En paro al amparo de Amparo

Texto por Niyideth Zapata Posada

Ilustración por Isabela Muñoz

Amparo, una campesina de Suárez – Cauca, hospedó  y alimentó en su finca a integrantes de la Minga indígena que apoyaron las movilizaciones durante los días del paro que se produjo en Colombia entre mayo y junio. Este relato es resultado de un ejercicio de periodismo de inmersión que le permitió a su autora ser una testigo privilegiada del ajetreo que se vivió en esta parte del país.

Las chivas salían de la finca con leña, alimentos, ollas y bastante gente. Ese día fue una cosa de locos. Eran las 6:00 de la mañana y yo seguía armando pasteles de pollo, nunca los había preparado, no era una tarea fácil. La agilidad, rapidez y concentración eran sumamente importantes al realizar esa labor, cualidades de las que yo en ese entonces carecía, ya que mis nervios y mi estado confuso no me lo permitían.

Conmigo estaba una niña de 10 años y otra de 14 ayudándome a armar los pasteles. Mientras tanto Amparo, la dueña de la finca y su mamá Raquel se encargaban de fritarlos y entregárselos a los indígenas. También había un señor alto en toda la puerta de la cocina, él se encargaba de cuidar la entrada porque había mucha gente. 

—¿Cuántos hay? —le pregunté a doña Amparo, algo apresurada.

—Unas cuatro mil personas, mija. Ellos son de todas las veredas de por acá, todos son indígenas. ¡Apúrese! Hay tantísima gente.

El punto de encuentro para los indígenas era la finca donde me encontraba; Puerta Amarilla, ubicada a unos minutos de Suárez-Cauca. Amparo me contó que ellos hacían turnos de 24 horas para vigilar el lugar, también me dijo que le dañaron una silla y una polisombra (malla fabricada de fuertes fibras, con el fin de proteger los cultivos con los rayos UV) y no se lo han repuesto. Le cogían las cosas sin permiso y los baños se los taparon. 


El Campamento

Los indígenas llegaron a la finca el 28 de abril, ellos la llamaban El Campamento. Con los días vinieron los afros, que son de la guardia Cimarrona y el Cocán, que es el grupo de los cultivadores de la coca, la amapola y la marihuana. Ellos también iban a apoyar el paro. Aparte de estar protestando contra el proyecto de la Reforma Tributaria del gobierno Duque, el grupo del Cocán está peleando para que no les fumiguen los cultivos con glifosato, porque al fumigar la tierra con eso queda inservible y no se puede sacar producción.

Concentrada armando pasteles, me interrumpe un señor moreno, de estatura baja y de ojos achinados. Él me pide más servilletas y me señala una bebida del mostrador. De forma coqueta me recibe lo que me pidió y se retira mirándome varias veces. Pensativa y sintiéndome extraña por la situación, se me acerca doña Amparo.

—Los dos primeros días, como era tantísima gente, muchos salieron a tomar y vinieron borrachos, llegaron fue a pelear con los otros y eso se volvió una nada. Y ese que le estaba cortejando (coqueteando) fue uno de los que armó el pleito. Ese día sí que dañaron cosas.

—¿Y no te las pagaron? —le pregunté mientras amasaba la harina.

—Ellos le dijeron a mi hermano que le iban a reconocer por la estadía y por los daños, porque dañaron todo el pasto; eso se volvió un lodazal horrible, por el transitar de ellos. Pero hasta el momento no han dado nada. 

—¿Y cuando ellos llegaron no quedaron en un acuerdo de pago por la estadía?

—No mija, es que ellos llegaron sin avisar, llegaron unas cuatro ó cinco mil personas. Imagínese que hubo un día que había como ocho mil, pero no había niños, ellos no los trajeron. 

Pasó el trajín de la mañana, ya eran las 10:30 a.m. Terminamos de hacer el aseo y nos sentamos todos a descansar. En total éramos diez en la cocina, aunque solo hablaba con Amparo y la mamá, el resto eran muy callados, solo me observaban y escuchaban con atención lo que allí mencionábamos.

Yo me sentía asustada porque uno no sabe qué puede pasar. Todos los que se estaban hospedando en el lugar, estaban armados, con machete, palos y hasta pistolas. Alertas por si llegaba la fuerza pública. 

—Una noche hicieron un simulacro para saber si se iban a la ciudad donde fueran más vistos, necesitaban saber si podían enfrentarse con los de allá. Entre los líderes acordaron hacerlo.

—¿Y a ustedes también les pusieron a hacer el simulacro?—pregunté.

