Que siga la fiesta

Pablo Patiño

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores.

La Unión es un pueblo extrañamente modesto. Aun siendo la manzana de adán, el trago obligado, entre La Ceja y Sonsón, dos lugares de gran población y avance económico y político, por alguna razón parece nunca haberse sugestionado —por no decir infectado, ya no es posible— de la velocidad social de sus vecinos. Fue puesta en el mapa por la lamentable celebridad del siniestro del avión que traía al equipo de fútbol brasileño Chapecoense, el 28 de noviembre de 2016. Más allá de algunos deseos iniciales de utilizar esto como impulso económico, La Unión parece ser un pueblo que tiene lo que necesita y está feliz con ello. Sus habitantes comentan, con un tono de preocupación y nostalgia adelantada, sus deseos de que el pueblo no crezca mucho más, con sus poco más de 21 mil habitantes, se preocupan de comenzar a ver muchas caras desconocidas. Y de igual manera, lamentan que otras caras se pierdan, que al salir a la calle, con las ahora despreocupadas precauciones de bioseguridad, extrañen ciertas músicas, ciertos conocidos lugares, ciertos olores y luces.

 

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores. Entre los espacios desiertos se encuentran los que, hasta hace poco, eran testigos nocturnos de pistas de baile repletas, mesas que lloraban lágrimas de licores y saltarines equipos de sonido.

En La Unión hay 10 farmacias, 6 fábricas de arepas, 6 ferreterías, 5 papelerías, 5 asaderos de pollo, 4 hoteles, 4 montallantas, 3 bombas de gasolina y 2 funerarias. Y en medio de estos comercios diversos se zarandean con paso fino 14 bares, cantinas y discotecas. Este último número se ha reducido un poco, dejando desvalidos varios negocios de vieja data en el pueblo, demostrando que el coronavirus es particularmente peligroso para todo lo longevo.

Yo comencé a recorrer las calles de este, mi pueblo, contando locales cerrados, enumerando negocios y haciendo registro de los reemplazos. En cuanto vi que los bares y cantinas que me habían acompañado, por lo menos como paisaje, no solo a mí sino a mis padres y abuelos, ya no estaban, sentí que el pueblo se encontraba más apagado, como si a muchas personas les hubieran apagado la fiesta.

Billares Yoryi

Lo espero, con una libreta de pocas hojas y mi celular preparado para grabar, en una cafetería del parque, una de las que logró continuar. De los bafles que cuelgan en las esquinas del local sale, como un hilo tenue, una canción de salsa que me parece muy triste para aquel ritmo. Le pregunto a cualquier mesero el nombre de la canción: “Que siga la fiesta, de Frankie Ruiz”, me responde. Poco sabía que su letra nos acompañaría tanto durante aquellos tres días de entrevistas.

Él llegó con una bolsa de plástico que contenía 150 mil pesos en monedas, se sentó y al principio no se quitó el tapabocas; yo sí, me era imposible hablar con él puesto. Pude sentir que la irresponsabilidad me etiquetaba pero debía priorizar la claridad de nuestras voces. Al rato él se quitaría el tapabocas también, y me dejaría conocer por fin a un hombre del cual había escuchado mucho, ya que, su negocio era un oasis en el pueblo. Jorge Iván Zuluaga Tobón, nombre irreconocible para la gente, parece que aceptó hace muchos años que su verdadero nombre es Yoryi. Inicio preguntando por la duración de su negocio.

—Lo inauguré el 1 de septiembre del año 2000—me responde.

—Dos décadas exactas, las bodas de porcelana. Me alegra saber que recuerda las fechas con esa exactitud, me hace pensar que viene preparado, como si hubiera estado esperando a alguien para dar rienda suelta a su historia.

Yoryi había comenzado a trabajar muy joven en bares. Cuando le pregunto sobre las características de su negocio responde “sitio familiar y de encuentro Yoryi, eso lo describe a la perfección”. Escucharlo da la impresión de que se viaja en el tiempo y se lo puede ver, 20 años antes, convenciendo a su familia para que le presten dinero para iniciar. —Una buena atención, un buen tinto, suscripciones al periódico, una mesita de billar que vale 8 millones pero podemos dar un poco y seguir pagando— les dijo en su momento. Como me convenció a mí también convenció a sus familiares. Le prestaron el dinero y abrió sus puertas a jóvenes y viejos creando lo más cercano a un club social que el pueblo ha visto.

