Cofradía de travestis en el puente de Solla
Los servicios sexuales en este lugar dependen del trabajador. El precio estándar está en 10 mil pesos, si viene con 5 mil, devuélvase, porque como diría Esperanza Gómez, una travesti de tez oscura que trabaja en la curva toda la noche: “Descarados, nosotros no somos unos gamines”.

Una reportería que empieza con miedo puede ser la más emocionante, porque la sensación de que estás haciendo algo peligroso excita la imaginación y te imaginas las mil formas en que te pueden robar, engañar o asesinar repentinamente en una noche. Estas son las inseguridades que el puente de Solla provocaba en una persona que no lo frecuenta.

Es un puente oscuro, apenas iluminado tenuemente por algunos postes de luz del alumbrado público, una vía principal que marca el límite entre dos municipios que destacan en los noticieros locales por su alta tasa de homicidios en los últimos meses: Medellín y Bello.

Además, también es el punto que marca la entrada a la autopista Medellín-Bogotá y a los que en algún momento fueron los barrios más pobres del Valle del Aburra, ahí está Zamora, un poco más arriba está Santacruz y El Popular.

Los miles de personas que viven en esta zona de la ciudad empezaron a habitar estas periferias a mediados del siglo XX, ante las crecientes necesidades de las familias en diferentes situaciones –por ejemplo, desplazadas–, que llegaban a la ciudad y no tenían un techo bajo el cual vivir.

Construyeron sus casas y hoy es una de las zonas más pobladas de Medellín, según el DANE, para el año 2006, la Comuna 2 tenía un total de 104.168 habitantes, lo que representaba una participación del 4,26% del total de la población de Medellín.

Hoy en día el 96.6 % de la población de este territorio vive en condiciones de vida baja (Estrato 2) y el 3.5% vive en condiciones muy bajas (Estrato 1). El Popular sigue la misma dinámica territorial. Muchos de estos sectores son conocidos popularmente como invasiones.

En estos barrios viven los trabajadores sexuales que pasan toda la noche en la curva de Solla. Aquí encontrarás travestis a la carta: flacos, trocitos, rubios, pelinegros, con hormonas y sin hormonas.
En busca de una historia
Antes de llegar al puente de Solla, contacté con prostitutas, escuelas de actuación porno, practicantes del sexo tántrico. Nadie terminó de mostrar interés por ayudarme y tampoco me convencían las historias.

Yo quería algo diferente, así fue como en un chispazo de inspiración mi madre me dijo: “El puente de Solla es famoso por sus travestis”. Inmediatamente llamó mi atención este tema, pero también me dio miedo ir a buscar información donde nadie me ha llamado y no conozco las personas del lugar, sin mencionar que los travestis tienen fama de ser poco amigables.

La noche del miércoles 15 de mayo de 2019, a las 9:45 p.m., estaba pensando en quedarme en casa e intentar con otro tema. A las 10 p.m., finalmente me puse el casco, subí en la moto y salí a buscar lo que nadie me había pedido encontrar.

Cuando llegué a la curva, me paré ahí algunos segundos y una “mujer” me llamó. Era Arley, un travesti recién rapado que hace poco había tenido un derrame cerebral, las causas no me las dijo.

Tenía un buzo de lana algo desgastado por el uso, un jean muy ancho y sucio y unos tenis Reebok blancos, pero muy sucios. Sus gestos advertían que no estaba muy sobrio, hablaba con dificultad y se juzgaba a sí mismo si le lanzaba alguna pregunta.

–¿Cómo llegó aquí, Arley? –le pregunté una vez.

–¿Por qué, no le parece bien que esté aquí?, ¿no está bien que esté aquí?, ¿ no debería estar aquí?, trabajé aquí mucho tiempo, pero ya no.

Luego me contaron sus conocidos que cuando Arley empezó a consumir perico quedó un poco mal de la cabeza.

Después de una conversación repleta de silencios incómodos, me encontré sentado en una mesa de madera rodeado por colegas de Arley que él me presentó amablemente: Esperanza Gómez, Daniela Fox y Mía Khalifa, nombres de actrices porno famosas que decidieron que deberían ser sus seudónimos en esta crónica.

Ellas nacieron como hombres, pero ahora son mujeres; trabajan en la curva de Solla hace más de seis años.

