Así hicimos el rescate del avión del Chapecoense

En medio de la lluvia, el frío y la tristeza, la bombero María Teresa Mejía y sus compañeros del equipo de rescate del municipio de La Unión salvaron la vida de 6 pasajeros del vuelo 2933 de la empresa LaMia, proveniente de Bolivia, que se estrelló el 28 de noviembre de 2016 a pocos kilómetros del aeropuerto José María Córdova de la ciudad Rionegro.

En el accidente murieron 71 personas, entre ellas el equipo de fútbol Chapecoense, de Brasil, que venía a Medellín a disputar la final de la Copa Suramericana frente al Atlético Nacional.

El avión tenía sobrepeso y cayó a tierra por el agotamiento del combustible. Relato en primera persona de lo ocurrido la noche de aquella tragedia y del trabajo de ese equipo de bomberos.

La noticia del siniestro

“Hacía poco había cumplido los 18 años y me había graduado del curso de bomberos para poder comenzar a trabajar en el municipio de La Unión como bombero de planta.

Eran las 10:30 p. m. y, como cualquier noche, estaba en mi casa con mi familia. A esa hora estaba en mi habitación y de repente escuché que mi papá, comandante del Cuerpo de Bomberos de La Unión, comenzó a gritar. Me pareció muy extraño y salí para preguntar por lo que estaba pasando.

Mi mamá vino corriendo donde estaba y me dijo que se había caído un avión. No creía y le pregunté si era verdad lo que estaba diciendo. Con mucha preocupación y angustia lo único que me dijo, en ese momento, fue que me organizara y que saliera para la estación.

María Teresa Mejía, bombero desde el año 2016.

La estación quedaba tres cuadras de donde vivía. Allí encontré a mi papá y a los 16 compañeros con quienes conformábamos el equipo esa noche. El comandante de la misión nos explicó rápidamente acerca de una llamada del VOR del aeropuerto José María Córdova [radioayuda para que las aeronaves puedan aterrizar en los aeropuertos] situado en el Cerro Gordo de La Unión.

Varios policías que estaban de turno protegiendo esa radioayuda habían escuchado un estruendo, luego de recibir información de que una aeronave, en el espacio aéreo comprendido entre los municipios de Abejorral y La Ceja estaba desaparecida del radar”.

La dura realidad

“De inmediato cogimos el poco equipo que teníamos: dos camillas, un botiquín, linternas y woki tokis, prendimos los dos carros disponibles en ese momento, que era una Dimax y un Montero. Fuimos al lugar donde nos habían informado sobre el avión estrellado.

De camino, el comandante Arquímedes Mejía, con mucha seriedad, nos dijo: “Muchachos, mucho ojo, tengan mucho cuidado, se van a encontrar allá muchas cosas. Van a encontrar personas que muy posiblemente no estén vivas. Tengan cuidado y mucha responsabilidad al hacer lo que vayan a hacer”.

En ese instante, todos nos miramos muy asombrados por la manera como él nos habló, ya que desde el inicio pensamos que era un simulacro, pues era muy poco probable que un avión se estrellara en un pueblo tan pequeñito como La Unión.

Hoy en día llegar al Cerro Gordo, o al ahora llamado Cerro Chapecoense, toma casi 35 o 40 minutos. Debido a la gravedad de la situación que se presentó esa noche, creo que nos demoramos casi 15 minutos en llegar al VOR, punto de encuentro donde nos reunimos con los policías que estaban en el lugar.

Allí se montó el primer puesto de control desde el cual el comandante dirigió el rescate de las personas que permanecían con vida. Varios policías, junto al comandante, se quedaron en la zona y nosotros nos dirigimos al cerro donde se había escuchado el estruendo”.

Terreno escarpado

“Era una noche muy fría y lluviosa, no se lograba ver nada en medio de la oscuridad. Con machetes, linternas y las camillas que habíamos traído, el equipo y varios policías comenzamos a abrir camino por el monte para llegar al lugar.

Junto al líder del equipo, Andrés Congote, abrimos con machete una malla enorme que nos impedía cruzar a la otra montaña donde nos habían informado del estruendo escuchado minutos antes.

Tras casi 40 minutos de abrir camino en medio del pantano, la lluvia y la oscuridad, llegamos a un morrito donde pudimos observar unas luces blancas indicando el sitio de los sobrevivientes.