El deporte, la amistad y la conversa tenían ahora su espacio. Como si fuera un campo que comienza a ver su cosecha, el negocio empezó a llenarse de inventario. Las mesas de billar se multiplicaron, llegó el ajedrez y las mesas de ping-pong. Intentó con un par de videojuegos pero su difícil mantenimiento los hizo desaparecer pronto en aquel escenario, uno que Yoryi defiende con orgullo hasta el día de hoy como un lugar recreativo, evitando por todos los medios aceptar mi calificativo de bar o cantina.

—Todavía puedo recordar la primera vez que vimos el Tour de Francia. O cuando trajimos a Guillermo Gutiérrez, campeón colombiano de billar. Oiga, ese man le hacía todas las maromas que usted encuentra en internet. Y esto se llenó.

Se llenó, y continuó lleno a través de los años hasta que su clientela fue regurgitada de golpe en marzo del 2020. Intentó mantener el negocio con ahorros, convenciendo a sus arrendatarios de rebajar el precio, de ser flexibles, sólo por un tiempo. También los convenció, hasta que le llegaron con la noticia de que no sólo no podían rebajarlo más ni por más tiempo, sino que doblaban el precio, dándole a Yoryi la razón final y contundente para desistir.

El día exacto del cierre no lo recuerda, o no lo quiere recordar con la exactitud de la inauguración. Piensa reabrir en el futuro, si es posible, porque confía en que la gente, la clientela, lo seguirá sin importar mucho el local. Todos los días recibe las mismas preguntas en la calle “¿Cuándo vuelve a abrir?”; aunque lo preocupa el desmedido aumento de los arriendos de locales en el pueblo. No entiende —y yo tampoco— cómo un local cuyo negocio anterior cerró, quebró, ahora puede valer el doble o el triple. Además, argumenta que los domicilios están haciendo entender a la gente que es más barato crear la fiesta en su propia casa.

—Y es que Billares Yoryi inicio en medio de una pandemia, la de la violencia del 2000. A este pueblo se metió la guerrilla dos veces. La primera vez nos escondimos, en la segunda los despedimos con aplausos. Vea, inició con una pandemia y acaba con otra.

“Lo que hace un murciélago” pienso, mientras la canción ataca nuestra conversa: ¡Y seguimos bailando! Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

Babilonia

— ¿Cómo será esto? Porque yo soy muy malo para hablar—me advierte Gustavo Giraldo, mientras nos dirigimos a otra cafetería. Yo le digo que no hay problema, sólo necesito que me cuente la historia de Babilonia. El que tuvo la vida más corta de los bares perdidos, pero también, el más exitoso en el menor tiempo. Era parte del paisaje de cualquier fin de semana: las puertas de Babilonia, tapizadas por el humo de las máquinas, las luces verdes llegando hasta lugares lejanos, dando tumbos de locura, y adentro, un espectáculo popular de proporciones orgiásticas.

Gustavo es oriundo de La Unión pero su maestría sin acreditar, en bares y discotecas, la desarrolló en Abejorral. De allí comenzó una vida triple entre el cinturón compuesto por Abejorral, La Ceja y La Unión, una vida de fiesta profesional. Y es que habla del negocio con una desenvoltura que desvirtúa su idea de no saber hablar. Aunque puede que sea una verdad a medias y no sepa hablar de nada que no sea el negocio de la fiesta.

Bajo su administración ha tenido un conjunto de lugares que yo le pido enumerar por simple placer creativo nominal: “Bar Manrique, Taberna caballo, La fonda de mi tierra, Licorera zona T, Fonda Guadalupe, Springfield y Babilonia”.

—Yo entregaba un negocio, me iba para otro pueblo y al poco tiempo me llamaban porque el negocio se iba a caer.

—¿Usted es, entonces, un rehabilitador de bares?

