Un país desagradecido con el campo

Juliana Heredia

La pandemia del covid-19 agudizó la falta de apoyo para los campesinos en distintas regiones del país; y a la vez incrementó la cantidad de promesas inclumplidas de parte de los gobiernos central y regionales, que ha dejado a los pequeños productores a merced de la voracidad de los bancos. 

“Ya no aguantamos más, necesitamos apoyo del Gobierno”, es una frase que sale de los labios de los campesinos colombianos. El 25 de marzo del 2020 el país se paralizó por la pandemia del covid-19, pero el campo nunca se detuvo. A pesar de esto, el sector de la agricultura ha sido uno de los más afectados durante la crisis sanitaria. Los bajos precios de los granos, legumbres y frutas han perjudicado a los campesinos, quienes además se sienten abandonados por el Gobierno Nacional.

Lascario Espita produce maíz en sus fincas ubicadas en San Pelayo y Cotorra en el departamento de Córdoba. Cultiva este grano durante todo el año: siembra en abril y mayo, y cosecha durante septiembre a octubre e inmediatamente cultivan de nuevo para cosechar en enero y febrero.

En una situación normal, él le vendería su producto a la empresa colombiana La Soberana y a compradores del interior del país, y ganaría alrededor de un millón y medio de pesos por hectárea cosechada. Ahora, en una situación completamente anormal y fuera de lo común como lo es una pandemia, La Soberana, de las 20.000 a 25.000 toneladas de maíz blanco que compraba a grandes y pequeños productores en el departamento de Córdoba, solo compró alrededor de 1.000 toneladas.

Por otro lado, los compradores de ciudades como Medellín y Bucaramanga no se presentaron en la última cosecha de septiembre y octubre. No hay una razón clara que explique esto, ya que el transporte interno que lleva el maíz hasta el centro de acopio en Cereté, Córdoba, está funcionando con normalidad. “Yo pienso que de pronto la pandemia incidió en eso y no los dejó desplazarse, no vinieron a comprar y este es el motivo principal por el cual toda esta gente cogió su maíz y lo depositó en los campos, en las bodegas, en los ranchos”, opina Lascario.

Julio Potache tiene su finca en la vereda Portachuelo en Ocaña, Norte de Santander. Cultiva productos varios como el tomate, pepino y el pimentón. Tiene dos hectáreas de riego y seis de terreno baldío, es un productor pequeño.

La situación a la hora de comercializar sus cosechas es variada, pues aveces vende los bultos de pepino a 20.000 pesos y en otras ocasiones, en las que no le va muy bien, puede ganar 10.000 pesos por bulto. Él explica que los suministros para cuidar sus cultivos son muy costosos y lo que produce es muy barato, “prácticamente uno está trabajando a pérdidas”.

En otro lugar en las afueras de Ocaña, el plan de Fredy Quintero es ir al mercado local para vender sus productos: el pepino, la habichuela, el arvejón y el pimentón. Sin embargo, se lleva una decepción cuando vende el bulto de pepino a 12.000 pesos, incluso a veces a 10.000 pesos.

“Comercializar los productos es un desastre porque no nos dan nada. Eso es muy ingrato para uno como campesino”, dice Quintero. Vende sus productos a precios bajos, mientras que el costo de insumos como el insecticida, los venenos y abonos son altos. Esta situación lo deja sin ganancias, solo son pérdidas.

Javier Navarro está que “tira la toalla”, como se dice coloquialmente. Es un campesino de Ocaña que cultiva pepino, ají topito, habichuela, cilantro y fríjol en su finca de 3 hectáreas. La mayoría de las veces, él manda sus productos a Barranquilla, Sincelejo y Montería, y en algunas ocasiones a Bucaramanga y a Cúcuta. En estos momentos no está recibiendo pedidos, ni de las otras ciudades a las que envía sus cosechas ni en el mercado local, lo que dificulta las ventas.

Está trabajando a pérdidas, vende el pepino y el ají topito con el precio de 15.000, 12.000 y hasta 10.000 pesos. Lo que gana con sus productos se va en los insumos para los cultivos. “Estamos que tiramos la toalla, eso lo comenta uno diariamente, que todo lo poquito que uno hace eso se queda en los insumos y en los químicos que uno echa al cultivo”.

