Contador que no cuenta
Contamos el número de contagiados, el número de muertos, el número de recuperados, el número de días confinados, el número de días que supuestamente faltan para volver a ser libres…

Cuando alguien se mira los dedos activa la capacidad de la propiocepción, que no es otra cosa que reconocerse en el espacio como un ser compuesto por partes que cumplen funciones.

Si se hace siendo niño, se empieza a entender que en las extremidades superiores del cuerpo poseemos unos apéndices con los que agarraremos, sentiremos y podremos hacer el conteo de objetos que queramos.

En un primer momento solo se puede hacer si los objetos son, a lo sumo, 10. Así, con los dedos de las manos, contamos. Contar es la habilidad matemática básica y fundamental para garantizar la supervivencia. Así sabemos que tenemos que comer mínimo tres veces al día, tomarnos una pastilla cada ocho horas, dormir al menos cinco, hacer ejercicio mínimo una.
Lo hicieron los de hace miles de años y lo seguimos haciendo nosotros porque el instinto siempre va a ser superior a la razón.
Un ser medio vivo y medio muerto, que lo será hasta que los científicos se pongan de acuerdo, salió y encerró al planeta en su casa, al menos a la porción que podía darse el lujo de encerrarse porque tiene un buen trabajo y tiene casa.

Irónicamente, el ser humano para tener tantos miles años de experiencia contando, no contó con que un virus tendría tal impacto letal, una facilidad de dispersión grandísima y, sobre todo, no contó con la negligencia y pasividad política de prácticamente todos los gobernantes del mundo.

Y comenzaron a contar en China, luego en Europa, luego acá. Contamos el número de contagiados, el número de muertos, el número de recuperados, el número de días confinados, el número de días que supuestamente faltan para volver a ser libres.

Nos rodeamos de números a los que les dicen cifras, cifras a las que les dicen datos y datos a los que les ponen un asterisco al lado para avisarnos a todos que ese número expuesto ahí, al día siguiente va a cambiar.

Tendré que pedirle perdón a la raza humana desde su origen hasta lo que es hoy por negar nuestra naturaleza de conteo como miembro de nuestra especie. He de confesar que hace un montón de días no cuento nada, pero no me arrepiento.

Porque así encerrado como alguna vez lo estuvieron mis antepasados en sus cavernas, a mí no me hace falta saber cuál es el número del día; al contrario, saberlo me hace daño.

No quiero saber cuántos murieron de un día para otro por culpa del asesino invisible que cierra la tráquea de sus víctimas, tampoco saber cuántas horas he visto el mismo verde menta que no respeta el distanciamiento entre él y la pared de la sala de mi prisión elegida.

El dato numérico no me da esperanza, ni paciencia, ni información valiosa. Desde hace rato cualquier número que nace por consecuencia de un ser microscópico letal es inexistente en mi contexto de aislamiento.

Suficiente tengo con pasar mis días pensando en todo lo que extraño, los amigos a los que no les oigo su risa, la incapacidad de poder correr con un balón a mis pies y la monotonía de los días.

La nula posibilidad de distracción me hizo esclavo de mi propia mente, que se llenó de negro y solo piensa oscuro, como si mi propia cabeza quisiera hacerme llorar todo el tiempo. Estoy muy ocupado estando mal como para ponerme a pensar en un número o varios números que van a terminar de absorberme la vida. Lo único que sé es que si voy a contar algo será la historia de cómo sobreviví a una pandemia.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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