“Ve con Dios, jovencita”

Texto por María José Gaviria

Ilustración por Laura Restrepo 

 

Lloré de la inmensa emoción, sentía que mi corazón latía más fuerte, me pareció increíble la ausencia de amor que había sentido hasta antes de ese instante en el que el Papa tomó el micrófono y exclamó: “¿Cómo está la juventud del mundo?”

¿Quién es Dios? No sé y tal vez no lo vaya a saber, por lo menos no en esta vida, ni mucho menos pretendo analizarlo en esta crónica. Sin embargo, estoy segura de que este ser, persona, mito, creencia u hombre se ve reflejado en mi día a día, ¿cómo? De cualquier manera; sea en alguien, algo o simplemente en nada; sea en el viento, sea en mi mamá, sea en el hombre que me dejo pasar la calle o en el árbol que me dio paz. 

Más allá de saber que soy católica, que ocasionalmente voy a la iglesia, que todos los días recitó el Padre nuestro antes de dormir o que al pasar por una iglesia me persigno, nunca me había cuestionado sobre el verdadero significado de ser creyente. Por lo menos no hasta julio de 2016, cuando emprendí un viaje a Polonia, lugar que nunca contemplé en mis sueños aventureros y al que arribé, sobre todo, por capricho de mi mamá. Lugar que también me cambió la vida. 

Abajo en la izquierda, en orden Manuela, María Antonia y Alejandra. En el centro con la bandera de Colombia María José y un grupo de colombianos en la Vigilia Pascual

No sabía qué era la Jornada Mundial Juvenil hasta dos meses antes de tomar aquel avión, casi al otro lado de mi mundo, con un único propósito: “encontrar mi fe”, según mi mamá. No pensé que en la corta vida que tenía en aquel momento, y que aún conservo, pudiera no solo estar en camino a ver al Papa Francisco, sino en camino a que él mismo me enseñara sobre el amor. Un viaje, por supuesto, demasiado significativo como para emprenderlo sola; me fui con mi hermana, María Antonia, mi prima, Alejandra, mi mejor amiga, Manuela y como es de suponer, con mi mamá, Ingrid. 

El 12 de julio tomé varios vuelos: uno desde Medellín hasta Bogotá, otro de Bogotá a Ámsterdam y finalmente, uno de Ámsterdam a Roma, desde donde debía empezar mi peregrinación en la Ciudad del Vaticano, la ciudad de Dios en la tierra. A las 2:00 de la mañana caminamos por las calles del Vaticano, olorosas a orines y comida podrida, buscando desesperadamente la vivienda de las monjas que nos recibirían como huéspedes por una semana. 

“Buonasera”, exclamó una voz femenina en un tono quizás demasiado fuerte para ser una persona entregada a Dios, al ver que nos paramos frente a la puerta de vidrio a tocar una campana cuando todas dormían: típica colombianada. Nos abrió la puerta y como pudimos le explicamos quiénes éramos, nos indicó dónde estaba nuestra habitación; una para las cinco, con camas pequeñas, un baño sin ducha, casi inútil, pero eso sí, una gran vista hacia la ventana por la que el Papa asoma su tierna cabeza blanca para recitar el famoso Ángelus, los domingos al medio día.  

A las 6:00 de la mañana nos levantamos y como quien dijo “¡a lo qué vinimos!”, tomamos un pan del buffet, el cual solo ofrecía pan, mantequilla, manzana roja y agua de la llave. Cruzamos la calle y llegamos a la majestuosidad arquitectónica más importante para los católicos: la plaza de San Pedro y su Basílica; sin duda el lugar más impotente que he visitado, no solo por sus pinturas y detalles, sino por su energía peculiar, capaz de erizar la piel de quienes sus corredores pasean.

María José con algunos suvenires y su camisa autóctona

Allí me confesé, después de más de cinco años de no hacerlo, con un sacerdote que supuestamente hablaba español; y en sentimiento completamente extraño y ajeno de no revelarle mis pecados al padre del colegio que me vio creer, me sentía infiel y a la vez tenía pánico, pues la presión del lugar y su aura santa me tenían atormentada.  Por varios minutos, aquel clérigo de la fila “espanol” me reprendió, en lo que creo fue italiano y finalmente me dijo, ahora sí con un castellano perfecto: “Ve con Dios, jovencita”. Y así me fui, no sé si con él o sin él, pero a buscarlo en los próximos 20 días que me esperaban en mi peregrinación por Europa. 

En Roma, sinceramente nada más fue trascendental; comimos pizza, mucha pizza, caminamos hasta el cansancio, visitamos museos, iglesias y hasta las tumbas subterráneas de la ciudad, experiencia para nada grata. En cuanto a las monjas, fue poco el contacto que tuvimos con ellas, salvo por una vez que nos pidieron silencio cuando charlábamos en nuestro cuarto sobre haber visto una sombra rara y pensar que se trataba de un espanto propio del lugar.