Me pidieron que les diera plata y no supe qué hacer, les di un poco de dinero a cada una y decidieron que con eso comprarían un bolis de Whiskey, un sobre que vale 5 mil pesos y que trae 260 mililitros de licor. Mandaron a Arley por el sobre.

Después de algunas preguntas, tomamos confianza y empezamos a conversar con soltura, mientras los vehículos bajaban por la autopista Medellín-Bogotá hasta a 90 kilómetros por hora. En esta vía pasan muchos vehículos de transporte de carga, como tractocamiones, casi siempre pitan y gritan algo ofensivo a cualquiera de los transgéneros.

–Esos que nos gritan toda la noche, son los que más les gustan los hombres, pero no son capaces de aceptarlo –me dice Mía Khalifa con seguridad.
Volví la noche del jueves 16 de mayo de 2019 a las 10:30 p.m. Cuando llegué a la plaza de prostitución estaba muy nervioso y pensando en quién iría a mi funeral si esa noche muriera, pues ayer me habían contado que los días anteriores hubo varias balaceras.

Hay mucha circulación de vehículos en la vía Medellín-Bogotá, también en la estación de servicio que hay frente a la curva de Solla. En el paisaje se ven unos alcohólicos acostados en el suelo, recicladores caminando de un lado a otro y venezolanos esperando que un tractocamión les dé un aventón hasta otra ciudad del país.

Cuando llegué, Mía Khalifa me confesó que en esta curva funciona una de las plazas de prostitución de travestis más conocidas de la ciudad. Además, “en este lugar es posible conseguir cualquier documento falsificado, el que sea”.

A “mis niñas” –les digo así porque me siento parte de ellas por la calidez con la que me han tratado– les cobran 30 mil pesos a la semana para dejarlas trabajar. Una cuadra hacia el norte de donde estoy ubicado hay otra plaza, pero allá cobran 50 mil.
–¿Quién les cobra esta cuota? –les pregunté.

–Un man del barrio bastante poderoso, hasta está construyendo un edificio de cuenta del culo de nosotros.

Han pasado 20 minutos, faltan 10 minutos para las 11:00 p.m., la noche está muy fresca, no parece que vaya a llover. Estoy a varios metros de la curva viendo cómo Esperanza Gómez, Mía Khalifa y Daniela Fox conversan entre ellas.

A las 11:05, las mujeres empiezan a desfilar hacia Zamora, van a comprar perico, marihuana, alcohol, quizás Esperanza Gómez compre sacol. Su forma de caminar es muy llamativa, como si estuviera bailando merengue, además, cuando están caminando se enroscan las puntas de su cabellera con sus dedos. Son muy vanidosas.

Las cuatro mujeres que estaban trabajando en la curva se fueron, excepto una; es Mía Khalifa, que está bailando twerk para los conductores que vienen de un largo viaje.

Son las 11:15 de la noche, ayer, a esta misma hora, mis niñas estaban rabiando y maldiciendo a Arley porque no había vuelto con el sobre de whiskey. Simplemente tenía que cruzar dos cuadras.

Esperanza Gómez dijo en ese momento: “Cuando venga le voy a pegar muy duro, nadie se mete con mi plata”, y luego de unos segundos de silencio agregó: “Es que ni siquiera la bazuquera que vive debajo del puente nos roba cuando hace los mandados y la hemos mandado con billetes de 50 mil”.

Pero eso fue ayer, hoy continúan pasando los carros, motos y taxis. El cielo sigue despejado, pero no se ven las estrellas. Una mujer cualquiera se acerca a un carro aparcado para pedir indicaciones sobre alguna dirección, sus gestos señalando con las manos hacia el norte la delatan.

Hoy la noche está suave, me dice Stefany Monserrate: “En la semana casi siempre hay un día en el que hay poca actividad”, ese día es hoy.

A las 11: 25 p.m., un hombre se detiene en la curva en su moto NKD 125, un modelo de AKT, se levanta el casco sin quitárselo completamente, saca un cigarrillo y lo enciende. Cuando en la noche no hay mucho trabajo, los travestis se disparan ante un posible servicio.

Mientras el hombre encendió el cigarrillo, cuatro trabajadoras sexuales corrieron tras él pensando que buscaba compañía. Gritaban: “Mi amor, ¿en qué le podemos colaborar?, ¿qué está buscando?”. El hombre intimidado lanzó el pitillo recién encendido al piso y se fue.

–Si ve mija, lo asustó, no muestre tanto el hambre –le gritó Esperanza Gómez a Mía Khalifa.

