“Al que le guste la vida fácil, que no se vaya para Estados Unidos”

Texto por Tomás Maya Jaramillo

Ilustracion por Nicole Rubinstein

En la década de los 80 del siglo pasado, la reputación de Colombia ante el mundo estaba por el piso, gracias al narcotráfico. En especial en Estados Unidos, país que ya peleaba su famosa “guerra contra las drogas”. Como consecuencia de esa mala imagen, se dificultaron los procesos legales para los colombianos que querían viajar al exterior.
Luz Elena*, una ama de casa de 57 años, que actualmente vive en Medellín, relata cómo fue su experiencia de dejar su hogar en aquellos años ochenta, con apenas 23 años, para perseguir el anhelado sueño americano.
En su memoria se conserva intacta la travesía que tuvo que vivir para pasar la frontera con México. Además, añade que esa experiencia no se la recomienda a nadie, que de haberse imaginado que pasar por El Hueco era así, lo hubiese pensado dos veces.
Luz Elena dice que aquel viaje fue una lección y una experiencia de vida que la hicieron madurar y la fortalecieron a pesar de que estuviera muy joven. Este es un testimonio que muestra los riesgos que se corrían hace más de treinta años para pasar a los Estados Unidos de manera ilegal; situación que no ha hecho más que empeorar para miles de inmigrantes que todavía están dispuestos a vivir una pesadilla para alcanzar un sueño.
“A inicios del 85, mi esposo Juan y yo estábamos muy mal económicamente. Vivíamos en una casa arrendada en Laureles, cerca de la iglesia de Santa Teresita, era hasta bien ubicada, ahí arribita de la Nutibara. Teníamos una hija llamada Liliana, de apenas 3 añitos, y nosotros sufríamos para comprarle la leche, los pañales y todo lo demás que ella necesitaba.
Kiko, un tío mío que vivía en Los Ángeles, vino a Medellín y nos dijo que nos fuéramos para Estados Unidos, que él allá nos ayudaba y podíamos conseguir trabajo fácil, pero que los papeles no nos los daban, porque a mediados de 1980 sacar la visa era complicado por la cuestión del narcotráfico, las leyes migratorias eran muy rígidas con los colombianos. Por esa época el tráfico de drogas estaba en pleno furor.
Kiko nos dijo que tenía una gente conocida que pasaba gente por El Hueco y tenían la oficina aquí en Medellín, que eso era caro, pero que ellos eran de confianza. Estaban ubicados en el edificio Coltejer, en todo Junín. Fuimos y él habló con el señor, que no me acuerdo cómo se llamaba.
Era una oficina bien montada. Dijeron que sí, que cuando quisiéramos, que ellos nos pasaban a los tres. El viaje era Medellín–Bogotá, de Bogotá hasta Ciudad de México, ahí iban por nosotros hasta el aeropuerto y nos instalaban en un hotel.
Cuadramos todo, no recuerdo muy bien el precio, pero sí salió costoso. Nos tocó vender los muebles, el carro, todo lo que había para recoger la plata, porque primero había que darle una parte a esa gente, debíamos comprar tiquetes y llevar para gastar, porque en México teníamos que pagar el hotel.
Nos dijeron que cuando llegáramos se podían demorar hasta cinco días en ir por nosotros, que ellos nos avisaban, pero había que pagar la estadía y la comida.
Cuando entregamos el apartamento, nos quedamos en la casa de mi tía Lucy. Llegó la hora de irnos, ya habíamos arreglado lo del dinero. Nos tocó decirle a la niña que nos íbamos de paseo a México, porque cómo le íbamos a decir la verdad, siendo tan chiquita. Yo por esa época tenía 23 años, estaba muy joven.
Un amigo de nosotros, Juan Diego Villa, que murió en el accidente del avión de Avianca que iba de Bogotá a Cali, nos prestó la tarjeta de crédito para poder comprar los tiquetes. Antes de irnos nos despedimos de todo el mundo, la familia nos hizo fiesta de despedida. Le contamos a todos, no queríamos decir mentiras.
Fuimos al aeropuerto de Rionegro. Recuerdo que había un partido entre Millonarios y Nacional y viajamos con todos los jugadores de Nacional en el mismo vuelo. Llegamos a Bogotá y estaba esperándonos mi tío Gustavo, nos invitó a almorzar a la casa de él, que quedaba en el norte de la ciudad. Fueron todas mis primas a despedirnos y nos llevaron al aeropuerto, porque por la noche viajábamos.