Todo el recorrido lo hicimos en bus, con el mismo conductor siempre: un hombre español, demasiado simpático y quien nos vendía agua helada a un euro cada vez que abordábamos el  bus. Son muchos los lugares, pues de Roma empezamos a subir haciendo pequeñas paradas en algunos pueblos, hasta llegar a la frontera con Eslovenia, un lugar de cuento de hadas; luego a Hungría, a Austria, a la Republica Checa y finalmente al destino esperado: Cracovia, en Polonia. Visitamos lugares que antes de ver son imposibles de percibir, impotentes, en su mayoría iglesias, templos, casas de personajes significativos para la historia del cristianismo y sacrilegios también. 

Llegamos a Cracovia y la multitud era impresionante. Miles de jóvenes en las calles cantando, bailando y gritando con camisas de sus países: España, Estados Unidos, Portugal, Dinamarca y hasta China, entre otros. Las calles estaban inundadas de un ambiente que nunca presencié y que no sabía tampoco a qué se debía hasta llegar allí: era la felicidad de la comunidad católica, la felicidad de que el Papa vendría a nuestro encuentro y cosas mágicas estaban por suceder. 

Nos hospedamos en la casa de una familia armenio-polaca, ninguno de sus integrantes hablaba inglés y mucho menos español, pero nos comunicamos mediante el lenguaje de “la solidaridad y la hospitalidad”, como cuenta mi mamá. Adecuaron un solo piso de su casa para nosotras cinco, nos facilitaron un baño con excelente ducha y jabones de muchas esencias. Por las noches nos dejaban una mesa repleta de comida y termos con agua al lado de cada cama. Nos despertaban en las mañanas y gozaban con nuestras risas baratas. Fueron realmente especiales, sobre todo María, la mamá, quien todavía me felicita en mi cumpleaños vía Facebook con un cálido mensaje mal traducido, pero bien sentido. 

Faltaban tres días para que llegara el Papa, pero todos parecíamos en una búsqueda del tesoro por la ciudad y los pueblos cercanos; visitamos los lugares más turísticos y los más religiosos también. Recuerdo particularmente nuestra visita al campo de concentración Nazi de Auschwitz, lugar espeluznante, tétrico y sentimental en el que me bastó solo el recorrido de una hectárea para llorar y expresar mi deseo de huir de allí. Elevamos un Padre nuestro por aquellas víctimas de la humanidad y volvimos a la dicha de las calles y los festivales que la ciudad nos proporcionaba. 

Así pasaron los días, hasta que por fin había llegado el día que le daría más sentido a toda la peregrinación: la llegada del Papa Francisco a Cracovia; el ambiente era más entusiasta que un partido de cualquier selección de fútbol, era literalmente la representación más pura y fidedigna de la alegría. Encontramos un pequeño espacio en aquella enorme manga, al lado de unos mexicanos con quienes todavía conversamos de vez en cuando. Comenzó el enorme resonar de las voces que gritaban: “¡Papa Francesco!¡Papa Francesco! ¡Papa Francesco!”, mientras entraba aquel hombre que irradia paz y amor con su caravana de escolta y su atuendo para aquel día, blanco con rojo.

Lloré de la inmensa emoción, sentía que mi corazón latía más fuerte, me pareció increíble la ausencia de amor que había sentido hasta antes de ese instante en el que el Papa tomó el micrófono y exclamó: “¿Cómo está la juventud del mundo?”; en ese momento supe que mi vida sería una antes y otra después de aquel momento.

Al día siguiente, caminamos más de tres horas seguidas para llegar al lugar designado para la Vigilia, una acampada nocturna con el ser humano más importante de la iglesia católica, guía para muchos y fuente de admiración para todos los católicos. Llegamos a aquel campo abierto con nuestros morrales llenos de comida, busos, cobijas y hasta colchones inflables para vivir aquella velada con toda la disposición. Había quienes le cantaban a Dios, quienes retrataban en su diario aquel momento o quienes pedían suvenires a los de otros países. 

La noche era perfecta, con el cielo despejado y la serenidad del viento, en medio de cuerpos arrodillados. Al frente del escenario, el Papa encendió la primera vela que iluminaría los corazones de todos los allí presentes. Con fuertes plegarias de aquel ser humano, se paralizó el mundo entero, representado en todos aquellos jóvenes que, como si fuese un dominó, encendieron las velas y elevaron plegarias al cielo, en todos los idiomas y todos los cantos, por un mundo mejor, por una juventud guiada por Dios, por una juventud que predique el amor y no la guerra. Por la juventud que necesitamos y lastimosamente aún no tenemos. 

 

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