—Nada, no nos avisaron. Solo fue cuando escuchamos unas detonaciones y toda esa gente salió a correr, destemplaban esas carpas como podían y casi nadie quedó en la finca. Todo el mundo se echó a perder por esas lomas y ahí fue cuando se dieron cuenta que no estaban capacitados para enfrentarse con el ESMAD, sin embargo se fueron para Cali.

Amparo se puso de pies, destapó una Coca-Cola, la repartió para todos los que estábamos ahí y continuó diciendo:

—Algunos me decían que nunca habían estado en una manifestación ni en un paro, que ellos estaban allí en contra de su voluntad, porque llegaron a las casas y les dijeron que por casa solamente se quedaban los niños y una persona adulta que los cuidara, el resto debía salir. Algunos no tenían dónde dejar a los niños y les tocó salir con ellos. 

—Pero ya la situación se ha calmado mucho, ¿no? porque uno ya casi no los ve en la carretera.

—Niyi, es que el gobierno les dijo que hicieran un diálogo pacífico, entonces ellos están en espera de una respuesta. Dijeron que van a esperar quince días, de los que ya van ocho. Y que si el gobierno no hace nada ya no se quedan aquí, sino que se van para las vías principales del país a cerrarlas. De aquí se van para El Cairo y taponan en Piendamó para que esta vía alterna de Suárez quede sin paso.

Descansamos media hora y luego procedimos a hacer el almuerzo. El menú tenía huevos revueltos, arroz y tajadas de plátano maduro. Doña Amparo me decía que tocaba cocinar algo sencillo para poder servirles relativamente bastante, ya que la comida estaba muy costosa en el pueblo. 

A mí me tocó revolver algunos huevos y fritar las tajadas. Por el afán que tenía de que salieran los pedidos a tiempo, me salpicaron grandes gotas de aceite, que con el rato se convirtieron en ampollas. 

Estamos en una crisis mundial por la pandemia del Covid-19, por lo que el uso obligatorio del tapabocas es esencial y el seguir al pie de la letra las normas sanitarias es muy importante para nuestro bienestar. Allí en la cocina éramos seis mayores y cuatro menores de edad, de todos los que estábamos, contando a los que se hospedaban, ninguno se estaba cuidando, exceptuándome, ellos ni siquiera tenían un tapabocas puesto.

Curiosa le pregunté a doña Amparo el por qué no se estaban cuidando; ella se quedó callada y no me respondió. Estaba acomodando los desechables para servir, se me quedó mirando con una leve sonrisa mientras yo fritaba.

—En estos días salieron cuatro con covid-19, se los tuvieron que llevar graves para el hospital, acá entre ellos mismos los estaban tratando, pero mejor se fueron. Luego los mandaron para la vereda, allá se quedaron en aislamiento.

Me quedé muy sorprendida, notaba su frescura al contar la experiencia y sin embargo no le daba tanta prioridad a cubrirse el rostro con el tapabocas.

—Mi mamá se desmayó, se puso muy mal, ella se descompensó por todo el gentío que había y ya con esa situación del covid. Gracias a Dios la prueba le salió negativa. 

—¿Y después de eso no es mejor protegerse?

—Ay mija… yo digo que eso ya me dio, o el señor me protege mucho. Con el calor que hace acá y uno con la boca tapada ¡qué pereza!

En mi cabeza no me cabía la idea de doña Amparo y muchas de las personas que se encontraban ahí, ¿cómo no protegerse? ¿tener como excusa el calor? o según ella, valerse de los entes espirituales como protección o salvación. ¡Es increíble!

Mis pensamientos fueron interrumpidos, pues unos indígenas empezaron a ensayar sus armas haciendo tiros al aire. De inmediato miré a la señora Amparo y se veía pálida, su piel se puso blanca como el papel. Estaba nerviosa, su corazón palpitaba a mil. Le pedimos que se sentara y le di un vaso de agua. 

La acompañé un rato y cuando estuvo más tranquila le pregunté por qué se había puesto así. Me contó que hace poco le mataron al esposo a tiros en la puerta de la casa; escuchar estos sonidos la impactan mucho, pues la devuelven al instante que ocurrió el hecho, decía que estaba traumada y que esto es lo más duro que le ha tocado de todo el paro. Escuchar disparos en los simulacros y recordar ese triste momento.


Los líderes y sus permisos 

En la finca se encontraban varios jefes indígenas. Los reconocía por su seriedad, armamento, modo de comportarse y porque todos los demás acudían a ellos acatando sus órdenes. El Gato y La Indígena eran los más solicitados. Pero… ¿por qué?, me cuestionaba. Mientras almorzábamos, le pregunté a varios de la cocina y resulta que al principio del paro se podía transitar por los alrededores del Cauca y del Valle con normalidad, pero ahora es necesario contar con un permiso de movilidad revisado y firmado por algunos de los líderes de las comunidades. 