A Javier Navarro, al igual que a Fredy Quintero y a Julio Potache no les alcanza lo que ganan con sus cosechas para sobrevivir. Su única solución es recurrir a los bancos y hacer préstamos. “Uno hace un préstamo en el banco y este le quita la poquita tierra que uno tiene porque no hay para pagar y no hay subsidios para ayudar al campesino, nada”, reclama Julio ante este problema.

Los cuatro productores han coincidido en que no han recibido ningún tipo de ayuda de parte del Gobierno para mejorar la precaria situación que viven los campesinos y agricultores del país. Todos están trabajando a pérdidas, lo que ganan apenas les alcanza para comprar los venenos, químicos y abonos para mantener sus cultivos.

Entre vecinos y colegas en las veredas, junto a sus parcelas y rodeados del verde de los cultivos, los campesinos comentan su desacuerdo con las importaciones y los tratados de libre comercio que tiene Colombia con otras naciones. Este es un país agrícola que importa alimentos de Alemania, Bélgica, Estados Unidos y Perú.

“Lo que es el producto de aquí toca dejarlo perder y el gobierno le da los subsidios a los importadores de por allá, en cambio para el campesino aquí cada día es peor”, sostiene Julio Potache.

Es una contradicción, sobre todo por la amplia oferta de productos agrícolas que cultivan los campesinos en el país. “Colombia consume más de lo que traen del exterior que de lo que se produce internamente”, reclama Lascario Espitia.

A pesar de que Colombia importe productos agrícolas de otros países, los campesinos defienden lo que ellos cultivan con dedicación en sus fincas. Se respaldan ellos mismos y a sus compañeros, como lo dice Fredy Quintero sobre la cebolla que traen de Perú: “aquí hay bastante gente que trabaja la cebolla que se produce aquí mismo y es mejor que la peruana. No hay un apoyo para ellos”.

Como indicó Jorge Bedoya, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), “el campo le ha cumplido a Colombia con abastecimiento de alimentos, ahora es hora de que se revierta el apoyo”.

 

Redes de campesinos

Las redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter se han convertido en aliados para los agricultores. Las personas se han movilizado y han promocionado campañas para promover la compra directa a los campesinos colombianos a través de estas plataformas. Esto ha sido un factor importante, ya que es información que llega a miles de usuarios que se solidarizan con la situación que atraviesa el campo.

Los campesinos han encontrado la manera de alzar sus voces y ser escuchados. Este es el caso de Nubia Gaona Cárdenas, de Chipaque, Cundinamarca, quien junto con sus dos hijos Jaime Alejandro y Arley David, decidieron abrir un canal en Youtube. Esta familia de campesinos, junto con alrededor de 20 familias más del sector, se unieron al emprendimiento social Huertos de la Sabana para vender sus productos sin intermediarios.

El canal de Youtube lleva por nombre “Nubia e hijos” y fue creado para enseñar a sus suscriptores cómo hacer huertos en sus propias casas. Por medio de este canal, Nubia y sus dos hijos muestran también cómo es su vida en el campo. Con su carisma han conquistado a las personas y han acumulado más de 650.000 suscriptores desde que subieron su primer video.

Se han convertido en toda una sensación en internet y han sido varias veces nombrados por los usuarios como “los campesinos más famosos de Colombia”. Esta familia ha alcanzado su objetivo de hacer visible su situación, que es la misma de miles de campesinos que no tienen cómo sobrevivir y tienen que recurrir a los bancos y a las deudas.

Aunque el proyecto de “Nubia e hijos” ha mejorado la situación de ellos y de otras familias que están aliadas con Huertos de la Sabana, muchos otros campesinos de diferentes lugares del país no han tenido solución a la crisis.

En Colombia hay 50 millones de habitantes y, según la Encuesta de Cultura Política realizada por el DANE en el 2019, el 31,8% de la población mayor a 18 años se identifica como campesina. Estas son las personas que producen los alimentos que llegan a cada hogar. El país ha sido desagradecido con este sector agrario y esto se nota con el simple hecho de buscar las cifras de desempleo en el campo.

Los pequeños productores ya no encuentran una manera viable para sobrevivir porque no tienen apoyo. Es una situación lamentable porque, como afirma Fredy Quintero: “ya la juventud va sacándole el cuerpo al trabajo del campo y los que trabajamos directamente en esto ya somos poquitos”.

Posts Recomendados