De inmediato comenzamos a bajar el morro en el que nos encontrábamos y bajo la dirección de Andrés, el líder, nos dividimos en dos grupos. El primero fue a la parte superior de la montaña, donde el avión impactó. Como el avión se partió en dos y corrió montaña abajo, el segundo grupo se desplazó hasta allá.

Andrés, otros compañeros y yo integrábamos el primer grupo y salimos con determinación a salvar vidas, comenzando a trepar en medio de los restos del avión: asientos, maletas, fuselaje, alas y árboles que habían caído con el impacto”.

Cerro Gordo, lugar donde se estrelló el avión.
¡Un sobreviviente!

“Al ver una luz blanca en esa parte de la montaña nos dimos cuenta que habíamos encontrado a un sobreviviente. Andrew Lui se encontraba allí, atado al asiento del avión y con sus pies en la tierra. Inmediatamente comenzamos a cavar con nuestras manos un agujero, ya que no teníamos ninguna herramienta disponible para de otra forma abrir un espacio en la tierra.

Sacarlo de allí fue muy complicado porque al lado de donde estaba enterrado había un vacío que lo separaba a él de la montaña. Uno de mis compañeros me dijo que le hablara mientras lo desenterraban para que no se quedara dormido, pero al intentar una conversación, me di cuenta de que no hablaba español.

Le dije a mi otro compañero que le hablara mientras mi grupo y yo sacábamos más tierra del lugar.

Minutos después de cavar y cavar logramos sacarlo del hueco que habíamos hecho, lo pasamos a la camilla y nos dirigimos al Centro de Víctimas [primer punto de revisión donde llegaban los heridos] donde estaban los doctores, a pocos metros del lugar del accidente.

Al dejar a Andrew en el Centro de Víctimas, uno de mis compañeros me dijo que le ayudara a camillar [llevar en la camilla] a Ximena, una de las dos auxiliares de vuelo que viajaban en el avión, hacia la ambulancia ubicada a pocos kilómetros del sitio.

Junto a otros cuerpos de bomberos de otros municipios, abrimos camino con machetes por un lugar donde un habitante del sector nos había dicho que podíamos llegar con rapidez, es decir, por el sendero que habíamos hecho cuando veníamos desde el VOR”.

La muerte de Andrew Lui

“Eran las 2:00 a. m. y junto a más o menos cinco personas nos dirigimos al lugar donde estaban las ambulancias. El camino que usamos para entregar a Ximena era mojado y muy liso. Además, teníamos que subir y bajar montañas, usar el machete para cortar la vegetación que no nos dejaba pasar y caminar en medio de la oscuridad en un terreno desconocido.

Una vez entregamos a Ximena le pregunté a Andrés, el líder, sobre Andrew Lui, el paciente que minutos antes habíamos sacado del lugar donde estaba enterrado. Él me dijo que no había sobrevivido, ya que sus vías respiratorias estaban totalmente destruidas.

No le era posible respirar y los doctores, en el Centro de Víctimas, no lograron salvarlo, debido a que era imposible hacerle una traqueotomía en medio de la oscuridad y sin las herramientas requeridas”.

El amanecer

“A las 4:00 a. m. regresamos al puesto de control vueltos nada, cubiertos de lodo y tierra. El comandante nos ordenó regresar a nuestras casas para que nos bañáramos y pudiéramos continuar con la labor de rescate.

Sobre las 5:00 a. m. nos reunimos de nuevo y decidimos regresar, pero fue imposible porque organismos de salud, alcaldía y policía nos impidieron entrar para continuar con el rescate. Al habernos negado la entrada, siendo el Cuerpo de Bomberos de La Unión, dimos vuelta y usamos otra vía de acceso para llegar al lugar.

Tardamos algo más de 40 minutos en llegar y sobre las 6:00 a. m. nos reunimos todos los cuerpos de rescate para dividirnos en grupos. Al iniciar la recuperación de los cadáveres dispersos en la montaña nos relevamos entre los grupos para que con tractores pudiéramos extraer las partes más pesadas del avión, como el fuselaje y las alas.

Durante todo el día, luego de más de siete horas de rescate, continuamos con la extracción de los cuerpos y casi cada dos horas los cadáveres que encontrábamos esparcidos debajo y alrededor de los restos del avión, los entregábamos a los funcionarios de medicina legal y a Fuerza Aérea para transportarlos en un helicóptero a la morgue”.

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