Llegamos a emigración con tres maletas: dos grandes y una más pequeña. En el trasbordo, ya cuando anunciaron el vuelo, entré al baño, llevaba un “canguro” en la cintura, pero por dentro de la ropa, ahí tenía unos dólares.
Saliendo del baño, unos policías me llamaron para requisarme, me preguntaron que qué llevaba ahí, como yo estaba con la niña y con el afán de que ya todo el mundo se estaba subiendo al avión, les dije que una plata, me revisaron y casi no me dejan ir. Por estar tan acelerada no me di cuenta de que me sacaron una parte del dinero.
Cuando llegamos a México, me llamó mucho la atención una cosa, eso no se me olvida: viajamos en un vuelo que venía desde España y nos separaron en dos filas, a un lado los que venían de Madrid y al otro los de Bogotá. A ellos los dejaron pasar rápido, a nosotros nos esculcaron hasta los dientes, no me trataron mal, sin embargo, le revisaban a uno todo, preguntaban que para dónde íbamos, a qué y cuántos días.
Cuando pasamos, nos estaban esperando un hombre y una mujer con unos carteles con nuestros nombres y nos llevaron a un hotel cercano a la Plaza Garibaldi; llegamos derecho a dormir, porque era muy tarde. Al otro día nos levantamos temprano y le pedimos al de recepción un mapa para ir a conocer la ciudad.
Por la noche fue que nos dimos cuenta de que me habían robado casi dos mil dólares, que en ese tiempo era mucho, pero Juan tenía una plata aparte. Llamamos a Kiko a contarle y dijo que no importaba, que él nos ponía lo que necesitáramos.
Pasaron tres días y nada que llamaban, la orden que teníamos era que estuviéramos atentos, porque en cualquier momento arrancábamos. Conocimos mucho México, aunque gastando y esa no era la idea.
Por fin, al cuarto día, llamaron al hotel, que a las 5:00 de la mañana siguiente pasaban por nosotros. Preciso a esa hora nos recogieron, nos llevaron en un carro al aeropuerto, allá había mucha más gente que iba con nosotros, nos tenían organizados por grupos, en el mío éramos siete, la única niña chiquita era mi hija, así que ella era el centro de atención.
Volamos cinco horas hacia la frontera, yo me sentía como en Tolú, porque era muy parecido. Aterrizamos en Nogales y nos llevaron para otro hotel, había mucho gringo, por lo que quedaba en plena frontera. El hotel era bonito, tenía piscina, nos advirtieron que nos teníamos que comportar como si fuéramos turistas, allá teníamos que esperar y no podíamos llamar a Colombia.
Nos quedamos dos noches ahí, gastamos como locos, porque el hotel solo nos daba el desayuno, allá los precios eran muy altos, para completar Liliana era muy caprichosa y pedía de todo. Nos cogieron de sorpresa al tercer día, porque nos llegaron a la recepción y nos dijeron que ya era hora. Ese día ajustamos una semana fuera de Colombia.
Llegaron en uno de esos carros viejos y grandes marca Chevrolet, era azul, en la frontera solo se veían carros de ese estilo. A mí me acomodaron adelante, me pusieron en la mitad del chofer y otro tipo que lo acompañaba, y yo llevaba a la niña cargada.
Les decían “Los Coyotes”, así llamaban a los que pasaban la gente por El Hueco, olían asqueroso, como a trago maluco, me daban ganas de vomitar; ellos me dijeron que hiciera como si fuéramos pareja y que la niña era hija de él. Ese tipo iba fumando cigarrillo y me tocaba prendérselo.
Mi esposo iba atrás con otras dos personas, si veían algo sospechosos, se tenían que tirar unas lonas encima para que no los vieran. Anduvimos muchas horas, de un momento a otro se orillaron, nos bajaron y nos pusieron a caminar, también habían llegado más carros. Eso era desértico, hacía mucho calor y era muy difícil, porque llevábamos la niña y las maletas.
De tanto caminar, encontramos otro de los grupos que venía desde Nogales, teníamos muchísima sed y la niña casi que lloraba del hambre, una muchacha llevaba paquetes de papitas y nos regaló uno para calmarla. Seguimos caminando, llegamos a un sitio y esos hombres nos dijeron que nos escondiéramos, que ellos ya venían, lo que pasó fue que sintieron helicópteros, por lo que les tocó volarse.
Además, como todo el mundo estaba pendiente de la niña, encontramos un árbol con sombra y ahí la acostamos encima de una ropa para que durmiera. Yo estaba en el suelo con ella, de repente Juan me habló al oído, me dijo que no me moviera y que no fuera a gritar, que mirara con cuidado, ya que había una culebra colgada de la rama de un árbol seco y estaba justo encima de Liliana, empecé a sudar frío y me dieron ganas de llorar, casi se me sale el corazón.