—¿Qué ocurrió para que tomaran esa decisión? —pregunté en la cocina, no refiriéndome a alguien en especial. 

—Resulta que hubo un malentendido en eso —contestó doña Raquel, la mamá de Amparo.

—¿Y qué fue? —le contesté.

—Había una gente del comercio de Suárez que fueron donde los indígenas y les dijeron que necesitaban abastecer los negocios y que les querían colaborar. Entonces les llevaban arroz, panela, huevos y aceites. Ellos estaban ayudando porque era algo que nos beneficia a todos, entonces hicieron eso con la intención de que los indígenas los dejaran pasar para Cali, porque en el pueblo ya no había comida. 

Doña Raquel se me acercó, miró hacia el patio de la finca y bajó la voz.

—Hubo gente que en medio de esos carros que iban a pasar, iban a la ciudad y traían remesa (comida) barata, a un buen precio, y llegaban aquí a vender carísimo. Entonces los indígenas se enojaron muchísimo y mandaron a revisar el comercio, se dieron cuenta que todo lo estaban vendiendo muy costoso. Por eso ya no le dan permiso a todo mundo de pasar. La gente empezó a tapar la mercancía y ellos también se dieron cuenta. Ahora ya revisan la mercancía, no les dan permiso a muchos y ya revisan los precios en que van a vender las cosas. 

Luego metió la cucharada don Jorge, el señor que estaba pendiente de la plata.

—Con el combustible también pasó lo mismo, se acabó y cuando llegaba, la gente compraba en cantidad y lo revendía súper caro. Ya solo los carros pueden tanquear 50 mil y las motos 15 mil. Esas son las reglas desde que empezó el paro hasta ahora.

Mientras los escuchaba, observaba a cada individuo que estaba en la finca. Hay demasiados prejuicios acerca de las comunidades indígenas, yo he tenido la oportunidad, entre mi círculo social, de escuchar comentarios amarillistas sobre estas personas. Allá me di cuenta que no es así. Ellos son buenos, nos quieren ayudar. Quieren un país justo. ¿Y cómo no? ¡Todos queremos un país justo!

Hubo un silencio incómodo, pues en ese momento llegó alias El Gato, era de los últimos que faltaban por almorzar. Eran las 3:00 de la tarde. Al irse, don Jorge siguió diciendo:

—Luego hicieron una reunión en Suárez con el Secretario de Gobierno y él invitó a todos los comerciantes. Ahí hubo gente que lideraba el paro, entonces se distorsionó la información porque estaban hablando que los manifestantes cobraban cinco arrobas de arroz para poder entrar al pueblo, pero eso no fue así porque ellos mismos dijeron que querían colaborar y los que no dieron fueron los que se pusieron a decir todas esas cosas.

Todos volvimos a quedarnos callados. Habíamos terminado de comer, entonces nos dispusimos a arreglar la cocina. Doña Amparo me dijo que a las 4:00 p.m. los diferentes grupos se reunían en el patio. Ansiosa, esperé el momento. 

En esa reunión tuve la oportunidad de ver a los otros líderes, bastante serios, con sus ruanas, machetes, botas pantaneras y rasgos característicos entre ellos. Uno tomó la voz, desde la cocina los observaba y solo pude escuchar cuando dijo fuertemente “si no se hace una propuesta de esta manera, el Gobierno no nos escucha”.

La integración

No todo fue trabajo. Luego de terminar los quehaceres en la finca, nos sentamos en el zaguán. Pusimos música de Diomedes Díaz y tomamos algunas cervezas. El calor que hacía era impresionante, eran las 8:00 p.m. y, mientras sonaba Ven conmigo, nos reíamos y hablábamos del trajín que pasamos todo el día. 

No hicimos comida porque la gran mayoría de los protestantes estaban en los diferentes puntos de control que tienen entre el Cauca y el Valle, así que nos relajamos. Cantamos, reímos e hicimos algunas bromas. Me agradecieron por ayudarlos ese día.

Después de un rato, doña Amparo me estaba enseñando algunas fotografías de su celular. Entre esas había unas de un asado que llamaron mi atención.

 

—¿Eso fue aquí?

—Sí mija, hace poquito los indígenas hicieron una integración en la finca. Compraron dos novillos y los mataron, hasta trajeron a los niños de las veredas. Estuvo un payaso, jugaron fútbol, se metieron a la piscina, dieron regalos, hicieron rifas y todo el gasto corrió de cuenta de ellos. 

—No todo es trabajo, doña Amparo —le dije sonriente. Ellos también merecen darse un descanso, están haciendo una gran labor para el bien de la sociedad.

 

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