El último bus público que pasó fue el de Zamora, a las 11:30 p.m.

No entiendo cómo no se están muriendo de frío, yo tengo un jean y una pantaloneta, dos pares de medias bajo los zapatos y una camiseta y dos busos; aun así tengo frío. Ellas están mostrando toda la piel que pueden exhibir sin cometer un delito en el espacio público, no parecen tener tanto frío como yo.

“Es que a usted se le nota que es un mimado”, fue una de las primeras frases que me lanzaron mis amiguitas. “Usted no ha tenido que vivir nada en la vida”. Es verdad, la vida de los travestis está marcada por el exilio y las dificultades.

Mía Khalifa cuenta: “A veces toca pararse por lo de uno, el cliente saca su machete y uno saca su navaja y nos apuñalamos si toca”, quizás es una metáfora y no la entendí, “pero de que me paga, me paga”.

Ayer era casi la media noche cuando Esperanza Gómez esnifaba cocaína por ambas fosas nasales, yo nunca había visto a alguien consumir cocaína así, estaba desesperada.

Después de darse una palada tras otra, apretaba los dientes como si estuviera aguantando dolor: “Esa hijueputa cómo me va a robar, es que donde la vea, le voy a partir la cabeza a puñetazos”.

El drama respecto al robo de los 10 mil pesos subía, no era solo plata, era una falta grave, porque en el frío de la media noche lo único que mantiene el calor corporal de estas mujeres son las drogas y el alcohol que consumen.

Ella necesitaba mucho la sustancia, cada vez que veía un bulto caminando por el puente pensaba que era Arley y corría desde la curva hasta el otro lado de la calle para recibirlo a golpes. Cuando se daba cuenta de que era una persona cualquiera, se devolvía y se daba otro pase de cocaína. Lo hizo muchas veces en la noche.

A las 11:45 p.m. del jueves 16 de mayo, pasó el último bus integrado del metro que se dirige hacia Santa Cruz.

Daniela Fox viene caminando hacia mí mientras busca algo en su bolso, parece no encontrarlo. Cuando finalmente cruza la calle y está frente a mí saca un buso y se lo pone.

–¿Tiene frío? –le pregunto.

–No, amor, es que hoy no me ha salido nada y me tiene que salir trabajo, entonces toca cambiar la pinta.

A las 12:20 a.m., ya comenzando el nuevo día, recuerdo que ayer estaba con “mis niñas”, como si fuera un travesti más en su parche. Hice varios actos para sentirme en confianza, las he tratado con mucho respeto y cariño.

Camila es una travesti de clase alta, una hija consentida, cuando llegó le ofrecieron perico, pero dijo que no tenía ganas, un minuto después esnifó con sus llaves. La noche el asfalto brillaba por el rebote de la luz de los postes en el piso mojado. Estaba lloviendo suavemente.

Éramos seis personas sentadas ahí en la mesa; tuvieron que comprar otro bolis y ellas lo compartieron, igual que la pala del perico y el cigarrillo de marihuana. Mientras caía un diluvio, hacía un frío al que yo no estaba acostumbrado, traté de calentarme las manos con mi aliento y esconderme en la capucha del buso.

Camila le pide a Daniela Fox que la acompañe a la estación del Metro para comprar dos baretos.

–Vamos, yo te llevo –dije sin pensarlo dos veces.

Solo cuando estábamos en camino, pensé en lo llamativo de esta escena para la policía: Un travesti sin casco y con unos chores demasiado cortos; si nos paraban, teníamos dos baretos encima, y en los últimos meses las leyes han sido muy rígidas contra las sustancias psicoactivas.

Para colmo, había una patrulla detrás de nosotros. El piso estaba mojado y yo quería acelerar para alejarme de la patrulla. Camila dice: “mor, no acelere mucho que me mojo los zapatos y está haciendo mucho frío”.

Al final, fuimos y volvimos y Camila tuvo el bareto encendido todo el trayecto: estas cosas solo pasan en Zamora.

A la 1:00 de la mañana decidí regresar a mi casa, no había nada más qué contar en este lugar.

Algunos días después, mientras iba hacia mi casa, después de una jornada en la universidad, me encontré a Arley en la estación Bello del Metro, me sorprendió verlo vestido como ejecutivo.

–Parce, ¿me va a pagar los 10 mil que se robó esta semana? –pregunté. –Sí –me respondió.

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