Me quedé quieta y vi que un muchacho cogió unas monedas, las hizo sonar para que la serpiente fuera subiendo como si el sonido la hipnotizara, hasta que la cogieron; era una cascabel venenosa, que donde hubiese mordido a la niña la mataba al instante.
Mientras esperábamos a esos señores, el cuerpo me temblaba del cansancio, yo maldecía el haberme ido de esa forma, porque no esperaba que fuera tan horrible, pero ya estando tan lejos, no tenía vuelta atrás. A las dos horas aparecieron, nos guiaron otra vez hasta los carros.
Ya era de noche, a mi esposo lo metieron en la cajuela del carro y eso me pareció sospechoso, porque esos tipos ya estaban muy tomados, yo tenía mucho susto y solo me preguntaba por qué no pusieron a la otra mujer adelante, pero me tocó fue a mí.
Llevaban tequila en unas cantimploras, uno de ellos tomaba de la botella y me la pasaba a mí, mas yo le decía que no me gustaba el trago. Seguía insistiendo y yo con el pánico que tenía pegaba la boca para que me dejaran de molestar, pero no tomaba. Yo les decía que la niña tenía hambre, aunque no me hacían mucho caso, hasta que por fin sacaron una Coca-Cola y se la dieron.
El tipo aprovechaba para sobarme las piernas cuando yo cerraba los ojos, se me insinuaba diciéndome que las colombianas eran muy lindas y como yo era la más jovencita de todas, era como un banquete para él.
Llegamos como a las 2:00 de la mañana a Arizona, a un sitio en el que había casas rodantes y unas autopistas enormes. Nos sacaron de los carros en cuestión de segundos y nos metieron a la casa rodante, a algunos los dejaron llamar para que los recogieran y a nosotros no nos dejaron, nos decían que más tarde. Pasó un día y ya casi todos se habían ido, a nosotros nos pasaron para una casa que quedaba al lado y nos metieron a una habitación con una pareja.
A las pocas horas ellos se fueron, Juan ya estaba muy impaciente y se salió por la ventana para ver cómo llamaba a Kiko, los que nos cuidaban se dieron cuenta y salieron a buscarlo, yo aproveché y me pasé para la casa rodante, porque pensé que podían hacerme algo malo, yo le decía a Juan que esa gente me iba a violar, ese tipo me miraba muy raro y trataba de pasarse conmigo.
En la casa rodante estaba una señora, llorando le dije que yo venía de Colombia y le pedí que me ayudara, que no me habían dejado llamar. Ella se compadeció de mí y me prestó un teléfono para llamar a Los Ángeles, Kiko me contestó, me pidió la dirección y me dijo que no me fuera a mover de ahí, que él seguía llamando. Yo no sé Juan cómo hizo para llegar con las maletas hasta la casa donde yo estaba con mi hija, el caso fue que llegó bien.
Kiko llamó a la agencia a Colombia a contar lo que había pasado y desde allá como que regañaron a esos hombres, porque no nos dijeron nada.
La señora era muy querida, más allá de que trabajara con ellos. Nos dio comida a los tres, me dejó bañar a la niña y me prestó una cama para que durmiera. Kiko llamaba cada hora a decirnos dónde iba, él voló en ese carro, llegó en cinco horas, esa espera para mí se hizo eterna.
Por fin llegó, lo acompañaba su hijo Pacho, le dieron una plata a la señora por el favor y hablaron con esos tipos, como ellos eran grandes y acuerpados se acomplejaron, les dijeron que había sido un error y se disculparon. Cogimos rápido las maletas, cuando íbamos en el carro me di cuenta de que se me habían quedado los zapatos, pero en ese momento no me importó mucho que se perdieran, ya estaba en Estados Unidos.
Una hora después paramos en un restaurante de carretera, de esos que muestran en las películas. Kiko dijo que ahí sí podíamos parar porque quizás nos estaban siguiendo, comimos algo, eso me supo a gloria, porque llevábamos dos días sin comer bien. Llamamos a Colombia a contarles que ya habíamos cruzado la frontera para que estuvieran tranquilos.
Ya estando en Los Ángeles nos hicieron una bienvenida, nos quedamos unas semanas en la casa de Kiko, Juan y yo empezamos a estudiar inglés por las noches, conseguimos trabajo fácil y estábamos ganando bien, la situación económica era mejor que en Colombia, pero de haber sabido que ese viaje era tan terrible, nunca me hubiese ido de mi casa”.
*Nombre ficticio.

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