No me responde directamente a la pregunta, pero puedo ver que el término le agrada, tal vez lo adopte, ojalá. Le pregunto cuáles son las técnicas que ha desarrollado, en esa vida de levante de bares y discotecas, para que todo marche bien. Entiendo que es un secreto doble: el regalo y la música.

—Un tinto no se le niega a nadie y nadie se va a quebrar por regalarlo. La amabilidad empieza ahí, el buen ambiente. Y también, la música. La Unión sigue siendo un pueblo de música vieja.

Y es que la buena fama corre rápido en este gremio. “Al turista es al que mejor hay que atender” me dice mientras recuerda aquella vez que llegaron unas 15 personas del Chocó, directamente preguntando por Babilonia.

 

La demografía local de la clientela de Babilonia estaba compuesta por personas adultas y habitantes de las veredas. De cierta manera encontraban, en la música nostálgica, sin concesiones generacionales, sin renuncia, en la continuidad de los porros, las cumbias, los boleros, las canciones de despecho, un pequeño refugio frente a otras zonas de fiesta más modernizadas. Un refugio que, en tiempos de un acercamiento que hoy nos parece casi fusión nuclear, tenía capacidad para 140 personas sentadas, pero entraban 200. Babilonia veía su mayor esplendor en las celebraciones del pueblo. Sus treinta y unos —de octubre y de diciembre— y las Fiestas Folclóricas y Populares de la Papa eran las plenitudes de la pachanga, las hipérboles de la verbena.

—En las últimas Fiestas de la Papa, que eran culturales, se hicieron fácilmente 15 millones de pesos en un fin de semana.

La fecha del cierre es, con Gustavo, más precisa, un deceso. Aguantó hasta el 15 de mayo. Hace poco, impulsado por las conocidas peticiones de la gente reabrió el negocio en un local muy distinto, menos propicio para el baile y el movimiento —por ahora prohibidos— un local, como se dice, chorizudo. Pero la gente continúa, con fidelidad, yendo a donde sabe que la tratan bien, donde un tinto no se niega y donde es ley que la música no para y no cambia.

“Lo que hace un murciélago” me digo a mí mismo, mientras me voy, intentando introducir esta frase en una melodía que ya me voy aprendiendo:

Que siga la fiesta porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar que siga la fiesta porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo, que siga la fiesta.

Café Olaya n°1

—A esta lo acompaño yo—me dice mi papá.

Llegamos a la casa de Mauricio Cardona en la tarde. Nos recibe en la sala, con un tinto servido en un pocillo hermoso, blanco con una hojarasca azul; yo le digo que es la misma porcelana que hay en mi casa. En un pueblo como este, muchas personas reciben los mismos aguinaldos, de las mismas empresas. Mientras enfrío mi tinto mi papá se me adelanta.

—Qué pérdida la del Olaya, como era de bueno. Era el rematadero del pueblo.

Mauricio concuerda, pero antes de que pueda decir algo más yo pido una aclaración que sé que le dará un inicio claro a su historia. —Estoy confundido ¿cerró el Olaya 1 o el 2?

Cerraron ambos. Aunque Mauricio me dice que él llevaba administrando sólo el primero, el del primer piso. Bajo su guía, joven y de un aprendizaje iniciado con el error, El Olaya llevaba 22 años, pero pronto recuerda junto a mi padre, que el negocio, y sobre todo el nombre, pueden tener más de 100 años. Así como yo los escucho hablar del bar, esperando con ansias las historias, y así como yo caminé en mi niñez cerca a sus puertas, ellos hicieron lo mismo, habiendo hecho esta entrevista, inconscientemente, muchos años antes.

No se ponía música, por lo cuál era el lugar preferido de los negociantes para reunirse y durar toda una mañana a punta de tintos. Cuando Mauricio tomó las riendas del negocio, cuenta que en su primer inventario sólo registró unas cuantas mesas, una empanada, un buñuelo y un montón de botellas de licor medio vacías.

—Nos tomamos, el primer día, la única media garrafa de aguardiente que había. E inició con los cambios, pequeños, pero en esencia cruciales.

