrio y, si me pongo de pie, observo mi estufa de dos puestos.

Vivo sola. Sola con mi soledad y con esperanza, que me visita en las mañanas y se marcha a las 10:07 de la noche, cuando creo que por alguna razón me dará covid-19 y moriré.

Esa desesperanza me duerme, es mi compañera mientras converso con mi novio por celular, mientras nos despedimos con la fe de que hablemos al día siguiente sin noticias fatales, pues llegó del exterior hace menos de 14 días.

Esa desesperanza es producto de lo que llamo “posdepresión”, es decir, vivir después de haber superado un trastorno depresivo que habitó en mi cuerpo hace tres meses. Hace nada.
“Le hablo a mis plantas y agradezco que soy capaz de cuidar otra vida que no es la mía”.
Antídotos contra la soledad
Sin embargo, en las mañanas, cuando me visita esperanza, agradezco estar viva y aún más, el estar sola. Así disminuyo el riesgo fácil de contagiarme. Soy asmática.

También agradezco tener un techo y comida, tener familia y amigos que al saber que vivo sola en la ciudad de la pseudo Eterna Primavera me escriben, me saludan, se preocupan por mí, por mi colon y por mi salud mental.

“Bn día hija.. cm vas con el colon?? Estrés…?? Ansiedad???.. td normal ….. (sic)”, me escribió, resumidamente, mi papá esta mañana. Su mensaje no es tan diferente al de mi mamá por llamada y ni al de mis amigos por WhatsApp.

Del mismo modo, agradezco que el primer caso que se registró en el país del nuevo coronavirus fue el día justo después de mi cumpleaños, que para mí es el día más importante del año (siempre y cuando no haya elecciones, por ejemplo; el día más importante de mi calendario del 2019 fue el 27 de octubre).

Y le hablo a mis plantas, las riego con piropos y agua y agradezco que soy capaz de cuidar otra vida que no es la mía.
Cuando pase la noche…
No obstante, en las noches, justo después de colgar la última llamada que tendré en el día, pienso en lo oscuro. Entonces, paradójicamente, descanso pensando en que de algo nos tendremos que morir. Toda muerte tiene una causa. Y respiro, respiro como me han enseñado en las clases de yoga.

Respiro y suspiro, consciente y profundamente, cuando recuerdo que en tres meses sería (o será) mi grado de profesional, el momento que más esperaba. Seguidamente recuerdo la pandemia y pienso:

“Esa ceremonia está como embolata. La veo difícil”. Se lo comento a A, mi novio, y me dice: “Apenas estamos en marzo. Ocupémonos de eso ahora”.

Y me digo en un juego de palabras, y en un juego que desdibuja la línea del tiempo y de la conciencia que tenemos de este: “Un día a la vez. Definitivamente, nunca he pensado qué pasará mañana, que es más incierto ahora. Mañana es simplemente cuando pase la noche”.
Este contenido hace parte del especial Diario de la pandemia

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