Primero, pasar de abrir muy temprano a cerrar muy tarde. Que los negociantes ya no se reunieran a hacer cuentas en la mañana, sino que se gastaran la plata en parrandas por la noche. Una pequeña grabadora de CD dio las primeras notas musicales al lugar. La ponía sobre el mostrador, y no faltaba cualquier borracho que lo golpeara, haciendo volar el CD y reiniciando toda la fiesta. Tal vez por eso se acostumbró a que estas nunca acabaran.

—En mi familia somos músicos. En eso le llevábamos ventaja al resto del gremio.

Me cuenta del personaje Totuma, el cual entraba a la fiesta con una raspa y unas maracas a acompañar a los artistas del sonido. Era un cliente más pero muchas personas pensaban que era el entretenimiento contratado para aquella noche. Vieron necesario comprar una raspa y un par de maracas para el negocio, y prestarlo a las mesas como si estos fueran pasabocas.

—Totuma tiene mucha influencia en el éxito del Olaya. Creo que ahí inicio todo verdaderamente.

La música en vivo, el baile incontrolable, el licor que fluye y que se rebaja en precio para los amigos o necesitados. Me cuenta, con una alegría controlada pero visible, las proezas, las famosas dimensiones de las farras, y mi papá confirma todo. Es testigo de la inmensidad de aquel nombre, yo siento poder oler el licor y el sudor de las fiestas de madrugada con la emoción de sus historias.

—La música era muy viejita, muy buena, pero ya al final empezamos a colocar más reguetón, aunque no molestaba. Y me sorprendió porque empezaron a ir muchos jóvenes.

— ¿Y no había un choque entre las personas adultas y las jóvenes?, le pregunto.

—Pues, es imposible que un bar hoy en día no sea crossover. Yo creo que no, los jóvenes escuchan un reguetón en una discoteca y lo bailan y también cantan con muchas ganas lo que suene luego de Darío Gómez. De cierta manera, los bares crossover unen a las generaciones.

Le pregunto si piensa volver a abrir el negocio y me dice que esa es la idea pero la situación no está para tomar riesgos, luego, me señala que detrás de su silla, en una esquina de la sala, está sin desempacar el equipo de sonido que había comprado este año para estrenar en el bar.

—Tal vez lo abra de nuevo. Con otro nombre porque no soy dueño del nombre El Olaya.

— Me dice, y entiendo que una buena idea llegó a su cabeza cuando agrega—Tal vez le ponga la Raspa y la Maraca.

Termino la entrevista, luego de muchas más historias y de sus consideraciones sobre el negocio de la fiesta en La Unión y me pide que agregue a todos los otros lugares que también cerraron, lugares viejos, conocidos, históricos. Le pido que me los enliste y me enuncia una lista que para mí ya empieza a ser conocida.

—Cristales, Fontana, Babilonia, Yoryi, Los recuerdos —que antes se llamaba La Capri —y Los Olaya.

 

De camino a casa con mi padre, mientras hablamos de nuevo de estas historias. Él se alegra por la entrevista, que considera exitosa.

 

—De verdad eran impresionantes las fiestas allá. “Lo que hace un murciélago”—agrega y yo sonrió con complicidad, finalmente, la frase es suya.

 

Pongo la radio y al no escuchar nada propicio, busco en mi celular la canción que me sigue acompañando.

 

Todo es problemático en la realidad y si vives de sueños, se ríen de ti pero cuando hay pánico te asusta el vente acá y celebrando entre amigos, la vida es feliz.

 

Terceto musical.

Termino las entrevistas sin poder evitar pensar en aquellas personas que quedaron huérfanas de parranda.

Yo, que no soy una persona fiestera, puedo imaginarme entrando en aquellos bares y billares que hoy no están, saludando a los amigos, pidiendo una cerveza para refrescar los partidos y una botella de aguardiente para calentar las frías noches de los diciembres de montaña.

Sólo queda, además de los costosos arriendos, los antiguos dueños de aquellas fiestas del pasado, los administradores de la felicidad, de la euforia, y aquí la historia de tres de ellos, unidos por una pérdida y por una canción que le pide algo al pueblo:

 

 

Billares Yoryi

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando

si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Babilonia

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Café Olaya n°1

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

 

que siga la fiesta.

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